El Petardo, Humor Gráfico, Lidia Sanchis, Número 33, Opinión
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La resonancia

Por Lidia Sanchis / Ilustración: El Petardo

Capturas agradable ir al hospital en sábado por la mañana. El aparcamiento está medio desierto a estas horas y no hay apenas movimiento de conductores  desesperados buscando un hueco. El sábado es un día en el que sólo habría que ir al hospital a conocer a un niño que ha nacido o incluso a parirlo tú misma. Nadie debería morirse en sábado. Sólo nacer y reproducirse.

En información pregunto dónde está la sala de resonancias.

–Por esa puerta, a la izquierda, casi al final del pasillo.

Un cartel con una flecha me indica el lugar y paso a la sala de espera. En la habitación sólo hay una persona, un hombre que observa fijamente la pantalla de su teléfono móvil, intuyo que esperando alguna respuesta.

Saludo y me siento en el extremo más alejado de él. Encima del mostrador hay un letrero que dice que a los pacientes se les irá llamando por turno. Se les pide que esperen sentados. Me apetece completar la orden y escribir “y no se les ocurra hacer ninguna tontería”. No lo hago, claro.

Después de unos minutos la puerta de la sala de resonancias se abre y aparece una mujer. El hombre levanta por fin la vista del teléfono.

–¿Ya está?

–Sí.

Ahora es ella la que saca el móvil del bolso y llama.

–Papi, ya he acabado. ¿Dónde nos vemos?

La mujer tiene unos cuantos años más que yo pero llama a su padre papi. Siempre me han reprochado que sea poco cariñosa. Y es que así no se puede.

Una enfermera joven, rubia y con piercing, un arito en la aleta izquierda de la nariz, dice mi nombre. La corrijo.

–Es Sanchis, no Sanchís.

Rectifica sin molestarse.

–Pasa a la cabina 2.

Paso.

Allí en la puerta comienza el interrogatorio.

–¿Alguna cosa de hierro en el cuerpo?

A veces, el corazón, estoy a punto de decirle. Creo que no lo entendería así que me limito a negar con un gesto.

–¿Peso?

–No tengo ni idea. Entre 50 y 60.

Me mira con expresión de a quién quieres engañar. Pero anota una cifra en el formulario.

–Te vamos a tener que poner un contraste.

La miro con cara de susto.

–Es como un gotero. Así podemos ver cómo pasa el líquido por las zonas de tu cabeza que hay que examinar.

Me quedo más tranquila.

–Quítate la ropa menos las braguitas y los calcetines y ponte esta bata y estos peucos.

Braguitas. Peucos. Por un momento casi me convenzo de que me van a hacer un masaje para los cólicos del lactante.

Cierro la puerta y obedezco.

–¿Ya estás? Vamos.

Otra mujer con bata blanca me espera unos metros más allá.

–Hala, túmbate aquí y pon la cabecita allí.

Aquí es una camilla y un gran tubo blanco en el que me temo que me van a introducir.

La chica del piercing me pincha en el brazo. Mientras, la otra me va poniendo unos cascos en las orejas y encierra mi cabeza en una especie de máscara cuadrada de acero. Intento hacer una broma. Digo algo de las arrugas y de una muela picada. Ninguna de las dos parece haberme escuchado.

–Sobre todo tienes que estar muy quieta. Si notas que te encuentras mal, aprieta este timbre.

Y la mujer sin piercing me da una especie de sacamocos de goma que cojo con la mano izquierda.

–No tienes que sentir nada extraño. Sólo escucharás ruidos. La prueba va a ser un poquito larga.

–¿Cuánto de larga?

No me responde. Considera que los dos diminutivos que ha pronunciado –cabecita, poquito– tienen que proporcionarme la tranquilidad suficiente.

De pronto, la camilla se desliza hacia el tubo y yo cierro los ojos. Soy consciente de que estoy en un agujero del que no voy a poder salir en bastante rato (“la prueba es un poquito larga”). Pienso que la vida es como una mujer con los ojos apretados tumbada en una camilla que se desliza: si resiste la prueba, todo acabará tarde o temprano. Si no, un timbre encerrado en un sacamocos de goma la interrumpirá. Vivir es resistir, me digo como tantas otras veces.

Intento pensar en algo agradable. La última imagen que he visto en el móvil es la de unas manos sujetando claveles rojos, y el último sonido, el de un hombre que decía “vamos a cerrar los ojos”. Me concentro en eso, en no abrir los ojos. Hago fuerza con los párpados para que no se me escape esa belleza. Sé que si los abro tendré que pulsar el timbre.

Mis oídos están ahora llenos de sonidos. Sonidos metálicos que parecen un ensayo de Kraftwerk; otros, cadenciosos como el ruido de un tren; la mayoría, puntiagudos como un cuchillo. Duran unos segundos, cesan, y vuelta a empezar. Ahora esas voces me están diciendo comecomecomecome y al minuto siguiente, upedeupedeupedeupede. Parece un sistema de publicidad subliminal y retorcida de UPyD para conseguir votos. Está a punto de darme la risa. Consigo que sólo se me mueva el pie derecho.

Las voces continúan resonando en mi cabeza. Comprendo ahora por qué se llama a esto resonancia. Sigo con las tentaciones de abrir los ojos pero no lo hago. Empiezo a notar los brazos entumecidos, la espalda agarrotada.

En caso de duda, haz periodismo, recordó Juan Cruz que decía Augusto Delkáder. No sé por qué me acude la memoria ese artículo de El País, precisamente en este momento en que estoy atrapada en este túnel donde andan desbocados mis moléculas, mis átomos y mis núcleos. En caso de miedo, haz literatura. En caso de pánico, haz literatura.

El siguiente ruido que escucho es como el de los estertores de la agonía. O del orgasmo, pienso a continuación, sin poderlo evitar. Estoy a punto de curvar los labios hacia arriba. Pero me detengo justo a tiempo.

Han pasado mil horas. En algún momento tendrá que acabar este tormento. Pero no parece que eso vaya a suceder de inmediato.

Mi mente se ha ido a la playa de los Muertos, en el Cabo de Gata. Es el lugar que suelo visualizar para relajarme. La palidez del sol de aquel día de septiembre, la agradable brisa, el agua turquesa y la arena amarilla. Todo permanece intacto en mi memoria, salvo que aquella que estuvo allí ya no soy yo. Ni siquiera sé si aquella que estuvo allí era yo o una extraña que había usurpado mi cuerpo, como ahora los ruidos de la máquina y el líquido del goteo me roban los pensamientos.

Empiezo a recordar cosas absurdas. Por ejemplo, al hermano de una tía lejana que se encontró a su mujer en la cama con otro. Eso sucedió hace tantos años que ni siquiera comprendía de qué estaban hablando esos adultos que pronunciaban nombres en susurros y palabras prohibidas. Evoco otros susurros. Tengo ganas de salir de allí y tomar un café. Pero sólo noto un sabor metálico en la boca.

Se hace el silencio. Los ruidos han acabado. Los brazos me pesan una tonelada. La camilla se desliza hacia la luz. Abro los ojos. La mujer sin piercing me ayuda a levantarme.

–Lo has hecho muy bien.

Le aseguro que más me vale, porque no pienso repetir la experiencia. Ella sonríe, por fin, y yo también.

Vuelvo a la cabina número dos y me visto. Compruebo en el reloj que no ha pasado ni una hora desde que llegué al hospital, desde que pensé que el sábado es un buen día para que nazcan los niños, desde que pude aparcar sin agobios y empezó a nublarse.

Y me pregunto si esas dos mujeres de bata blanca habrán podido leer mis pensamientos.

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LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

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