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Cormac McCarthy y la trilogía de la frontera: la geografía interior

El escritor Cormac McCarthy, uno de los autores más importantes de Estados Unidos.

Por Iván Fernández. Miércoles, 1 de julio de 2015

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La geografía exterior que transforma la geografía interior. En la tremenda primera temporada de ese hito televisivo llamado True Detective, el recurso técnico de la doble exposición fotográfica nos muestra en los títulos de crédito de la serie cómo desvencijadas refinerías, tristes neones de bares de carretera, siniestras iglesias evangelistas, mansiones encantadas y otros espacios de la Louisiana más profunda y oscura modifican el carácter y el comportamiento de los detectives Rust Cohle y Marty Hart hasta el punto de convertirlos en inadaptados sociales y en leyendas en vida. Una épica posmoderna, creadora de héroes imperfectos en la que la oscuridad amenaza con desvanecer a la luz, que alimenta el imaginario colectivo de una sociedad, la estadounidense, necesitada de Odiseos y Don Quijotes inexistentes en su acervo cultural. Cohle y Hart son herederos de los personajes de las novelas sobre el salvaje Oeste de Edna Ferber, pero mezclados y agitados con el gótico sureño de Carson McCullers y William Faulkner y la violencia poética de Sam Peckinpah. Pero, además, un nombre también resuena en las descripciones visuales de Nic Pizzolato, creador y guionista de la serie, y en sus diálogos y en la configuración de esos personajes que se mueven entre el mito y el desarraigo: Cormac McCarthy.

Quizás porque Cohle y Hart me recuerdan a John Grady Cole y Billy Parham me ha dado por escribir sobre la Trilogía de la Frontera (Todos los caballos hermosos, En la frontera y Ciudades de la llanura) de McCarthy. Porque también en ellos dos la geografía exterior en la que se desenvuelven sus historias transforma la geografía interior de estos dos personajes que arrancan esta serie de novelas como un par de chavales arrojados a un mundo hostil y terminan como dos seres legendarios, pero inadaptados sociales a los que sólo les queda la muerte o el olvido como únicos finales posibles.

El hombre que nunca estuvo allí

Toca que nos marchemos al año olímpico, ese 1992 en el que España era importante porque salía en la televisión. Eran tiempos en los que nos aseguraban que éramos parte de Europa y podíamos mirar a los ojos a cualquier país sin avergonzarnos, al mismo tiempo que se larvaba una crisis de la que nos hemos olvidado ante el apocalipsis que afrontamos en la actualidad. Mientras este país nuestro era el ombligo del mundo, en algún rincón del mítico oeste americano, un escritor que llevaba cerca de 30 años escribiendo sin ningún gran éxito de ventas en su carrera literaria, pergeñaba una serie de novelas situadas en el territorio baldío que se extiende en la frontera entre México y Estados Unidos.

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McCarthy, en un dibujo de Jamie Tolagson.

Cormac McCarthy, nacido en el norte de Estados Unidos, en Providence, Rhode Island en 1933, pero criado en el viejo sur, en Knoxville, Tennesse, siempre se ha destacado por contar con una biografía errática y misteriosa, en la que se incluyen periodos de vida como un vagabundo que dormía bajo una torre petrolífera. No fue hasta 2007 cuando la todopoderosa Oprah Winfrey logró que McCarthy concediese por primera vez una entrevista en televisión (antes sólo en 1992 había charlado con un gran medio en papel como el New York Times). Este escritor de origen irlandés, el mayor de los seis hijos de un abogado, se cambió el nombre de Charles a Cormac en honor a un legendario rey de Irlanda. En su juventud, dejó inacabados unos estudios de Humanidades en la Universidad de Tennesse, formó parte durante cuatro años de las Fuerzas Armadas y publicó sus primeros relatos en 1959 en The Phoenix, una revista literaria universitaria.

