Artsenal, Humor Gráfico, Lidón Barberá, Número 32, Opinión
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Lo siento, no van a cambiar el mundo

Por Lidón Barberá / Ilustración: Artsenal

Lidón Barberá

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¿No nos estamos pasando un poco con las expectativas que tenemos depositadas sobre Manuela Carmena y Ada Colau? Hace poco hablábamos aquí de Obama, que en su momento parecía el político destinado a cambiar totalmente el mundo. Cambió bastante las formas de hacer política, pero todavía no está claro que haya sido ni la mitad de revolucionario que algunos esperaban (y deseaban).

Para muchos, el ascenso de ambas a las alcaldías de las ciudades más importantes de España supone todavía más que un cambio de siglas y de color: es la esperanza en que quizá se puedan cambiar cosas de verdad cuando hay algo de voluntad. Pero ambas pueden chocar contra mil obstáculos: la realidad de la Administración, las competencias de sus ayuntamientos o un cruel mundo de (malos) hábitos adquiridos.

No olvidemos que los ayuntamientos tienen las competencias que tienen y, aunque pueden influir en muchas cuestiones de proximidad, siguen sin poder definir políticas a nivel estatal o autonómico. Pero lo cierto es que, si saben enfocar y no se encuentran con panoramas muy desoladores en sus respectivas administraciones locales, tanto Carmena como Colau tienen la oportunidad de ser ese tipo de alcalde (alcaldesa, claro) que la gente recuerda –para bien– durante décadas. Pero esas ganas de hacer que pasen a la historia antes de empezar pueden ser unos de sus primeros enemigos.

Lo peor es que las ciudades están prácticamente arrasadas, con modelos urbanísticos y económicos absolutamente disparatados en los que los vecinos no tenían nada que decir ni prácticamente un papel que jugar. Ambas llegan, para colmo, en momentos en los que el modelo de las dos ciudades está en cuestión: en Madrid se critica su ausencia después de volcar tantos esfuerzos en los Juegos Olímpicos que nunca llegaron; en Barcelona, por el contrario, se cuestiona el hiperdesarrollo turístico que está masificando cada rincón de la ciudad.

Al menos han comenzado siendo capaces de ilusionar a vecinos desapegados, de vuelta de todo, acostumbrados a que nadie cumpla su palabra y mucho menos a que les rindan cuentas. Que no les fallen, por favor…

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Artsenal

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