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Las trincheras olvidadas de Orwell

Imagen de una de las trincheras del frente de Aragón en las que luchó Orwell.

Por José Antequera. Martes, 19 de mayo de 2015

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Si George Orwell (1903-1950) levantara la cabeza, a buen seguro la postraría de vergüenza al ver el mal estado de conservación en que se encuentran las trincheras del Frente de Aragón, ese agujero inmundo en el que se dejó sangre, sudor y lágrimas defendiendo la causa de la libertad. Richard Blair, el hijo de Orwell, ha emprendido una cruzada para salvar este importante patrimonio nacional de la Guerra Civil, convencido de que las autoridades españolas no tienen demasiado interés en su conservación y protección. Blair ha declarado recientemente al diario británico The Independent que el Gobierno español “debe seguir invirtiendo en el legado de su padre y evitar que las trincheras caigan en mal estado”.

En 1936, antes de que el novelista escribiera algunas de sus obras más famosas, viajó a España para luchar junto a los republicanos contra los nacionales del general Franco. En su libro de 1938 Homenaje a Cataluña, Orwell detalló sus experiencias en el frente junto al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). El autor de Rebelión en la granja y 1984 relata cómo logró dar esquinazo a la muerte en el campo de batalla cuando un francotirador fascista le alcanzó en el cuello. La bala le rozó la arteria carótida, pero consiguió salvar la vida en el último momento. Ese centímetro milagroso permitió que generaciones posteriores pudieran disfrutar de algunas de las obras maestras de la literatura universal.

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George Orwell.

Blair, de 71 años, tenía solo seis cuando su padre murió en 1950. Recientemente visitó las trincheras situadas a las afueras de Zaragoza y se llevó una desagradable sorpresa. La red de galerías y pasadizos que había sido restaurada por el anterior Gobierno socialista con el fin de preservar el patrimonio de la Guerra Civil y ayudar a comprender lo que sucedió en la contienda se encontraba en un estado de semi abandono. Según las denuncias de Blair, cuando el Partido Popular ganó el Gobierno regional de Aragón en 2011 se congeló el presupuesto de tres millones de euros y las trincheras empezaron a sufrir el deterioro y la falta de conservación y mantenimiento. “Creo que el pueblo español se merece esa restauración para entender lo que realmente sucedió entre los años 1930 y la muerte de Franco en 1975”, asegura el hijo de Orwell, un hombre de negocios retirado que vive cerca de Coventry.

Orwell fue un escritor y periodista comprometido con la causa de la democracia y un firme activista en contra de los totalitarismos de comienzos del siglo XX. Cuando en julio de 1936 se produjo el levantamiento armado contra la Segunda República, el novelista decidió viajar a España para trabajar inicialmente como periodista; pero las circunstancias le llevaron a enrolarse en las milicias del POUM.

El autor llegó a nuestro país en los primeros meses de la guerra. Según cuentan las biografías, se alistó en el bando republicano para “matar fascistas porque alguien debía hacerlo». Así se lo hizo saber a su amigo Henry Miller, que intentó disuadirlo diciéndole que abandonara semejante locura. Lejos de hacerle caso a Miller, Orwell viajó a España dispuesto a todo. Llegó a Barcelona el 26 de diciembre de 1936 con una carta de presentación del Partido Laborista Independiente y fue asignado como miliciano al partido de orientación trotskista POUM. De inmediato fue destinado al frente de Aragón. Más tarde se arrepentiría de no haber comprendido mejor la situación política en España y de no haberse unido a las milicias de la CNT. Sus críticas contra el Partido Comunista y las denuncias de las mentiras que se usaban como propaganda para la manipulación informativa le granjearían peligrosos enemigos. En octubre de ese mismo año, las tropas de Franco habían ocupado Leciñena y Santa Quiteria, cerrando el paso a los republicanos en su avance sobre Zaragoza. De modo que el frente quedó estabilizado hasta marzo de 1938. Comenzaba la temida guerra de trincheras. Orwell llegó al frente en diciembre del 36 y cuatro meses después fue trasladado a la ofensiva republicana sobre Huesca, donde resultó gravemente herido en la garganta por el francotirador.