Alaska, Chicago, Tennesse, El Paso o Santa Fe han sido los lugares de residencia de un hombre que, como muchos de los personajes de sus novelas, parece haber encontrado la tranquilidad y la realización en un movimiento continuo. Heredero de William Faulkner, no sólo en su prosa y en esa querencia por el gótico sureño, sino porque de hecho inició su carrera literaria con Albert Erskine, editor del Nobel de Misisipi, que guio su trayectoria durante dos décadas. Incluso en esa escapada continua, allá por 1967, recaló en España con motivo de un viaje de dos años que le permitió recorrer Inglaterra, Francia, Suiza y nuestra piel de toro. Es curioso saber que su segunda obra, la brutal La oscuridad exterior, la terminó en una isla tan luminosa y vital como Ibiza, que poco recuerda al sucio y depauperado sureste de Estados Unidos que describe en la obra, donde se suceden incestos, asesinatos y muchas otras clases de miserias.

Entre el pantanoso sureste y el ignoto oeste americano se han desarrollado todas sus novelas, aunque muy pocos se enteraran de su publicación al menos durante los primeros treinta años de carrera de una figura que, junto a Thomas Pynchon y J. D. Salinger, ocupa un lugar privilegiado en el listado de los autores invisibles de la literatura contemporánea de Estados Unidos. Poco se sabe de sus preferencias literarias, aunque en alguna ocasión ha mostrado su querencia por Herman Melville y ha mostrado su rechazo a Henry James o Marcel Proust porque “no tratan las cuestiones de la vida y la muerte. No los entiendo. En mi opinión, eso no es literatura”. Ésas pocas referencias sólo arrojan una pequeña luz para entender a ese escritor hermético que, aunque no ha creado un espacio literario ficticio como el Yoknapatawpha de Faulkner, sí ha configurado un mundo propio, caracterizado por una naturaleza salvaje e ingobernable, por unos seres humanos violentos y nostálgicos de un mundo que desaparece ante sus ojos y por una poética y un lirismo que se abren paso en su estilo, a pesar del salvajismo inherente al hombre.

Pero pocos asistieron a la evolución, en las páginas de sus novelas, de ese estilo seco y oscuro, heredero del de Faulkner, sin apenas signos de puntuación y con unos diálogos mínimos y directos, en ocasiones incluso crípticos, que pueblan su producción literaria. Hasta la primera parte de la Trilogía de la Frontera, ninguna de sus obras había vendido más de 5.000 ejemplares en edición de tapa dura. La crítica sí había alabado su prosa desde El guardián del vergel, su estreno, pero a un escritor no le da de comer el aplauso de unos tipos que no compran libros, sino que sólo hablan de ésos que les regalan las editoriales. Así pasaron desapercibidas para el gran público La oscuridad exterior e Hijo de Dios, y no fue hasta las salvajes y sangrientas Sutree y Meridiano de sangre que hubo gente que comenzó a darse cuenta de que McCarthy era cosa seria. En estas dos obras es como si Faulkner, en algún punto del camino, se hubiese encontrado con el Peckinpah de Grupo salvaje y Quiero la cabeza de Alfredo García. Sutree, publicada en 1979, es una especie de novela iniciática donde obsesiones de McCarthy como el mal, el nihilismo, la violencia y la desaparición de los valores concluyen lo que se podría llamar su época sureña. Con Meridiano de sangre, retrata el apocalipsis del viejo oeste. Reflexión hiriente y desmitificadora de la colonización de este territorio, pone en tela de juicio conceptos como el “destino manifiesto” de los Estados Unidos y la “superioridad racial” anglosajona en una historia que muestra el genocidio perpetrado a los indios y los mexicanos en la frontera con México por parte de un grupo de mercenarios a las órdenes del juez Holden.

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Un fotograma de la película ‘La Carretera’, basada en la novela de McCarthy.

