Ángel Vilarello, Deportes
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La cuenta atrás

Con el final de la temporada los deportistas hacen balance de los éxitos y fracasos. Foto: Efe.

Por Ángel Vilarello. Martes, 26 de mayo de 2015

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Como cada año, y casi sin darnos cuenta, la gran mayoría de las disciplinas deportivas van tocando a su fin. Para algunos, este epílogo sonará a celebración y marcha nupcial, mientras para otros un lúgubre réquiem será la banda sonora que los acompañe en su despedida. Tal vez hayan hecho un gran trabajo, no importa. Tal vez hayan superado sus expectativas, no importa. Tal vez se hayan levantado una y otra vez ante las adversidades, no importa. Tal vez han dado lo mejor de sí, pero por desgracia, tampoco importa.

En la cruel ecuación del deporte profesional se entremezclan tal cantidad de variables que resultará difícil, por no decir imposible, predecir el devenir de una relación expuesta a una y mil influencias. En la pizarra sumaremos miles de horas de esfuerzo, restaremos los días perdidos por lesiones y enfermedades, dividiremos por la calidad de los rivales, tal vez la suerte ejerza una función de derivada, todo elevado a la incertidumbre, que tiende a infinito, pero nos guste o no, de todo ello, por complejo que sea, saldrá un número, un frío número que se grabará a fuego en la piel para el resto de los días y dejará entrever el incierto futuro, o lo que es peor, la inexistencia del mismo.

Y así, el deportista o entrenador, homo sapiens con alma y quien sabe qué más que se nos escapa a nuestra rácana forma de observar la vida, ve cómo la ruleta gira y gira esperando que caiga la bolita y marque su número, porque en el deporte de alto rendimiento no se puede apostar a rojo o negro, a par o impar, a varios números a la vez, a un poquito aquí y otro poquito luego a ver si hay más suerte. No se puede ser conservador, aunque sí de centro, vista la larga lista de deportistas reconvertidos a concejales. Y no se puede porque tal vez no haya un luego, tal vez no haya un después, tal vez no haya otra oportunidad, tal vez todo acaba aquí. Aquí y ahora.

Si dejamos de lado por un momento a las grandes estrellas, el deporte profesional puede resultar tan inestable como cualquier trabajo precario de hoy en día, y peor pagado incluso. En estos momentos serán muchos y muchas quienes estén jugando su última mano, aquella que decidirá si el teléfono sonará pronto con una nueva oferta para la próxima temporada, con el interés de un patrocinador, o la posibilidad de acceder a una beca deportiva. Me imagino la ansiedad por la que pasarán gran cantidad de estos entregados deportistas, me imagino que no será lo mejor para su rendimiento, me imagino que ni siquiera pueden plantearse una duda existencial de este calibre, mientras miran cómo se amontonan al lado de su cama unas maletas prematuramente hechas, algunas que ni siquiera han sido abiertas, pues hace poco que llegaron a este destino puntual y efímero, listas para emprender un nuevo viaje, donde sea, como sea, con el único objetivo de poder seguir haciendo aquello que les apasiona, aquello para lo que han nacido. Al menos eso lo saben, y les envidio.

Cuenta Xesco Espar en su libro Jugar con el corazón, en referencia a los jugadores/as, que “merecer ganar depende de nosotros, ganar no”. Ganar depende de numerosos factores que quedan lejos de nuestro radio de influencia. A buen seguro, muchos de los que pronto emprenderán un nuevo viaje hacia otro club, otra ciudad, otro país, otra vida, hicieron todo lo posible para merecer ganar, pero esa cifra inhumana que pone fin a una temporada le dirá al resto del mundo que no, que no fue suficiente, aunque sea mentira.

Tras vivir un año tras otro esta incertidumbre, tal vez uno se haya acostumbrado, tal vez no, pero lo que es seguro es que habrá un momento en que el teléfono no sonará, y no habrá más contratos, ni becas, ni patrocinadores. Y habrá quien mirará hacia atrás y verá con orgullo cómo pudo disfrutar de su sueño durante un buen puñado de años, haciendo de la pasión su modo de vida, feliz, sereno, realizado. Y habrá quien se preguntará ¿y ahora qué?, nadie me avisó de que esto se terminaría así, de repente, sin previo aviso, sin tener un plan B, ¿sin futuro?, sin ser consciente que me había dedicado en cuerpo y alma a dar lo mejor de mí mismo.

A pesar de las dificultades que se avecinan, no llegan de vacío, llegan con unas dotes y unos valores difícilmente alcanzables en la rutina de la vida diaria, llegan sabiendo que son capaces de esforzarse hasta límites insospechados, a darlo todo por aquello en lo que creen, a ser disciplinados cual ejército de hormigas, a mirar los retos con ansias de superación, a soportar el dolor sin detenerse, a ayudar al compañero que lo necesita, a reconocer el valor del que es mejor, a ser humildes en lo bueno y en lo malo, porque como rezaba el famoso cuento sufí “esto también pasará”, sin temor a un sufrimiento que conocen demasiado bien, con una capacidad de entrega propia del que siempre ha querido ser el mejor, el número uno, aunque fuera el doscientos. Sólo queda hacerles un hueco, sólo queda esperar a que vuelvan a triunfar. Sólo queda no olvidarse de ellos y ellas.

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