Cipriano Torres, El Petardo, Humor Gráfico, Número 31, Opinión
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Podemos… no votar

Por Cipriano Torres / Ilustración: El Petardo

Cipriano Torres

Cipriano Torres

Soy tan cojonudo y revolucionario que iré a votar, con un par. Con un par, o más, de razones. Iré a votar porque estoy más que enfadado. Iré a votar porque es lo único que no me permite mi sentido de la democracia, que yo no soy nada en el mundo de las conquistas ciudadanas, pero mis lomos y mis rodillas recuerdan los varetazos y los resbalones en las aceras de Granada perseguido por los grises porque miles de trabajadores y universitarios nos echamos a la calle tratando de doblarle el pie a un país en manos de rufianes y beatos que pensaban que esa mierda de la libertad era un veneno sin antídoto. Y así fue. Y aquí estamos. Algunos alardeando de no ir a votar porque “todos son iguales”. Y no, no todos son iguales. Además, me da igual. Los voto ahora y no los votaré la próxima vez. Pero votaré. No votar es lo único que no me permite mi sentido de la democracia.

Por poder, podemos hasta no votar a Podemos. Eso sí que es revolucionario. O no. Hace dos minutos votar a Podemos era lo más in, lo chachi, lo guay. Al minuto siguiente, cuando nos dimos cuenta de que Pablo Iglesias apenas sonreía, y cuando lo hace es como quien te da un golpe en la espalda diciéndote, ánimo, chaval, me estoy riendo, fíjate si bajo a ras de suelo, empezó a resquebrajarse el templo ayudado por las maneras del pajarillo Juan Carlos Monedero, un intelectual, un sobrado, el del chaleco, el de gafitas de pensador que cabila cómo multiplicar los peces de sus cuentas con trampillas de ricachón fullero de toda la vida, cuando se nos apretaba el culo cada vez que los medios trataban de preguntar no lo que la cúpula del partido quisiera sino lo que le saliera de los santos cojones a los periodistas, y por eso, como digo, al minuto siguiente lo más in se convirtió en lo más on. Y vuelta a empezar cada vez que sacan al niño, a Íñigo Errejón, un héroe, un fajador, un domador de fieras, una boquita pintada, un coco privilegiado, un prestidigitador, qué digo, un titán capaz de llevarse al huerto a la hiena Eduardo Inda, esa criatura del averno. Así que por qué no votar a Podemos.

Pero hete aquí, por si no tuviéramos la picha del voto hecha un lío, que irrumpe como solo los toros irrumpen, Risto Mejide. Y para decir nada menos, atención, que se quita las gafas. Eso es como si Mariano Rajoy le dijera a su osito de noche que a partir de ahora “esshtoy dispuesshto a no mentir a los essshpañolesssh”. Es como un crujido en el omoplato, un reventón en el tímpano, un me cago en dios en mitad del templo, un allí no hay vírgenes ni ná, gilipollas, gritado por un esquelético Osama Bin Laden en la helada noche de las montañas afganas, es como si de golpe, parando el mundo, Paquirrín dijera que para componer la mierda de música que excreta se pasa las noches enteras desentrañando los misterios de los Conciertos de Brandeburgo mirando un grabado de Johann Sebastian Bach. Que Risto Mejide se quite las gafas ante las cámaras no es cualquier cosa. Se las quita, dice, porque si le pide transparencia al entrevistado ha de darla él también. Y lo más de lo más. Se quita las gafas “porque me sentía prisionero de un aspecto estúpido”. Válgame el voto que nunca le daré al PP, lo que siempre había pensado, que eso de las gafitas tintadas es una prisión, el mandato de un personaje cretino, la peineta cárcel de Martirio, la mueca idiota de Raphael, el bastón y el fular mariquita de Gala, coño, la coleta del Coletas.

¿Cuándo se cortará la coleta el líder? ¿Cuándo decidirá que ya está bien, que es prisionero de un aspecto estúpido? Lo que yo daría por ver al cejijunto con la melena suelta, moviendo la cabeza como una leona al salir de la ducha, con las tijeras en las manos porque está hasta los huevos de volverse a secar la pelambrera, a punto de mandarlo todo a la mierda, pero volviendo a coger con resignación la gomita, hacerse la coleta y, mirándose al espejo en la intimidad del retrete, temeroso ante lo desconocido, preguntarse lo que más de uno puede preguntarse. ¿Y si al cortar la coleta descubrimos que detrás solo hay un político de 36 años que aspira a gobernar este país adaptando su discurso según convenga, que al llegar al trono y recapacitar, y verse tan ridículo como Risto Mejide, prisionero de su aspecto estúpido, se corta la cola y descubrimos que el chico de barrio era un espabilado que se las sabe todas?

Claro que como el 24 de mayo la cosa va de ayuntamientos y comunidades podemos hasta no votar a Podemos. Eso sí, soy tan revolucionario que iré a votar.


En Villanueva
Mesía, buscando el rincón más fresco de la casa, que empieza la fiesta.  

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El Petardo

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