Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 32, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:
Cuando después de las elecciones municipales y autonómicas retomé mi lectura del Quijote para celebrar como Dios manda el cuarto centenario de su segunda parte, el timbre de mi casa volvió a interrumpir mi gozosa lectura. Era Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de las Calzas Verdes (a quien yo, dada la amistad que nos profesamos, llamo simplemente Conchi), que quería comunicarme su intención de recluirse en algún remoto lugar para realizar una hazaña tal que ha de echar con ella, dijo, el sello a todo aquello que puede hacer famosa a una alcaldable madrileña de buena familia.
—¿Qué es lo que vuestra merced quiere hacer en este remoto lugar? —le pregunté.
—Quiero hacer lo mismo que hizo don Quijote cuando se retiró a Sierra Morena para imitar a Amadís de Gaula y al valiente Orlando…
—Pero, Conchi —le dije—, Amadís se recluyó en la Peña Pobre a componer tristes versos por culpa del desdén de su amada Oriana… Y Orlando se volvió loco cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había tenido amores con el negro Medoro; y por eso medio desnudo se puso a arrancar árboles y enturbió las aguas de las claras fuentes, mató a pastores, y destruyó ganados, abrasó chozas y derribó casas, arrastró yeguas e hizo otras cien mil insolencias…
Entonces fue cuando con lágrimas en los ojos la pobrecilla me dijo que ella también había enloquecido por un desamor.
—Acaso no es un desdén como la copa de un pino que los madrileños no me hayan dado la mayoría absoluta… Y, para más inri, se han echado en brazos de alguien peor que el negro Medoro: ¡¡la comunista Manuela Carmena…!!
Después me dijo que quería que yo la observara para que fuera luego a contarle a sus amados paisanos lo que por ellos hacía. Y entonces se rasgó las vestiduras y se dio de calabazadas por las paredes de mi casa. Yo la paré, claro, y ella me dijo que quería, porque era menester ansí, que la viera hacer una o dos docenas de locuras más y también que la viera quedarse en cueros…
—Por amor de Dios, señora mía —le dije yo asustadísimo—, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me dará mucho asco y no podré dejar de vomitar…
Ella, no obstante, de tan desquiciada como estaba por culpa de un resultado electoral que puede acabar con la civilización occidental tal y como la conocemos, desoyó mis preces y se puso a hacer tonterías y locuras y a hacer pintadas que decían ¡Manuela es el Maligno!, ¡Podemos caca!, y cosas aún más duras que reflejaban su altísimo nivel intelectual para la lucha política. Y todo esto, todo esto Gurb, ¡agh!, en pelota picada… Razón por la cual desde entonces yo la llamo la Dama de la Tristísima Figura…
Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla
Post scriptum:
He llamado a los loqueros por ver si la encierran a la pobre y por ver, también, si de una vez puedo seguir leyendo el Quijote.

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