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Qaravan (III). Costa del Mar Negro

Una imagen del Caravasar Cinci Hani, en Safranbolu, Turquía. Foto: Ugur Basak.

Por Francisco Ortiz. Sábado, 23 de mayo de 2015

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Amasya amanece con una luz nueva. El bullicio de la ciudad me acompaña cuando llego a la estación de autobuses y vuelvo al camino. Dejo con pesar este rincón del mundo, como ya me ha ocurrido con lugares como Valparaíso, pero el periplo hacia el Oeste debe continuar. El día elegido para salir desayuno parsimonioso, dejo la llave del konak en manos de mi posadera Fátima y me despido.

El trayecto al mar, de dos horas largas, me devuelve los ánimos y de hecho van a la par de las nubes. El camino costero del Mar Negro está punteado en mi mapa de pequeñas ciudades que se ofrecen como remansos de playa o puertos industriales. Samsun responde a esto último, de modo que apenas me permito bajar a tierra para tomar un té negro y unas rosquillas. Las otogar turcas son las modernas estaciones caravaneras, y la aventura está, sin duda, en ellas. Con las prisas habituales de los empleados tomo un moderno pulman Samsun-Sinop y me instalo para otras tres horas confortables. Atrás quedan los vendedores de pipas, lotería y casetes, conductores de aspecto cosaco pero redomados bromistas, abuelas cargadas de bolsas y algún pollo asomando el pescuezo…

Las vistas desde la sinuosa carretera costera son increíbles. Los montes arbolados caen en el mar, y el contraste del verde del bosque con el azul opalino de las aguas daría para muchas fotos, si no fuera por la abundancia de curvas. Al cabo de un tiempo disipado con la lectura de un libro de Orhan Pamuk, La vida nueva, arribo a Sinope.

Diógenes de Sinope

Comprobado: la costa del Mar Negro y Anatolia quedan fuera del mapa turístico. Desde Trebisonda a Safranbolu, pasando por los Montes Kackar, el itinerario Qaravan está libre del turismo consumista. Es un lujo entonces recorrer las ciudades con sus gentes y reseguir la vida cotidiana, la real de los turcos de a pie. Sinope (Sinop en turco) reúne el encanto de ser un puerto pescador activo y una estación de veraneo de playa.

AMASRA

Una plaza de Amasra, ciudad portuaria en la provincia de Bartin.

La ciudad, cuna del filósofo cínico Diógenes de Sinope, está revestida de lienzos de muralla, de esas que están hechas de reformas bizantinas, selyúcidas y otomanas. Junto a la muralla que da al puerto el ambiente de noche merece la pena: restaurantes de pescado fresco, de kebabs de cordero, la chiquillería enredando en los castillos flotantes, y los cafés con música en vivo. Los barcos de paseo por la noche van llenos de familias ociosas y rientes.

Del lado de la playa Kumkapi Kalesi, adornada también con murallas, se encuentra un ominoso edificio, la cárcel Tarihi Cezaevi. La prisión es hoy en día un museo y se visitan los patios, pasillos, celdas y dependencias donde tantos presos políticos sufrieron condena. Aunque ningún cartel lo cuenta, fue aquí donde se rodó El expreso de medianoche, de Alan Parker, con Brad Davis como protagonista. Y es que también Turquía vivió su dictadura militar en los años 80.

De vuelta de contemplar la puesta de sol en Kumkapi uno tira calle arriba y, pasando pequeños hamames con sus toallas secándose al exterior, enseguida encuentra donde comer. Allá donde vaya me tengo que pedir un buen plato de manti, son unos raviolis turcos rellenos de ternera picada y cubiertos de yogur y tomate. Luego, si queda hambre, asaltar la pizza turca, el pide, con forma de canoa cubierta de queso y huevo. El lahmacun es una versión de pizza más fina. En Sinop es famosa la cocina del Sur, la de Diyarbakir, Adana y Gaziantep.

ALADINOmezquita

Detalle de la Mezquita de Aladino, en Sinope.

Si me preguntan por un solo sitio para visitar en Sinope, elijo sin dudar la mezquita de Aladino. Construida en 1267, está amurallada y tiene un patio amplio. Es imponente en su sobriedad. Su interior con bóvedas y vitrales recuerdan más a una catedral. Tiene un mimbar o púlpito  de madera y un mihrab (hueco en el muro que indica la dirección a La Meca) de mármol. La vieja mezquita de piedra está limpia, con sus jardines a la sombra de los muros. Un funeral se oficia justo cuando llego, y tratando de no incomodar, hago las abluciones aparte. Los grupos están segregados por sexos (salvo los niños). El lugar inspira una paz y una serenidad que en nada se parece al escatológico funeral católico.