Corría el gélido invierno de 1937 cuando el escritor redactaba estas líneas reveladoras: “Una noche helada hice en mi diario una lista de las prendas que tenía puestas. Llevaba un chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela, dos jerséis, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos, polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, guantes forrados y gorro de lana. No obstante, temblaba como una hoja”. Es en esos días duros cuando Orwell descubre las propiedades laxantes que parece ejercer en él el fuet. El propio Orwell describe con crudeza: “Cada vez que pienso en mis dos primeros meses en el frente, acuden a mi mente imágenes de rastrojos de invierno rodeados de zurullos acartonados”.

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Richard Blair, hijo de Orwell. Foto: David Levenson.

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Orwell junto a sus compañeros del POUM.

La guerra no solo estuvo a punto de costarle la vida sino que le marcó psicológicamente para el resto de sus días. “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936 y 1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde entonces ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”.

Orwell escribía cada día pese a los rigores de la guerra. Describe minuciosamente la vida en las trincheras de Alcubierre, a las que llegaron tras varias horas vagando entre la niebla en una camioneta: “Por la tarde hicimos nuestra primera guardia y Benjamín nos llevó a recorrer la posición. Frente al parapeto había un sistema de trincheras angostas, cavadas en la roca, con troneras –ventanas bajo los sacos terreros– muy primitivas, hechas con pilas de piedra caliza. Doce centinelas estaban apostados en diversos puntos de la trinchera y detrás del parapeto interior. Delante de la trinchera había alambradas, y luego la ladera descendía hacia un precipicio aparentemente sin fondo; más allá se levantaban colinas desnudas, en ciertos lugares meros peñascos abruptos, grises e invernales, sin vida alguna, ni siquiera un pájaro. Espié cautelosamente por la tronera, tratando de descubrir la trinchera fascista”. Orwell esperaba que el enemigo estuviera “a cincuenta o cien metros”, pero vio que “en la cima de la colina opuesta, al otro lado del barranco, por lo menos a unos 700 metros, se veía el diminuto borde de un parapeto y una bandera roja y amarilla ¡la posición fascista! Me sentí indescriptiblemente desilusionado: estábamos muy lejos de ellos y, a esa distancia, nuestros fusiles resultaban totalmente inútiles”.

Ya recuperado de la lesión del cuello, toma parte en los sucesos de mayo del 37 en Barcelona, pero la muerte le sigue rondando. Como otros compañeros del POUM, sufre la persecución y represión a manos de los estalinistas del PSUC. Una vez más la suerte se convierte en su aliada y consigue salir vivo cuando está a punto de ser asesinado en las calles de Barcelona. Es entonces cuando decide huir de España atravesando la frontera como simple turista. La guerra había terminado para él.

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Algunos estudiosos consideran que es durante su estancia en Cataluña, en aquellos días en que los agentes de inteligencia de la URSS purgaban a los enemigos de la causa, cuando la idea de su novela 1984 y del Gran Hermano empezó a germinar en su cabeza.

Hoy las trincheras en las que tantos hombres y mujeres se dejaron la vida son pasto del olvido. El Gobierno socialista hizo todo lo posible por recuperarlas para la memoria histórica, sabedor de que en ellas George Orwell pasó horas de angustia, frío y hambre. Hasta se instauró la Ruta Orwell, una especie de reclamo para atraer a los turistas a la zona. Se realizó una intensa labor de recuperación de trincheras y de documentación sobre fortificaciones. También se rescataron cientos de fotografías del Frente de Aragón en las que quedaba patente la forma de construcción de los refugios y cómo se colocaban los sacos y los revestimientos de madera para contener el parapeto. La excavación fue dirigida por el arqueólogo Ignacio Lorenzo Lizalde, con el apoyo del personal de una escuela taller y asesoramiento militar y universitario. “Es una zona muy rica en yacimientos. Además abarcan toda la cronología, desde la prehistoria, pasando por la época romana, hasta llegar a la Guerra Civil española. Es un territorio muy importante en este recurso cultural, que tiene infinitas posibilidades de desarrollo desde el punto de vista turístico. En Los Monegros aún queda mucho por hacer porque hay un gran patrimonio arqueológico”.

Pese a todos los esfuerzos parece que la familia de Orwell no piensa de la misma manera y cree que el legado de su padre corre grave riesgo de perderse para siempre. El genial escritor dijo en cierta ocasión: “En España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos. Vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido”. Ochenta años después, parece que los españoles siguen en las mismas.

