Editoriales, Humor Gráfico, L'Avi, Número 33
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Editorial: Luces y sombras del ciudadano Rivera

Viñeta: L’Avi. Viernes, 19 de junio de 2015

Deportes

   Editorial

El mapa municipal y autonómico de España ha cambiado de color tras las elecciones locales del 24M. Grandes ciudades han pasado a manos de plataformas de izquierdas (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza, entre otras) y el PP ha sido desalojado de sus feudos tradicionales, salvo en Málaga, única gran capital que continúa gobernando con mayoría suficiente. Ya estamos viendo las primeras señales de cambio en los ayuntamientos, como la decisión de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, de poner en marcha una oficina para luchar contras los desahucios, y los buenos hábitos ciudadanos de Joan Ribó, el primer edil de Valencia, que cada mañana acude al Ayuntamiento en bicicleta. Es la nueva política que llega para estar más cerca de los ciudadanos. Atrás quedan los tiempos del despilfarro, los coches oficiales, las dietas injustificadas e injustificables y otros boatos que provocaban hastío e indignación en la ciudadanía.

Odiado por PP y PSOE, Rivera ha llegado para quedarse. Puede ser imprescindible en la política de pactos de los próximos años

Y en medio de esa revolución municipal ha emergido también un personaje que tendrá mucho que decir a partir de ahora en la política española: Albert Rivera, el líder de Ciudadanos. Hombre moderado y sensato para unos que lo ven como el impulsor del ‘Podemos’ de la derecha, especie de monstruo de Frankenstein falangista creado artificialmente por el PP para otros que lo miran con recelo, Rivera ha emergido en poco tiempo como un líder que empieza a tener peso específico en la vida pública española. Sus buenos resultados electorales han dejado perplejos a los analistas y politólogos, que tratan de explicar cómo puede ser que un partido que nace de la nada pueda cosechar tan buenas cifras en las urnas. Tras las elecciones, Ciudadanos se ha convertido en un partido bisagra capaz de darle el gobierno a PP y a PSOE en numerosos ayuntamientos, de manera que se ha erigido de alguna manera en una especie de árbitro de la política española. El pasado miércoles, sin ir más lejos, daba los apoyos necesarios a Cristina Cifuentes para gobernar la Comunidad de Madrid. El discurso de Rivera, que trata de revestirse de una pátina reformista de modernidad y centrismo, ha sido claro y conciso desde el principio: lucha contra la corrupción, regeneración democrática, salida de la crisis, cambio sensato y restauración del funcionamiento de las instituciones y de los servicios públicos. El mensaje parece haber calado entre un buen puñado de votantes del PP y del PSOE, sobre todo entre los ciudadanos descontentos con el bipartidismo y con la mala gestión de los dos principales partidos. La imagen de Rivera de joven bien vestido, no solo limpio y aseado sino tolerante, dotado de cierta astucia e intelectualmente bien preparado, ha seducido sin duda a esa parte del electorado que siempre ha buscado a un líder centrado que impulse un neoliberalismo razonable.

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            Ilustración: Gurb