El último día en Sinope lo dedico a visitar el Museo Arqueológico. Allí entiendo que los colonos de Mileto fundaron la colonia Sinop, que Diógenes se crió y se largó pronto de aquí, y admiro el sarcófago de un tal Cornelius Arriano, muerto a los 60 años, gran comerciante y marino. Ya en el jardín me siento, rodeado de estelas romanas, lápidas otomanas y un friso magnífico, junto al estanque en cuyo fondo merodean peces entre las columnas.

Al salir de la otogar, con las prisas de siempre por alcanzar el siguiente destino, observo una pareja que se despide. No puedo por menos que dedicarles aquí unas palabras:

Despedida de Sinop. “Ella no sabía cómo despedirle sin dejar su alma en el intento. La rubia Necus desplegó sus abrazos y sus insondables ojos grises para hacerle sentir su pérdida. El supo que Sinop era ella, que sus ojos contenían la Hélade entera. Y entonces sonrió a la ciudad amurallada pero abierta para él. Farewell, Sinope, reina de las Amazonas”.

AMASRAplaya

Vista general de la playa de Amasra, en la costa del Mar Negro.

Ya en ruta contemplo el castillo de Boyabat, en lo alto de un cerro sobre la ciudad del mismo nombre. Recuerda al castillo de Peñafiel, por su magnífica planta. Otros pueblos se suceden, con sus minaretes blancos apuntando al cielo: Gerze, Cide, Kapisuyu. Estos lugares con encanto, rodeados de bosques, están protegidos por una pequeña sierra costera y dan al mar, como si fueran balcones.

Amasra, a seis horas de viaje de Estambul, es una estación de veraneo para las familias turcas. No hay ni rastro de turistas extranjeros. Sobre dos peñas se levanta la ciudad más antigua, conectada a su vez por un istmo a las dos playas. La de poniente tiene un fondo de algas verdes y cantos rodados, donde apenas hay bañistas. Aquí, junto al museo arqueológico (cerrado por obras), los pescadores calafatean y pintan las barcas, reparan los pesqueros. Uno de ellos ostenta el nombre Rais Erdogan. La playa de levante, en cambio, de arenas finas, es la preferida por las familias turcas. Algunas mujeres llevan el traje de baño islámico, el burkini, que deja al descubierto el rostro, manos y pies. Los hay de diseño, elegantes. Hay varios modelos de burkini junto a los bikinis, mientras que las menos pudientes se meten con ropa más o menos deportiva en el agua o bien se quedan sentadas en la orilla con sus faldas largas y sus pañuelos, como si estuvieran en la mezquita, en aparente armonía acuática. La mayoría, sin embargo, se pasean con su bikini con toda naturalidad. Los hombres llevan meybas sin más.

En el casco antiguo quedan pequeñas iglesias ortodoxas convertidas hoy en mezquitas o casas. Junto al faro, donde anidan las gaviotas, en el acantilado, huele a retama, romero, y las higueras dan sombra al lado mismo del mar. Para admirar Amasra hay que tomar un barco de recreo y salir al mar. Así se aprovecha un chapuzón lejos de las playas y se puede almorzar en una de las islas desiertas, en una excursión de seis horas.

SAFRANBOLU

Safranbolu. La ciudad queda oculta en una profunda garganta, es una maravilla agazapada en la hoya.

No debemos desamparar nuestro estómago en Amasra sin disfrutar del balik, el pescado fresco marnegrino, en restaurantes con elegantes mesas de manteles rojos, licencia para beber vino y amplias vistas al mar desde la tercera planta. Aquí vienen unos calamares y un plato de kebab de pescado, y en la mesa de al lado me depositan un plato de pide por si me quedo con hambre. Un helado y un cóctel de licor (con permiso de Erdogan) me completan el menú anatolio.

Safranbolu, la ruta del azafrán

Es viernes, día de rezos, y amanece nublado. Luego de mi desayuno de queso salado con aceitunas negras, pan y mermelada de rosas, con dos o tres vasos de té sorbido, me despido del mar y tomo un dolmús. En su interior tres pares de ojos maquillados como en tiempos de los hititas me miran con rigor, sin pudor alguno. Al fin y al cabo, soy un “inglís”. O algo peor, un “israilí”. En cuanto arranca el vehículo me llega el aire fresco y aromado del bosque. La carretera desde el mar remonta las montañas, y una vez que pasamos la cresta de la sierra aparecen abetos y cedros. El bosque de pinos de montaña y algunos robles apenas dejan sitio para ver las casas de madera. Dejamos atrás la costa opulenta del Karadeniz, el mar Negro, y nos adentramos en la planicie anatolia.