Pero, aunque Meridiano de sangre se ha señalado como una de las grandes novelas americanas del siglo XX, ese gran fin que han perseguido tantos escritores sin ni siquiera acercarse a él, no fue hasta la Trilogía de la Frontera cuando McCarthy se convirtió en McCarthy. Hay que pensar que en 1992 ni los hermanos Coen habían adaptado No es país para viejos, ni La carretera (que se convertirá en una de las grandes novelas americanas del siglo XXI, si no tiempo al tiempo) había sido un superventas en todo el mundo. Es entonces, mientras aquí veíamos cómo Antonio Rebollo se pasaba con su flecha el pebetero de Montjuic, pero aun así lo encendía, y mientras todavía pensábamos en Juan Carlos I como en un rey campechano, cuando Todos los caballos hermosos ascendía al Olimpo a McCarthy.

John Grady Cole y Billy Parham

¿Quién demonios son John Grady Cole y Billy Parham? Son dos leyendas. Son dos chavales. Son dos inadaptados. Son sólo viento, un rumor de otros tiempos. Ellos dos son los protagonistas de Todos los caballos hermosos, En la frontera y Ciudades de la llanura. En las dos primeras por separado y en la tercera juntos. Es como si Rust Cohle y Marty Hart hubiesen protagonizado cada uno de ellos una precuela antes de compartir pantalla en True Detective. Las dos primeras, publicadas en 1992 y 1994, se articulan como novelas iniciáticas, de conocimiento interior a través de la relación con la oscuridad exterior de la que hablaba McCarthy en su segunda obra. La tercera de esta serie, que vio la luz en 1998, habla del final de un mundo, el oeste clásico y fundacional de la nación americana, mediante dos hombres que buscan su sitio en una sociedad que se transforma y que no los incluye.

Tanto John Grady Cole, en su primera aparición en Todos los caballos hermosos, como Billy Parham, en la suya en En la frontera, son apenas adolescentes en un momento tan convulso como las épocas anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. John Grady, tras la muerte de su abuelo, se niega a vivir en la civilización si su madre vende el rancho en el que se ha criado. Por su parte, Billy entabla una relación de protección con una loba acosada por unos tramperos. Ambos, en solitario o acompañados, arrancan un viaje por los páramos del sur de Texas y Nuevo México que les pondrá en contacto con una naturaleza hermosa, pero salvaje y sin piedad con quienes no conocen sus reglas y también serán partícipes de un mundo y unos valores, los del viejo oeste, que están condenados a la desaparición, a la nada, al olvido, ante una nueva sociedad donde la tecnología y el capitalismo arrollan las tradiciones y la forma de vida de unos hombres de los que Cole y Parham son sus últimos representantes.

John Grady se niega a aceptar el mundo moderno, representado por su madre, para cruzar la frontera junto a su amigo Lacey, como si fuesen Pike Bishop y Dutch Engstrom. A ellos se les une un chaval de apenas 13 años, Blevins, montado sobre un caballo castaño y una pistola demasiada buena para un mangurrián como él. Se trata de un viaje hacia la leyenda, pero también hacia la fatalidad y la tragedia porque sin ellas no existe la leyenda. Convertidos en verdaderos centauros, la desaparición y el posterior robo del caballo de Blevins condicionará su destino, les arrojará a una realidad inclemente en la que las leyes de los hombres son mucho más injustas que las leyes de la naturaleza.

Todos-los-hermosos-caballosJohn Grady Cole descubrirá que es mucho más sencillo tratar con caballos salvajes que con hombres corruptos y malvados y mujeres fascinantes, pero incomprensibles. Su errar por México le conducirá hasta el robo, el amor, la violencia, la traición y la derrota y le hará viajar por pueblos anclados en un pasado que no termina nunca, en haciendas donde nadie sabe nada, pero todo el mundo conoce lo que haces, cárceles convertidas en cuadriláteros donde el premio es continuar con vida un día más y un retorno agridulce, donde la gran aventura de una vida se mezcla con la muerte, la pérdida y la derrota. McCarthy alcanza algunos de los puntos más álgidos en descripciones como la tormenta bíblica en la que Blevins pierde su caballo, en la relación de amor furtivo entre John Grady y Alejandra, la hija del hacendado de Cohauila que acoge a Cole y Lacey, pero la parte más impactante es la narración de la vida en prisión de los dos personajes principales. Sangre, sudor, ojos amoratados, cuchillos, puños americanos se convierten en la rutina habitual de dos chavales para los que resistir un día más se convierte en un propósito titánico. Y aunque John Grady volverá a cruzar la frontera para regresar al territorio que le pertenece –al igual que Rust Cohle tras la muerte de su hija y sus años en narcóticos– ya no volverá a ser el mismo. Mitad leyenda, mitad desperdicio social, se las tendrá que arreglar para continuar adelante en compañía de las vivencias que ha acumulado.

