Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 31, Opinión
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Marcado Carácter Social

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

Javier Montón

No hay programa electoral malo, el problema es el autor y la voluntad de aplicarlo que tengan los protagonistas de la función. Una ojeada a los distintos programas de los partidos que concurren a las elecciones del próximo domingo constituye un recorrido por lo obvio que cualquier persona sensata podría suscribir casi a ciegas. Las intenciones loables se repiten, los proyectos se calcan de un folleto a otro y todo son buenos propósitos, como solemos hacer en Nochevieja para el año que comienza. Y ya sabemos cómo acaban de costumbre esas promesas.

Este año he dedicado unos minutos a leerme los programas de las cuatro formaciones que concurren a las municipales del pueblo donde vivo. Lo siento, me pilló en un día flojo, no volverá a ocurrir. Son PSPV-PSOE, PP, Compromís y Ciudadanos, los tres primeros de los cuales tienen representación en el ayuntamiento. Todos hablan de aumentar el gasto social y nadie quiere que los desfavorecidos se pudran en su miseria ahogados en la falta de perspectivas; el fomento del deporte entre la juventud es un objetivo prioritario para todos ellos, en lugar del llamamiento al consumo masivo de drogas de todo tipo; los cuatro ‘alcaldables’, dos mujeres y dos hombres, aspiran a dar un impulso al reciclaje porque, extrañamente, ninguno quiere un pueblo lleno de basuras y con las calles repletas de porquería. Los candidatos a entrar en el gobierno local califican su programa con dos adjetivos y un sustantivo que se repiten además siempre que un Gobierno presenta sus Presupuestos y que deberían fundirse en plomo para ser claveteados posteriormente en todas las sedes de los partidos: Marcado Carácter Social. Es el yin y el yan de todo programa electoral. Ese concepto en mayúsculas, ése, y no otro. No, por ejemplo, Clara Discriminación Insolidaria. Tampoco Reaccionario Gobierno Tramposo ni cualquier otro escogido al azar, qué sé yo, Patente Opacidad Duradera, y mira que hay una cantidad tendente al infinito. El autor de la frase fuerza debe de estar forrándose si tuvo la prevención de registrar su idea.

Si por el programa fuera, yo les votaría a todos. Pero el papel tiene querencia a la papelera, está en su naturaleza y en su lexema. Si el destino de los periódicos es servir de envoltorio del bocadillo del día siguiente, el final de los pasquines electorales no es más prosaico: les espera el cubo de la basura. Por eso, para que nos engañen con todas las de la ley y sin ningún hipotético remordimiento, soy partidario de incluir en los programas electorales la letra pequeña, ese comodín que libera de responsabilidades al más fuerte y echa las culpas al débil. Igual que en las pólizas de seguros, los fondos de pensiones o el contrato de suministro de gas o agua. Como queriendo decir: “Oiga, es usted un zoquete. Le hemos advertido de lo que íbamos a hacer en realidad y aun así nos ha votado. La próxima vez haga el favor de leerse las cláusulas, hombre de Dios”. Las primeras páginas estarían repletas de ideas de paz, amor, justicia y solidaridad, si es posible con fotos de los miembros de la candidatura, y ya en las últimas y por detrás, en Verdana 4 cursiva, aparecería la retahíla de trampas con que harían cargar el mochuelo al votante desprevenido.

Nos ahorraríamos reclamaciones –debido a la vergüenza, el estafado sólo lo confesaría a su familia– y las pataletas de los partidos perdedores. Otra opción es concurrir a las urnas sin programa, ni real ni virtual. Así, como los valientes: a pelo y a pecho descubierto. Claro que para eso hay que ser condesa reaccionaria, contar con un bagaje de lustros cotizando en la política y tener muy poquita vergüenza.

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Artsenal

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