Adrián Palmas, Filosofía, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 30, Opinión
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La vigencia de lo sagrado

Por Gil-Manuel Hernández / Ilustración: Adrián Palmas

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   Filosofía

Vivimos en la época de la “anamnesis” de lo numinoso, que implica, a un tiempo, recuerdo, rememoración, rescate y actualización de los valores, actitudes y prácticas que testimonian la vigencia de lo sagrado, entendido como la producción de significado y sentido, como algo especialmente valioso que remite a lo transcendente y lo misterioso. Algo que la Modernidad, de la mano de la Ilustración y sus ideas de culto literalizador a la Razón, el Progreso, la Materia, la Ciencia y la Tecnología, fue progresivamente apartando del centro de la vida social. Un abandono u olvido que no solo está ligado a las transformaciones propias de la secularización moderna sino a la mutación y relevo de unos saberes procedentes del universo tradicional, conformado mitológicamente, por otros vinculadas a las preferencias del proyecto moderno ilustrado.

Las dos grandes formas tradicionales de conocimiento, como eran la filosofía y la religión, fueron centrifugadas por la modernidad hasta el punto de “soltar el lastre” de sus aspectos transcendentes, sustituyendo las viejas sacralidades por otras “débiles” de nuevo cuño, plenamente seculares y civiles (Nación, Revolución, Consumo, Ciencia, Deporte). Tal como en su momento diagnosticara Weber, el mundo fue progresivamente desencantado, encerrado en una jaula de hierro racional, técnica y burocrática. El desencantamiento se aceleró con la secularización de las sociedades, y aunque paradójicamente la modernización aportó intentos compensadores de reencantamiento ligados al mundo del consumo capitalista, la necesidad de reencantamiento profundo ha subsistido y aflora continuamente en forma de religiones civiles, de ocio juvenil, de culto al pasado o del retorno de los antiguos conocimientos de lo transcendente.

Ello ha sido especialmente visible en el ámbito de la filosofía y la religión, cuyo vaciamiento y recomposición en clave secular y moderna implicó la pérdida de la numinosidad y carácter sagrado que le eran inherentes. Unos atributos que, de una forma dialéctica y reflexiva, están retornando, como resultado de las crisis inherentes al tránsito a la modernidad globalizada, bajo la forma de una nueva espiritualidad o transcendencia global, dentro de la cual destacan la preminencia de los movimientos psico-espirituales, que intentan conjugar los desarrollos de la psiciología profunda con una espiritualidad transversal, pluralista y personal. Desde nuestro punto de vista, la anamnesis de lo sagrado implica la recuperación, revitalización y reconfiguración de las viejas formas de conocimiento trascendente vinculado a la antiguas filosofías y religiones, para ser transformadas en las nuevas creatividades culturales. Éstas pretenden, como rasgo distintivo, superar los déficits de sentido modernos y postmodernos para construir una novedosa visión de lo sagrado, no nostálgica y conservadora, sino ligada a innovadoras formas transnacionales de ecología, espiritualidad, economía, política y relaciones sociales, que certifican el avance de una conectividad global multidimensional. Lo cual es sinónimo de una auténtica refundación del vínculo social en torno a una sacralidad difusa, porosa y fluida, capaz de conjugar a un tiempo lo inmanente y lo transcendente para dotar al individuo de un consciencia plena de la existencia.

Y es que el propio concepto de anamnesis está basado en el mito griego que señala que cada alma habita, antes de nacer, un reino divino al que regresará después de la muerte. Justo cuando está a punto de reencarnarse en este mundo, bebe del Lete, el río del Olvido, de manera que ya no puede recordar nada de sus orígenes divinos. De modo que el hecho de recordar es un aprendizaje en el cual, más que producirse conocimiento, se obtiene un liberador “reconocimiento”. La memoria, pues, sirve para reencontrarse con la Gran Memoria, que sería el equivalente al inconsciente colectivo de Jung. Para realizar esa anamnesis resulta imprescindible la imaginación, en la medida que la memoria no es tanto un simple recuerdo mecánico como una rememoración de lo que se recuerda, lo que implica su reelaboración y actualización. La realidad de lo rememorado es mítica, no histórica, se expresa ritualmente y posee la cualidad de reconectar con lo que se entiende como el Todo primordial, que cada cultura definirá de manera diferente, como “Dios”, “Tao” o “Realidad”. La anamnesis social (e individual) de lo sagrado es re-ligación, el retorno a un mundo “con alma”.