Además, pese a que su proyecto político se gestó en Cataluña, su discurso antiindependentista conecta con esa España más monolítica y visceral. Desde que posó desnudo en aquel cartel de campaña para las elecciones catalanas de 2010, cuando no era más que un jovenzuelo que trataba de abrirse paso a codazos en la política, Rivera ha ido haciéndose un hueco y modulando un discurso que ha conectado con un sector amplio de la ciudadanía. Sin embargo, pese a las indudables luces del personaje, también se ciernen sobre él algunas sombras que hacen levantar ciertas sospechas. Algunos medios de comunicación como El Periódico de Catalunya dan por hecho que Rivera ingresó en Nuevas Generaciones del PP en junio de 2003, cuando tenía 23 años, y que permaneció asociado a las filas de Génova durante una etapa de su vida antes de la fundación de Ciudadanos. Este dato ha levantado ciertas suspicacias ante la posibilidad de que Ciudadanos no fuera, a fin de cuentas, más que una marca blanca del PP, un dato que Rivera siempre ha rechazado de plano. “Nunca he pagado cuota alguna por afiliación al PP, ni he tenido el carné de ese partido”, insiste en asegurar. Quizá por sus orígenes conservadores se examina con lupa cada uno de sus movimientos, cada declaración que hace en los medios, como cuando aseguró que si Ciudadanos ganara las elecciones concedería la tarjeta sanitaria solo a españoles e inmigrantes con documentación en regla. “No podemos ofrecer asistencia sanitaria gratuita e ilimitada a todo el que venga como turista o a aquellos que han entrado de forma irregular en España”, dijo. Estas palabras le granjearon ávidas críticas, sobre todo desde la izquierda, que lo acusó abiertamente de xenófobo. Desde entonces, sus detractores quieren hacerlo pasar por un nuevo José Antonio Primo de Rivera revivido, el líder del populismo de derechas capaz de encarnar las esencias españolas más atávicas y rancias. Él ha contraatacado argumentando que solo trata de defender el Estado de Bienestar de la quiebra en la que ha quedado sumido tras las políticas de recortes impulsadas por el Gobierno del PP. En su empeño por dar la imagen de hombre próximo a la socialdemocracia, ha llegado a decir incluso que tiene el carné de UGT. Pero donde más críticas levanta Albert Rivera es en Cataluña, la tierra que le vio nacer. Su claro posicionamiento contra el proceso independentista provocó que en septiembre de 2007 fuera objeto de amenazas de muerte. Alguien colocó a las puertas de su domicilio un cartel con su foto y una bala clavada en su frente ensangrentada. Junto al paquete se encontró una carta con las amenazas.

Solo el tiempo dirá si Ciudadanos es una marca blanca del PP o un experimento que trata de seducir a los votantes indignados de centro derecha

No cabe duda de que Rivera no deja indiferente a nadie. Odiado por el PP, que ve en él al hombre que le puede comer la tostada por el centro, mirado con recelo por el PSOE, que también teme una fuga de votos por ese mismo lado, es el rival más directo de Pablo Iglesias y Podemos en la pugna por capitalizar el voto de los indignados y descontentos de cara a la elecciones generales. Iglesias insiste en que Rivera es “el recambio no el cambio”, aludiendo a que la política de Ciudadanos no sería sino una continuación de la política neoliberal del PP. Rivera se esfuerza por demostrar que él es el cambio sensato, el cambio tranquilo, el cambio sin revoluciones ni inestabilidades. Resulta incómodo para unos y para otros. Para los que viven del bipartidismo porque puede alterar el sistema instalado desde hace cuarenta años en España y para los nuevos partidos y plataformas ciudadanas de izquierdas porque lo ven como un duro rival y competidor. Ha llegado para quedarse. No sabemos cuánto tiempo durará el experimento de Ciudadanos. ¿Será una reedición de los partidos de centro que como UCD, CDS y otros se pusieron de moda durante la Transición? ¿Será otro UPyD, la transitoria formación de Rosa Díez abocada a la desaparición? Todo son incógnitas que se ciernen sobre un político y un proyecto. ¿Es el hombre que viene para renovar la derecha española encarnada por un PP sumido en una peligrosa espiral de corrupción y en una deriva enloquecida hacia postulados ultramontanos? ¿Puede Rivera dar satisfacción a esa parte de votantes de centro derecha que, descontentos con el Partido Popular, reclaman la llegada de un líder con trazas liberales y supuesto talante moderado, a la europea? ¿Puede Ciudadanos cumplir un papel como partido bisagra y de estabilidad que pueda favorecer la política de pactos allá donde el entendimiento entre otras fuerzas no esa posible? En último lugar, y a falta de conocer la respuesta a estas preguntas, parece que su aparición al menos servirá para renovar el plantel de viejos líderes políticos españoles, que se habían ido quedando quizá algo caducos y anticuados ante los retos de los nuevos tiempos. Rivera, como Pablo Iglesias, Ada Colau, Garzón, Echenique y otros muchos, son los rostros jóvenes de la política española. Rostros que en los próximos años van a jugar un papel decisivo en lo que ya se conoce como Segunda Transición. Puede ser el hombre, el estadista que necesita la derecha española. O puede que simplemente sea, como dicen otros muchos, una marca blanca, un clon del PP, una operación de marketing muy bien diseñada para seguir perpetuando el sistema. Solo el tiempo lo dirá.

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