Adrián Palmas, Humor Gráfico, Número 30, Opinión, Rosa Palo
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Jed y Frank

Por Rosa Palo / Ilustración: Adrián Palmas

ESTHER-BAEZA-(ROSA-PALO)

Rosa Palo

Cuando iba al cole contaba la vida por cursos, después por años y ahora por temporadas, el calendario gregoriano de los seriéfilos. Y me pasé siete pegada a El Ala Oeste de la Casa Blanca, chutándome un par de capítulos antes de dormir, viendo cómo los demócratas norteamericanos se desayunaban con un ataque terrorista a las 5 de la mañana, comían un sándwich de pastrami mientras los republicanos les hacían el calzoncillo chino, se tomaban un café al borde de un conflicto internacional, y cenaban… no, no cenaban. No tenían tiempo. Ellos eran los hombres y mujeres del Presidente. Y el Presidente era Jed Bartlet, el único político en el mundo al que le compraríamos un coche de segunda mano.

Dice Marcos Ordóñez en un magnífico artículo sobre Aaron Sorkin, creador de El Ala Oeste (y de las no menos estupendas Sports Night, Studio 60 y The Newsroom) que Sorkin siempre escribe sobre lo mismo: la fuerza del equipo. “Las cosas –dice Ordóñez– podrían ser de otra manera si formáramos una banda y nos enfrentáramos a los cobardes, a los mezquinos, a los muertos vivos que se empeñan en repetir que la batalla está perdida porque así ganan su guerra”. Ordóñez, además de escribir sus artículos tan magistralmente como Sam Seaborn o Toby Ziegler redactan los discursos de Bartlet (que merecen capítulo aparte), expresa perfectamente el sentimiento de muchos en los tiempos que corren.

Pero si usted no ha visto la serie no se crea que los protagonistas son un trasunto de Sor Citroën, no: estos tipos se pelean, la cagan, discuten y hablan (mucho) mientras andan por los pasillos (muchísimo; no olviden que Sorkin se metía farlopa como una aspiradora humana). Luchan contra sus fantasmas, sufren por las decisiones tomadas. Tienen conciencia. Y si todo lo que huele a imperialismo le da dentera, haga un esfuerzo y supere la cabecera con la bandera de EE.UU ondeando al viento: comprobará que sólo unos tipos tan patriotas como los norteamericanos son capaces de diseccionar el sistema poniéndolo en jaque, dándole la vuelta, cuestionándolo y sacando a flote toda la basura. Terminará de pie y llevándose la mano al pecho cuando suene la maravillosa música de W.G. Snuffy Walden.

Todo esto lo hace Sorkin a través de diálogos brillantes y rapidísimos, silencios cargados de intención y unos protagonistas a los que les coges más cariño que a tu propia familia. Y esa es la única pega de El Ala Oeste, que la inevitable comparación entre los políticos ficticios y los reales hace que nos den ganas de salir corriendo.

Por eso, cuando Bill Clinton declaró que House of Cards (serie donde el presidente Frank Underwood es más malo que la quina) es un 99 por ciento real, me entraron sudores fríos. Y cuando Obama remató con que la vida en Washington era “tan despiadadamente eficiente” como en dicha serie, ya me dieron ganas de pegarme siete tiros. Que nos han vendido a Obama como si fuera Platero, tan blando por fuera que se diría todo de algodón. Que le han dado hasta el Nobel de la Paz al tío. Que ha sido el depositario de una ilusión colectiva por la cual todos podíamos. ¿El qué? No sé, pero podíamos.

Pero para ser presidente, aquí y en Estados Unidos, hay que ser un ambicioso de marca mayor. Y tragar lo que no está escrito. Y estar dispuesto a hacer cualquier cosa para llegar al poder, y estar dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerse en él. Por eso, aunque me guste Obama y me haya emocionado con sus discursos y disfrutado con su fina estampa (y hasta con su mujer haciendo el pavo en los late night y en series para preadolescentes), no me fío. Porque Obama por fuera es Jed Bartlet pasado de tueste, pero por dentro es Frank Underwood. O casi.

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Adrián Palmas

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