9. huxley

El escritor Aldous Huxley.

La dimensión religiosa o la búsqueda del hecho sagrado entendido como una cosa luminosa, numinosa, misteriosa, substancialmente simbólica, forma parte de la condición humana, tanto en su subjetividad más íntima como en la vida cotidiana, enraizada en el ámbito social. Bien se puede decir, al respecto, que la religión constituye un universal cultural. En la actualidad somos testigos de cómo la esfera religiosa se encuentra polarizada en dos tendencias opuestas. La primera, cristalizada en diversos integrismos, se caracteriza por un rechazo de la modernidad. Este se basa en la reafirmación de la tradición específica de cada religión (una referencia estricta y literal a la Escritura en el judaísmo, el Islam, el protestantismo y la autoridad de la Iglesia en el catolicismo). El fundamentalismo ciertamente se propone cambiar el mundo y no se limita a guarecerse de él. La segunda tendencia se sitúa más bien en una posición de búsqueda de alternativas más que en un rechazo a la modernidad. La entendemos por lo tanto, como parte del proceso en los desarrollos contemporáneos ubicados en el mundo occidental y se caracteriza no solamente por la tolerancia en relación con la pluralidad de las visiones del mundo y de los estilos de vida, sino también por composiciones religiosas “a la carta”.

El pronóstico de la Ilustración, según el cual el proceso de la modernidad configuraría unas sociedades en las que las religiones serían, a lo sumo, residuos de un mundo pre-científico y pre-moderno, no se ha cumplido. Aunque ciertamente, con el despliegue de la modernidad, la religión institucionalizada ha dejado de ocupar un lugar central. En este sentido, la innovación fundamental que aporta la modernidad avanzada es la marginalización de este tipo de religión en un mundo pluralista. De hecho, desde los años ochenta nos encaminamos hacia un progresivo florecimiento de la religión sin “denominación”, orientada a un espíritu religioso libre y creativo, que vive la religioso desvinculado de toda práctica dogmática y formalista. Estamos, más bien, en pleno proceso de “re-encantamiento” de la realidad, de un hallazgo inesperado del sentido de lo sagrado, en medio de un mundo completamente tecnificado.

Por tanto, la modernización se plantearía como un ámbito en el que se producen nuevas formas de religiosidad y se hace necesaria la tarea de identificar y explicar la producción moderna de la religiosidad, así como los modos específicamente modernos de la experiencia religiosa. Se ha escrito sobre la metamorfosis de lo sagrado en el mundo moderno, sobre las formas modernas de lo sagrado, sobre la consagración de lo profano y el retorno de lo numinoso. En conjunto se ha hablado de un “nuevo fermento religioso”, de “despertar”, de “nueva conciencia religiosa”. Numerosos autores se refieren a los “nuevos” movimientos religiosos pero somos conscientes de que la etiqueta “nuevos” remite al eurocentrismo, pues desde una perspectiva no occidental, especialmente desde la de tradiciones panteístas asiáticas, esta religiosidad “postmoderna” se revela algo bastante viejo. El misticismo individualista es una opción conocida en todas las grandes tradiciones religiosas, aunque pasara por una “anomalía” o por algo reservado a las elites y virtuosos en el seno de las tradiciones hinduistas, budistas y taoístas.

