Música, Sandra Llopis
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Bartók, el pianista del folclore

Bartók, en el centro, junto a un grupo de campesinos húngaros, en cuyas canciones se inspiró.

Por Sandra Llopis. Martes, 30 de junio de 2015

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Béla Bartók (1881-1945) es una de las figuras más importantes en la música del siglo XX. De origen húngaro, hijo de una maestra y de un director de escuela agrícola, empieza a tocar el piano a la temprana edad de cinco años. Poco después fallece su padre y Bartók y su madre se trasladan a Ucrania, donde el joven empieza a componer con tan solo nueve años (estas primeras composiciones tienen una notable influencia de Franz Liszt, sobre todo de sus danzas).

Con once años da su primer concierto y con diecisiete se muda a Budapest para matricularse en una academia de música. Allí conoce a Kodaly, con quien emprenderá un magnífico estudio sobre la musicalidad folclórica balcánica en general, y magiar en particular, entre 1903 y 1905. Recogen los cantos, la música instrumental y las danzas campesinas de Hungría para luego transcribirlas en papel pentagramado y realizar un diagnóstico exhaustivo de los elementos (escalas, ritmos, intervalos musicales, velocidades, fraseo, etc.). Luego Bartók irá extendiendo sus estudios a gran cantidad de pueblos: rumanos, rutenos, eslovacos, búlgaros, turcos.

Notable es la integración que se produce en el compositor de todas estas influencias. A lo largo de los años va produciéndose una infiltración cada vez mayor de lo folclórico en su obra, en un proceso que el propio Bartók conoce y analiza.

Entre 1907 y 1939, Bartók sigue investigando sobre el folclore, es profesor de piano, compone obras como su Sonata para piano Sz. 80, El castillo de Barba Azul (su única ópera), El príncipe de madera, El Mandarín maravilloso (ambos ballets) y sus seis cuartetos de cuerdas. Y empieza a componer una serie de estudios de piano cuya dificultad es gradual (los que hoy en día conocemos como Mikrokosmos). Su carrera como músico se consolida.

11354738_10205645346106321_945043729_nEn su artículo Por qué y cómo recolectamos la música popular, escrito en 1936, Bartók nos lega un testimonio revelador sobre sus objetivos personales con respecto a la investigación etnomusicológica, su credo personal en ese sentido. Nos muestra a un creador profundamente comprometido con su época. Es evidente que, muy a los inicios del siglo XX, cuando decide dejar la prometedora carrera que le aguardaba como concertista de piano “tradicional” o como compositor “políticamente correcto”, ya había comprendido los cambios, los enormes cambios que se estaban produciendo en el mundo. En lo político, en lo cultural, en el pensamiento. Lo asimiló rápidamente: el Romanticismo había quedado atrás. Y el mundo no sería lo mismo después de esa superación del movimiento romántico y de todos los cambios sociopolíticos y culturales que conllevarían las dos guerras mundiales.

Se casa dos veces (en ambas ocasiones las afortunadas son alumnas suyas) y tiene un hijo de cada matrimonio. Será para Peter, vástago de su segunda mujer, para quien empiece a componer Mikrokosmos, una serie de 153 estudios para piano de progresiva dificultad. Las piezas van desde estudios muy sencillos para principiantes hasta muestras más complicadas de técnica avanzada. Su importancia sigue vigente, ya que las composiciones de Mikrokosmos son usadas a día de hoy en las lecciones modernas para piano y en educación musical (cualquier pianista les dirá que ha usado Mikrokosmos en sus comienzos).

Sobre Mikrokosmos, el propio Bartók explicó que la pieza “aparece como una síntesis de todos los problemas musicales y técnicos que han sido tratados y en algunos casos solo parcialmente resueltos en obras pianísticas anteriores”. La obra se divide en seis volúmenes: el primero y el segundo están realizados para principiantes; el tercero y el cuarto para un nivel que va desde moderado hasta avanzado; y el quinto y sexto están concebidos como piezas de concierto para tocarse profesionalmente (en el siguiente enlace se puede escuchar una muestra de esta obra, perteneciente al volumen VI).

La vida de Bartók cambia durante los años de las sangrientas guerras mundiales. Al estallar la primera contienda (1914-1918) el músico se verá obligado a abandonar su recopilación de música folclórica para dedicarse únicamente a la composición, pues viajar en aquellos momentos era poco menos que una locura. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) Bartók ya es una figura de la música y ha dejado de ejercer como profesor. En este período ya no recurre a ninguna melodía documental del pueblo. Todo es creación del músico, que ahora maneja el idioma folclórico como el poeta domina su lengua madre. Sin embargo, el compositor jamás se comprometió con el fascismo, negándose incluso a que sus obras fueran interpretadas en conciertos del régimen nazi. Tal vez por ello, ya en medio de la guerra, se muda a Estados Unidos en 1940.

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Cartel de un concierto de Bartók en Nueva York.

Pero esa solución tampoco le resultó favorable, ya que siempre se sintió un extranjero, un exiliado sin patria, un ciudadano de ninguna parte. Y todo ello hacía que le resultase harto complicado seguir escribiendo. Las musas le abandonaron y sus conciertos a dúo con su mujer no recibieron buenas críticas. Al hecho de que prácticamente era un desconocido como compositor (lo cual le restaba oportunidades) se sumaba su orgullo, que le impedía volver a ejercer como profesor de piano. Y por si esto fuera poco, su salud sufrió un duro golpe con los primeros síntomas de la leucemia. Sus conciertos, su situación económica y su salud fueron empeorando y apagándose poco a poco, y finalmente Béla Bartók murió en Nueva York en 1945. Sus restos fueron posteriormente trasladados a Budapest.

Sin Bartók la música sería, sin duda, un cuadro algo más gris. Sus notas de folclore y magia son los toques de color que alegran el paisaje del convulso siglo XX.

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