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        ♦ RESTAURACIONES ACOMETIDAS EN LAS TRINCHERAS DEL FRENTE DE ARAGÓN

Se restauró una primera trinchera (la 5 nacional) justo a la izquierda de la carretera y en un lugar bastante accesible. En la retaguardia se conserva un pequeño poyo de piedra labrado que conmemora la resistencia falangista en la zona. El pico de Alcubierre conserva el altar a los caídos falangistas en el ataque de la columna de Ascaso en abril de 1937, cuando Orwell ya había abandonado la zona.

Loma Orwell. En la restauración se ha recreado una posición defensiva tipo pelotón. Se han fabricado los cubículos, pozos, asentamientos de armamento, nichos y abrigos. Todo está señalizado: la función de cada punto, los campos de minas, las hileras de alambradas (se han restaurado hasta 8 metros), las troneras camufladas por sacos terreros de 40 kilos, los nichos para cargadores, el abrigo ligero, el pozo doble, el desagüe, el puesto de socorro… Y flechas para seguir el itinerario de la fortificación y los aljibes tradicionales que utilizaron los soldados.

Monte Irazo. Se han recuperado la cabaña o vivac y restos del área de descanso de los soldados. El largo periodo del frente, desde octubre de 1936 hasta la caída del frente de Aragón a finales de marzo de 1938, explica que se levantara una construcción de sólida factura.

Letrinas. Son simples zanjas estrechas y poco profundas cuya tierra excavada se amontona a un lado para utilizarla después en el cegamiento. No obstante la importancia sanitaria de esta construcción, los documentos consultados revelan una escasa higienización en las posiciones.

Corredores. El medio más seguro de enlace entre las distintas obras de la posición defensiva se realiza a través de los ramales. El trazado de estos corredores debe permitir una ágil circulación, una protección contra el tiro de enfilada y una defensa fácil si la posición es ocupada en parte por el enemigo. Los trazados habituales se construyen en zigzag y ondulados, adaptados siempre a la orografía del terreno. Para evitar el derrumbe de los taludes como consecuencia de las excavaciones se hacen necesarios los revestimientos

Alambradas. Constituyen uno de los obstáculos artificiales más empleados en los frentes bélicos contra la progresión de las tropas a pie. En esta posición defensiva complementa al obstáculo natural que es la fuerte pendiente. El trazado se debe adaptar al plan de fuegos y vigilancia de la defensa. El obstáculo que aquí se ha levantado es una alambrada normal, reforzada con un faldón que, en realidad, rodearía toda la posición defensiva.

Pozo de tirador. Se habá restaurado también. Es el punto en que los francotiradores cumplían con su misión de defensa. El tiro que se realiza desde este enclave ha de poder efectuarse con igual facilidad en cualquier dirección, cumpliendo el plan de fuegos previsto. De acuerdo con esta premisa, siempre que el terreno lo permitía, se construían los pozos circulares y con el fondo plano para no entorpecer el uso del arma. Este puesto de tiro ha sido reconstruido con una aspillera abierta por donde el tirador controla cómodamente y en toda su extensión el ángulo de tiro asignado. En la mayoría de los pozos recreados se han habilitado en los muros unas repisas interiores o pequeños nichos, que eran utilizados para depositar las municiones, cargadores o granadas de mano.

Pozo doble de tirador. Es también un abrigo de cubierta ligera. En este pozo-observatorio de Monte Irazo se ha utilizado piedra del terreno, que propicia tanto su mimetización con el entorno como una mejor conservación en el tiempo. Los sacos terreros son usados para proteger el paramento y las aspilleras por donde los soldados cumplen con su misión de fuego y observación. Un asentamiento u observatorio exige, en aras a su empleo eficaz, espacios abiertos directamente al exterior dando frente al enemigo. Las aberturas, aspilleras o ventanas de observación deben estar en un plano elevado sobre el nivel de la excavación, por lo que el conjunto de la obra adquiere un mayor relieve, aunque de este modo también incrementa su vulnerabilidad al tiro tenso de las armas enemigas.

Abrigo pasivo ligero. Es otra obra de fortificación que resiste impactos de fusilería o de metralla, provenientes de las explosiones próximas de la artillería y los efectos combinados de explosiones aéreas a cierta distancia. Su construcción parte de una zanja de protección de personal a la que se ha añadido una cubierta ligera. Este abrigo sirve igualmente para proteger a los soldados en determinadas fases del combate. El abrigo ligero también podría ser empleado como depósito de munición e incluso como abrigo de descanso para facilitar la vida de las tropas en la trinchera, si bien tal posibilidad no sería muy factible en este emplazamiento dada su vulnerabilidad frente al fuego enemigo.

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