Por su parte, Billy Parham, al igual que Marty Hart, asiste al nacimiento de una leyenda. Aunque no sería justo reducir En la frontera a una novela sobre el nacimiento de una leyenda. La segunda parte de la trilogía se podría definir como una novela doble, como dos historias unidas para mostrar las diferencias entre el mundo de los hombres y de las bestias, en el que las bestias esconden una humanidad inextricable y los seres humanos se definen por su animalidad. Violencia y lirismo, belleza y maldad conviven en las páginas de una novela extraña e hipnótica. Parham sale en busca de una loba preñada, que ha estado matando reses en su zona, y deja a sus padres y a su hermano en casa. Estamos en 1939, diez años antes que Todos los caballos hermosos, con un personaje también de 16 años que tras cazar a la loba, emprende un viaje al sur de Nuevo México y al norte de México para devolver al animal a su hábitat natural. La prosa más naturalista de McCarthy marca la primera parte de este libro, en el que la loba y Parham viven un trayecto que permitirán al joven descubrir la belleza y la dureza de la naturaleza y la maldad y la ruindad de los hombres. El clásico tránsito de aprendizaje, pero mostrado a través de un viaje fascinante en los límites de la civilización. Unas ciento cincuenta páginas maravillosas en terreno inhóspito, tanto interior como exterior.

Pero, al volver a casa tras un final trágico para la loba, Billy se encuentra con que sus padres han sido asesinados por unos cuatreros. Por eso, junto a su hermano pequeño Boyd arranca un nuevo viaje, el segundo de los tres que emprende hasta México, en busca de los asesinos de su padre y de los caballos que robaron. La ruta se articula como una serie de viñetas, de encuentros con personajes alegóricos antes del enfrentamiento con los cuatreros. Después de la cima literaria que alcanza la primera parte, esta segunda baja la intensidad de la novela que sólo se recupera hacia la parte final. De nuevo aparece esa obsesión por la creación de la leyenda, del mito que se genera mediante la pólvora y la sangre, mediante la muerte y el fatalismo. Billy Parham asiste a cómo su hermano se alza hasta altura de héroe, de personaje inolvidable en un entorno que perece, en un mundo que no tendrá continuidad. Qué pena que para asumir este destino haya que pagar un peaje como la muerte.

Ciudades de la llanura

El volumen que cierra la trilogía avisa de lo que esconden sus páginas desde su título. Las ciudades de la llanura son Sodoma y Gomorra, según la Biblia y, para McCarthy, son El Paso y Ciudad Juárez. Así que es difícil imaginar que sea un relato sin violencia y fatalidad. Publicado en 1998, se podría decir que es lo más cercano a una historia de amor que ha escrito McCarthy. Principios de los años 50, Cole y Parham, ahora uña y carne, trabajan juntos en un rancho en Alamogordo, Nuevo México. El futuro de la hacienda pende de un hilo y el Departamento de Defensa presiona a los propietarios para hacerse con los terrenos. Último reducto de una manera de vivir que en Todos los caballos hermosos ya había sido doblegada por el capitalismo, los trabajadores del rancho tratan de sobrevivir en una sociedad que preferiría que desapareciesen.

