Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 31, Opinión
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La mejor roedora del partido

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Definitivamente, la fe en la democracia se me extingue a pesar de mis esfuerzos por apartarme de las corrientes de aire que soplan sobre el cirio del optimismo, cuando personajas como Esperanza Aguirre optan, por el capricho búlgaro de Rajoy, a la alcaldía de la capital del todavía reino de España a mi pesar.

Es ahí donde uno se siente cautivo de un sistema, de una regulación representativa a la que aluden como democracia, que permite a una sola persona, un tipo en este caso al que uno nunca le dejaría conducir su coche a la vista de su torpeza manifiesta, ungir como candidata a ocupar uno de los cargos más representativos del libreto institucional español a una señora que siente debilidad por la primera persona del singular y escasa simpatía por la tercera del plural.

Porque Esperanza Aguirre es una aristócrata madrileña que en lugar de darle a la filantropía para canalizar su ocio se encaprichó de la política para contribuir a que élites como la suya no se vieran afectadas por esa máxima tan menestral de un hombre, una mujer, un voto. Y avalada por su título de Grande de España, por su condición de mujer, por su facundia irrestañable y por un sentido del desprecio, contenido pero desprecio, hacia la gente sencilla, esa que Dios fabrica en grandes cantidades, encajó sin dificultad en aquel Partido Popular de Aznar y quienes se acabaron manifestando en los juzgados como sus secuaces.

Esperanza, en septiembre de 2012 y en lo que se ha diagnosticado como un episodio de chochez de abuela prematura, aunque otros diagnósticos más cercanos al chamanismo le atribuyen un retiro voluntario para desintoxicarse de decisiones prohibidas por la Ley, le dio por abandonar súbitamente la política para dedicarse al cuidado de sus alforjas y sus nietos. Sin duda un vahído calculado, un mutis para tomar impulso, una apertura a la banda. Y no se acoja el lector a la acepción más carcelaria de la palabra.

Al poco fue contratada por una empresa catalana especializada en la selección de directivos, sin duda avalada por su buen ojo histórico para hacerse acompañar en sus equipos de gobierno por tipos que se acabaron revelando más corruptos que el brazo de San Francisco (Correa). Se rumorea que esa consultoría catalana, en virtud del perfil de la contratada, debía estar participada por alguno de los Pujol, quizá por todos a la vez, Eduardo Inda está sobre la pista.

Pero Esperanza se aburría, el cargo de olisqueadora de futuros delincuentes no le desahogaba lo suficiente, la mera conservación de la presidencia del PP madrileño, última taifa que se había reservado para seguir medrando y verter estupendeces o estupideces, según firmantes, se le quedó pequeño para contener su verborrea, su inmarcesible sentido del protagonismo y una variante pija del mismo populismo que ella combate cuando se manifiesta en otros. Y comenzó a roer en modo castor, lento pero constante, la propia presa de su partido. Con la efectividad de los mejores cánceres de páncreas. Hasta que Rajoy, en lugar de dejarla morir de abulia como a tantos otros de los que fueran suyos, por si acaso le salpicaba la metástasis, le concedió, para que dejara de roer, no sólo el trofeo de la alcaldía sino el apartamiento de la Comunidad de su máximo rival, un Ignacio González que ya ha sido olvidado incluso por el periodismo.

Y excesiva, y plutócrata, e intransigente, como es ella, viaja en estos días dominados por los vientos mentirosos de la campaña electoral, selectivamente de micro en micro, de estudio en estudio, vistiéndose igual de chulapa que de molesta, de Zara que de trasnochada, varada en otro tiempo político que ya pasó, enfangándose en reproches a ETA, mencionando incluso a los GRAPO para no tener que explicar qué novedades trae de Shanghai o de Seúl, que es donde se cuece el progreso. Incapaz de atender al futuro, incapaz de dotar a Madrid de un barniz siquiera 2,0, articula el mismo discurso rancio y vanidoso que en sus etapas anteriores, construido a fuerza de mantras tan espurios como vulgares, para ocultar el óxido personal que acumulan aquellos a los que les acomodan mejor las ocurrencias que los programas, las tertulias amables que los barrios obreros.

Pero Esperanza sigue contando, según las encuestas, con el favor electoral de ese treinta por ciento inamovible y para mí inexplicable, de un censo que todavía cree que el chotis tiene más peso que el rock, que Madrid empieza y termina en la calle de Alcalá, que hay más arte en Las Ventas que en el Louvre. Ya no hago por entenderlos, simplemente les desprecio.

No obstante, quien fuera de Madrid para votar a Manuela.

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