Lo bien cierto es que el vigente proceso de reencantamiento forma parte de una tendencia más profunda hacia la reavivación de la fe en una sociedad en la que las zonas de influencia de las religiones se cruzan y penetran, y cuyas condiciones fundacionales son la incertidumbre fabricada de una modernización que transforma sus propias premisas. Pero, además, cada vez se hace más patente la emergencia y reivindicación de una forma de re-ligación o anamnesis que remonta a lo que podríamos denominar la conectividad mística. Este tipo de conectividad es el más antiguamente expresado, pues aparece explicitado en los mensajes de las tradiciones místicas espirituales (hinduismo, budismo, taoísmo, sufismo, cábala judía, gnosticismo cristiano, alquimia, neoplatonismo, chamanismo), que Aldous Huxley agrupó bajo el rótulo de “filosofía perenne”, para definir el pensamiento sapiencial derivado de la experiencia mística del ser como camino de liberación interior. Estas tradiciones místicas, ahora reconfiguradas, reelaboradas, mezcladas y actualizadas por la espiritualidad emergente, subrayan un fenómeno: que la trama unificada de la vida se constituye en la red subyacente que define la Unidad de la Realidad última, que la cultura sólo puede captar mediante su propia trascendencia crítica reflexiva.

Está en marcha, pues, una gran mutación: la que va de la religión convencional y literalista a una espiritualidad global, abstracta y abierta, como expresión máxima de la vigencia de lo sagrado. Y es en la experiencia individual donde hallamos al sujeto religioso moderno que se define por su autonomía, su vinculación a la conciencia y a la libertad personal. Este tránsito de la religión a lo religioso, así como a las religiosidades en plural, se inserta en el pluralismo cultural que permite la continua exploración de sentido y realización al individuo. El sujeto religioso moderno es pues, un individuo que reivindica su autonomía pero sintiéndose o queriéndose integrado en una dimensión vertical y plural de la realidad, en la creencia en diferentes niveles de la realidad que definen lo religioso como vivencia espiritual de lo sagrado.

El individualismo utilitario y sus valores (dinero, poder, tecnociencia) desarrollados de la mano del sistema capitalista, no solamente muestran síntomas de claro agotamiento sino que además, la profunda crisis sistémica en la que nos hallamos sumergidos ha dejado al sistema completamente desfasado por su incapacidad de reproducirse, es decir, de regenerarse. Los gravísimos problemas ecológicos, el reto energético, el agotamiento de los recursos, la falta de empleo, la deslegitimación política, la falta de valores, el creciente descontento social, entre otros, hacen ineludible la necesidad de progresar de una sociedad basada en el crecimiento material hacia una sociedad basada en el crecimiento de los valores intangibles propiamente humanos. Cada vez parece más evidente que liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento por el crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos.

La pregunta, ¿cuál es la naturaleza del universo y cuál es el lugar que ocupan las personas en él? sintetiza lo que conocemos como la “gran pregunta” o “gran misterio” que desde el origen de los tiempos la humanidad no solo se ha formulado sino que ha intentado contestar, ensayando distintas respuestas en función del momento histórico y del contexto cultural. Pues los seres humanos no solamente hemos tratado de dar respuestas a estas grandes preguntas, sino que hemos intentado explicarnos todo aquello que nos rodea y que, en definitiva, confiere sentido a nuestra naturaleza humana. Si algo demuestra el estudio de la culturas es que, además de ser seres sociales, de relacionarnos los unos con los otros, de expresarnos, las personas necesitamos construir un sentido para nuestra existencia, y por esa razón hemos desarrollado distintos sistemas de creencias o formas de conocimiento, como la ciencia, la religión y la filosofía.

Por ello algunos de los desarrollos acaecidos durante las últimas décadas en la filosofía y en la religión persiguen una tarea de anamnesis social y personal, capaz de reconectar con lo sagrado, entendido este con el contacto con fuentes de transcendencia capaces de resignificar la vida en su sentido más amplio. Dicha anamnesis sucede, a la vez, en un contexto de intensa globalización que trae consigo una conexión transcendente capaz de dotar de un sentido profundo a los modernos lazos de interdependencia que se establecen entre los individuos entre sí y entre estos y el mundo físico, psíquico y espiritual. En este proceso, que rescata extensas áreas de las viejas formas de conocimiento tradicional y las recombina con aspectos modernos, como la psicología profunda, la ecología o las nuevas fronteras de la ciencia de vanguardia, hasta configurar una nueva cultura creativa, se impone la necesidad de la experiencia directa y la comprensión personal y colectiva de esta. Y no tanto a través de sistemas codificados de ideas o formulaciones dogmáticas, como a través de la propia vivencia que alumbra este cambio trascendente y revolucionario en la visión del mundo.

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Gil-Manuel Hernández

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