Ecto Plasta, Número 30, Opinión
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Una semana de septiembre

Por Ecto Plasta / Imagen: Sin City

Ecto Plasta

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Nunca pensó que aquello pudiese suceder, pero era evidente que negarlo y no afrontarlo era una forma errónea de hacer las cosas. Encendía el enésimo cigarrillo de la noche y pedía otro whisky en un intento de olvidar aquella trágica semana. Duke sonaba de fondo, sin prisas, a ritmo lento. En el bar apenas quedaban cinco personas. El camarero, cansado y con ganas de marcharse, recogía las mesas. Apuró el vaso y salió del local. Tenía el coche a pocas calles, pero decidió que un paseo bajo la lluvia limpiaría su alma, acaso su conciencia, aunque lo más seguro es que solo le sirviese para coger una pulmonía. Siempre había sido un poco blando. Purgar los pecados no resultaba tan fácil. Poco importaba de todas formas. La policía, sus propios excompañeros, no tardaría mucho en encontrarlo. Hurgó en los bolsillos de la ya empapada gabardina y sacó el revólver, al fin y al cabo era una solución como otra cualquiera. Un poco trágica pero, en cierto modo, honorable. La música de Ellington seguía acompañándole, ahora se reproducía a un ritmo mucho más frenético. Sacudió la cabeza, pero no consiguió zafarse de ella. Se aproximaba la hora de tomar una decisión. Todavía quedaban unas horas para que encontrasen el cuerpo y algunas más, quizá algunos días, para que atasen cabos. En realidad le daba tiempo a huir, a dejar atrás aquella maldita ciudad. Era cierto que traía mala suerte. Intentó prender otro cigarrillo, pero le fue imposible. En un ataque de frustración tiró el paquete que se quedó flotando en los charcos formados por el aguacero. Apretó el paso, a esas horas y con ese tiempo las calles estaban desiertas. Hasta las ratas habían buscado refugio. Había llegado, abrió la puerta. Todavía era capaz de oler su perfume, la seguía allá adonde iba. Era su huella personal. Subió las escaleras que le llevaban al primer piso, la puerta estaba abierta, lo esperaba. Volvió a sacar el revólver, estaba frío y húmedo. La encontró sentada, fumaba. Lo miró desafiante, sabía que no sería capaz, lo había engañado, el truco más viejo del mundo, pero tenía la certeza de que seguía queriéndola. Lo que nunca llegó a saber, porque la bala que la atravesó se lo impidió, es que la recordaría todos los días del resto de su vida en aquella sombría cárcel a la que fue llevado poco tiempo después de aquella nefasta semana de septiembre.

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