Junto a la moderna ciudad de Karabük, pasado un puente, está la otogar de Kirankoy. Al preguntar por Safranbolu, me cuesta entender que la ciudad tiene dos barrios, el alto y moderno, Kirankoy, y el bajo, Carsi, tradicional y encajado en un valle. Un taxi me saca de mi despiste y me deposita en el Imperio Otomano del siglo XVII en cuestión de unos minutos (y unas liras turcas). La Safranbolu otomana queda oculta en una profunda garganta, es una maravilla agazapada en la hoya, y arriba, en la planicie, queda el pueblo nuevo.

Todo en esta ciudad recuerda al esplendor otomano: las mezquitas imperiales, el hamam o casa de baños, las fuentes, el caravasar, las casas tradicionales, los bazares, la torre del reloj, los talleres artesanos y las pansyons o fondas caravaneras. Safranbolu es un museo al aire libre de arquitectura turca tradicional, no en vano ha sido reconocida Patrimonio Mundial en 1994. Gracias a ello muchas casas y tiendas han sido restauradas y es hoy un regalo recorrer las callejuelas empedradas y conocer el barrio de casas de madera otomanas y sus hoteles boutique o konaks.

Con el agotamiento del viaje y de las cuestas del barrio, me dedico a buscar un sencillo yantar y una yacija limpia. Camino del museo etnológico, calle arriba, encuentro la sin par konak Bastoncu Pansyon. La casa de madera de sus antepasados ha sido convertida en hotelito con encanto por una joven pareja, y el resultado es un disfrute para el viajero que busca una vida tranquila. Bastoncu era antes una tienda de bastones (de ahí el nombre) y en la actualidad tiene 7 cuartos y un recoleto jardín. Con los suelos de madera y los baños ocultos tras armarios, con su balconada adornada de geranios, y los techos tallados, este konak ofrece un refugio ideal a mis vagabundeos.

Si bien el barrio de Carsi se recorre en apenas media hora, uno se detiene casi en cada esquina y tira al arroyo la cámara de fotos. No es posible pasarse el día sacando fotos en Safranbolu, no alcanzaría a ver bien todo lo que me ofrece. De modo y manera que a ojo desnudo me dirijo a la mezquita Izzet Pachá, una de las más grandes construidas en el período otomano. Data de 1796 y ha sido restaurada. A unas manzanas de esta me topo con la mezquita Köprülü Mehmet Pachá, donde unos ancianos me regañan por sentarme a jugar a las cartas a la vera de la mezquita. Esta es aún más antigua, data de 1661 y es imponente con su tejado redondeado y su aspecto de fortaleza del Islam. El patio tiene dos plátanos centenarios a cuya sombra uno se queda jugando con los gatos.

CARAVASARcincihan

Caravasar Cinci Hani, del siglo XVII. Hoy es un hotel.

Pero el edificio más singular de Safranbolu es sin lugar a dudas el caravasar o han, aquí llamado Cinci Hani. Con su gran patio y su fábrica de piedra, con sus tejados rojos y sus pequeñas habitaciones, este antiguo caravansaray del siglo XVII es hoy un hotel bien restaurado. Desde la azotea se divisa todo el caserío del barrio de Carsi. Anexo al Cinci Hani está el hamam todavía en uso, el Cinci Hamami, también construido en piedra.

La ruta comercial que pasaba por Safranbolu permitió una prosperidad a las familias del lugar que se volcó en estas casas otomanas, sólidas y hoy convertidas en museos, tiendas y hotelitos. Dos museos muestran esa vida local donde las especias (‘safran’ viene de azafrán), las sedas y el té enriquecieron a la comarca. El Kaymakamlar Müze es una casa con todo el mobiliario de una vivienda otomana, con su baño-armario, sus trajes, sus ventanas de visillos de bolillos y las alfombras mullidas. No faltan retratos de Ataturk y de las familias de Safranbolu. El Kileciler Evi es otra mansión museo que muestra unos aparadores llenos de vajillas y fotos de viajes en barco, pequeñas cunas y juguetes.

Pide

Los suculentos manjares de la zona.

El konak es un refugio con sus suelos alfombrados. Entre té y té Alí y su mujer me hablan de la vida sencilla, de su deseo de llevar las tradiciones consigo. Él está dedicado a estudiar árabe (el turco es un idioma no árabe y se escribe con caracteres latinos) y no descuida su negocio. Ella no lleva pañuelo y habla un inglés fluido. Ambos presumen de regentar una casa que tiene 300 años, y no se interesan por las metrópolis modernas. No cuesta adivinar que son jóvenes seguidores del rais Erdogan. En cuanto a mí, pierdo la cuenta de los días que llevo en Safranbolu, entre visitas al hamam, salidas a las cuevas Bulak Magarasi y el merodeo por las tiendas y talleres artesanales. A la salida de la mezquita un paisano me pregunta por Istanbul. ¿Estambul? No, gracias.

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Francisco Ortiz

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