Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 33, Opinión
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Rivera de las dos orillas

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Albert Rivera asume lo que es mientras otros resumen lo que fueron. La frase no es cariño de madre, no tengo edad para dar a luz a un mocetón que fue campeón de natación a los 16 años. Simplemente prefiero al ebúrneo Rivera que al fofo de Rajoy. Así pues, sí me dan a elegir, antepongo lo bueno por conocer a lo malo reconocido, sin menoscabar, claro está, que más vale pájaro en mano que ciento volando. ¡Y qué pájaro!

Sí, así de fácil… Ya es hora de que me permita una valentía después de tantos años de cordura controlada que no me han llevado a ninguna parte interesante ni deseada. No como Rivera que, de anunciarse en un cartel en pelota picada, con las manos tapando lo que la parra tapó al que procreó con Eva –ya les decía yo: más vale pájaro en mano–, ha pasado a ser alternativa decisiva en el futbolín de la política española. Un futbolín a ocho manos, a dobles parejas, intercambiándose los mangos, perdón, las empuñaduras de las barras, para atacar o defender la portería en función del juego que den las encuestas.

¿Se imaginan un portero tallado en madera con las manos en el mango y atravesado de costado a costado por la barra que empuña no sabemos quién? Yo tampoco. Resolutivamente, creo que Albert Rivera no está hecho para el futbolín. Lo suyo es la natación: nadar en las dos riberas como un campeón de la milla náutica y besar la playa que ocupa la clase media o lo que queda de ella. Aquella clase media normalizada, trabajadora, de sombrilla, nevera y toalla –de la que muchos formamos parte alguna vez–.

A priori, la España de Rivera es una España que no quiere líos, que acepta el sistema y pretende renovar el régimen del 78 desde las instituciones y en paz. Un nuevo CDS –tal vez, UCD en el peor de los casos para Albert– que nace con marcado españolismo en respuesta al independentismo catalán. Un partido que se ha extendido por el resto del país con propuestas regeneradoras de honradez, transparencia y un programa económico que puede o no ser de nuestro agrado. Pero al menos, sobre el papel, no engaña a nadie. No dice Diego donde dijo digo. Ni trata de ser lo que no es ni de esconder lo que fue. Y eso ya es mucho en estos días de transversalidad mimetizada donde todos los partidos dan un paso al centro. Unos con más legitimidad que otros, porque una cosa es ser de centro y otra, buscar sus votos. Algunos no sólo dan un paso, corren que se las pelan como rebajistas en enero que lleva el diablo al centro comercial.

Es cierto que el hábito no hace al monje, pero las costuras pueden hacer llagas; sobre todo, en aquellos que sacrificaron sus principios en aras de un discurso más ventajoso. El mantra de la “marca blanca” ha servido tanto a la derecha como a la izquierda en su intento por confundir al centro. El caladero electoral es limitado y el milagro de los peces y la multiplicación de los votos se ha realizado a costa del otro. De donde no hay no se puede sacar… a menos que seas Jesucristo.

El estilo de Rivera no es el de nadar y guardar la ropa. Rivera lanza sus nasas al mar y se moja los robustos glúteos para deleite de sirenas que, agradecidas ante la visión, le conducen los bancos de pececillos hasta el centro de las urnas. Lo mismo pesca bacalaos –te conozco, aunque vengas disfrazao– en las frías costas del Cantábrico, que dulces sardinillas en el cálido Mediterráneo. El problema de Rivera es que disputa la contienda en el terreno más disputado: el centro. Por eso, los ideólogos tuiteros y facebusteros le reprochan que pacte a dos orillas. La cultura del bipartidismo todavía hace mella: Si no estás conmigo estás contra mí. Y es que llevamos demasiado tiempo acostumbrados a analizar en estéreo. A partir de ahora, tendremos que aprender a pensar en cuadrafónico: Estar contra ti no significa que esté junto a los otros, y viceversa.

Los pactos que Rivera avisó eran pactos regeneradores que trazaban la línea roja como cortafuegos de la corrupción, pactos que intentarían respetar la lista más votada, pero libre de imputados-amputados. Otra cosa es que el electorado lo entienda o lo asimile o sepa que votó. Pero nadie puede discutir que Rivera tiene las llaves en el fondo del mar, matarile-rile-rile, para abrir o cerrar puertas. Difícil tarea la de cancerbero que, a buen seguro, no contentará a todos, y que pocos sabrán apreciar ávidos de volver a medrar en un mundo bicolor, donde elegir entre lo blanco y lo negro suponía un menor desgaste de neuronas y ofrecía un mayor margen de maniobra para la deriva estratégica de los partidos.

En definitiva, la ampliación del espectro lumínico supone un esfuerzo por reconocer los matices y los tonos con independencia del color que nos agrade. Y eso es lo que puede aportar Rivera si utiliza la gama de colores y maneja la paleta con maestría para huir del claro oscuro que ha pintado, en bastos, la política española.

Albert Rivera, so pena de espejismo producido por la crisis, invita a soñar con una derecha moderna y civilizada de la que tanto adolecemos. Atacando a Ciudadanos no se desgasta al PP.

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Gatoto

Gatoto

3 Kommentare

  1. Lombilla dicen

    Aquí hace falta ya que venga el señor Lobo de Pulp Fiction a poner orden… Y no sé si me explico, jajaja. Por otro lado, magnífico trabajo. Y lo del Rivera con las manos tapándose sus partes da que pensar… ¿Era pudor o nos estaba diciendo “estos son mis poderes…”? Magnífica reflexión, sí señor.

  2. Paco Cisterna dicen

    Oooooolé!!! por los viñetistas impecables.

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