Alfredo Piermattei, Humor Gráfico, Número 32, Opinión, Tonino Guitián
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Por Tonino Guitián / Viñeta: Alfredo Piermattei

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Le he dicho a Gurb que casi no me ha dado tiempo a enterarme del cambio político de Madrid y de Barcelona porque mis amigos de esas dos ciudades, en vez de contarme lo aliviados que estaban de haberse quitado de encima a sus respectivos horrores, me preguntaban qué cojones pasa en Valencia que parece que todavía no hay manera de sacarnos del todo esa alegría mediterránea que a la hora de las decisiones importantes nos obliga a votar a lo peor. En realidad no es así: Rus ha caído, las tramas están que trinan, Fabra está triste y es detestado por las familias del partido y en el Ayuntamiento un rabo de lagartija con perlas y traje rojo sigue dando coletazos al aire a ver qué encuentra.

Hablando yo de eso en las redes sociales, animando a la gente a no tirar petardos todavía porque las negociaciones tripartitas se preveían difíciles, una señora tuvo a bien enfadarse porque consideraba que tirar petardos forma parte de nuestra cultura y yo había dicho que tirar petardos es una cosa muy paleta, y si no lo es no es cultura, y si fuera cultura encender mechas de pólvora no es propia de la cultura valenciana. Después de la música militar de dos compases, que no es música sino una reminiscencia del ritmo tambor de los esclavos, está la música monocorde del petardo, que es más parecido a un estupefaciente y que produce en los animales domésticos el mismo efecto que una descarga eléctrica. En Valencia se ha estado llamando cultura a eso: a que los niños participen de las fiestas populares con dos trajes de fiestas y costosos aderezos de oro para pertenecer a un club privado del barrio, todo teñido con oropeles, lujo de cartón piedra y del de verdad y exaltaciones básicas de la mente humana.

No es de extrañar que todo lo popular, incluidas las elecciones, esté basado en este principio de exclusividad y hermandad de unos cuantos, y que sea muy difícil desarraigar esta mala costumbre implantada tampoco hace tanto tiempo. Ciegos serán los que en Madrid no hayan visto en los últimos años la proliferación de pasos de Semana Santa y exhibición de santos en las calles, o en Barcelona el estudio escolar de la sardana como algo innato y necesario para pertenecer al grupo. En Valencia es, además, voluntario. Voluntario y a la vez obligatorio, por una serie de normas dictadas desde una Junta Central, que es un organismo político si es necesario, y que ha estado incidiendo en el devenir de la historia de nuestros últimos setenta años. Por supuesto que no hay falta de ilusión en los nuevos aires, hay alegría y ganas de hacer cosas, pero mucho tiempo e ingenio hay que tener para ir poco a poco sacando los venenos de las tradiciones que se han ido colando en las universidades en forma de estudios para-científicos, normas pseudo-históricas e ideas políticas enrevesadas que dan a la palabra libertad el sentido más anti-social que se le puede dar. Alegría sí se respira, aunque no se vea el cambio todavía. El cambio no es cuestión del resultado de un día porque, como decía Voltaire, siempre que alguien enciende una vela en la oscuridad hay un cura detrás que sopla sobre la llama. Pero la alegría está a pesar de todo. La ilusión de que la fe, cualquiera de ellas, se cambie por pensamiento, y los pensamientos sean buenos, bonitos y no nos cuesten un ojo de las arcas públicas. Amén.

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Alfredo Piermattei

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