En este entorno sin demasiado futuro, John Grady Cole, que todavía no ha cumplido ni los 20 años, se enamora en un burdel de Ciudad Juárez de una prostituta epiléptica llamada no por casualidad Magdalena. Una vez más, como en el primer volumen de la trilogía, Cole se lanza de cabeza hacia la tragedia, en esta ocasión al enamorarse de ella y pedirle matrimonio. Pero no puede ser todo tan sencillo y el gerente del local, el chulo de la casa de putas no dejará escapar a su producto estrella, del que también está enamorado.

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Bardem es el psicópata Anton Chigurh en ‘No es país para viejos’, film basado en la novela de McCarthy.

Por decirlo de alguna manera, Ciudades de la llanura es la más civilizada de la trilogía y quizás por eso fue la peor acogida por la crítica en el momento de su publicación. Se desarrolla en dos ámbitos; mientras la vida de los rancheros se describe como tranquila, casi idílica, y en ella se pueden alimentar los sueños de felicidad conyugal de John Grady Cole, el mundo de El Paso vuelve a mostrar el reverso tenebroso del ser humano, un ser codicioso, capaz de matar por defender su propiedad, por cumplir con lo que considera que es justo para él. Y así se vicia esta historia que, con el paso de las páginas, ve crecer de forma silenciosa y cancerígena un enfrentamiento que debe estallar, que finalmente estalla y, como es habitual en las historias de McCarthy, termina con derramamiento de sangre. Pero es que sin ella la leyenda no existiría, sin ella no se tendría un final mucho más honorable que convertirse en una estatua de sal anacrónica, en un mundo que no guarda similitudes con aquel en el que viviste. ¿Verdad, Billy Parham?

Ciegos, mujeres y caballos

El lenguaje de McCarthy camina entre el realismo más salvaje y descarnado y la alegoría difícil de descifrar. En las cerca de 1.000 páginas, además de demasiados hombres con sus particulares códigos éticos, aparte de paisajes agrestes y poco hospitalarios y armas que se disparan con facilidad pasmosa, ciegos, mujeres y caballos marcan el destino de unos personajes siempre en tránsito, siempre erráticos. Por un lado, sobre todo Cole, pero también Parham, se articulan como centauros modernos, mitad hombre y mitad caballo. Su relación con estos animales trasciende lo natural hasta convertirse en algo casi religioso. Sin ellos y ese diálogo sin palabras que intercambian, los personajes principales de la Trilogía de la Frontera no estarían completos.

Unos personajes que demuestran su incapacidad de mantener relaciones sanas con mujeres. Billy Parham, tanto en En la frontera como en Ciudades de la llanura, se mantiene alejado de ellas, mientras que John Grady Cole se va a enamorar de criaturas hermosas y trágicas, pero imposibles de conseguir. De hecho, a pesar del amor correspondido de Alejandra y Magdalena, ambas se articulan como seres mitificados, desconocidos aunque yazcan junto a él. Es tal su mitificación que, de una forma u otra, terminarán por decepcionarte, por no cumplir las expectativas que tenías de ellas.

Aunque lo más llamativo es la numerosa presencia de ciegos en las páginas de esta obra. Como Tiresias, se encargan de avisar de los peligros o de desencadenar la tragedia, como sucede en Ciudades de la llanura. Verdaderas figuras alegóricas, presencias extrañas y simbólicas que en el fondo hablan sobre la ceguera de los humanos, sobre esa marcha sin rumbo definido que nos conduce hacia la fatalidad y hacia un desenlace marcado por la oscuridad. Todos ellos, junto a las descripciones de McCarthy, a su lenguaje mínimo y directo, con miles de interpretaciones, y la violencia intrínseca y latente de un mundo en destrucción completan una obra fascinante y única que, después de que Todos los caballos hermosos fuese un éxito de ventas y ganara el National Book Award, alzó a su autor a la categoría de mito en vida y lo situó en los altares de la literatura americana contemporánea. Y es que estas novelas, como le dice Billy Parham a John Grady Cole, muestra que muchas cosas parecen más bonitas desde lejos, como la vida que has llevado y la que te falta por vivir.

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Iván Fernández

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