Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 30, Opinión
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Gran Torino

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

José Antequera

José Antequera

La otra noche me senté ante el televisor para volver a ver Gran Torino, la soberbia película de Clint Eastwood, mi idolatrado Clint. Ya casi he perdido la cuenta de las veces que la he visto y sin embargo no me canso. En realidad, cada vez que vuelvo a visionarla es como reencontrarse con un viejo amigo, Walt Kowalski, ese jubilado cascarrabias veterano de Corea y bebedor compulsivo de cerveza que acaba de perder a su mujer y que, solo y abandonado por sus hijos, se aferra a lo único que le queda ya en la vida: su perra Daisy y su viejo coche, el Gran Torino, que guarda celosamente en el garaje como su más preciado tesoro. Hace mucho que Eastwood dejó de hacer cine para hacer literatura en imágenes. Sus películas son tragedias modernas shakesperianas que elevan a los personajes que las encarnan a la categoría de grandes mitos universales a la altura de Hamlet, Otelo o Macbeth. Se tocan muchos y trascendentes temas en Gran Torino: la vejez, la soledad de los ancianos olvidados por sus familias, la vida moderna que arrasa con todos los principios y valores humanos, la juventud violenta y brutalizada, la desigualdad cada vez mayor entre ricos y pobres que ni siquiera el presidente Obama ha conseguido erradicar, la incomunicación, la globalización que inunda los barrios tradicionales de inmigrantes asiáticos (por ejemplo la etnia de los hmong, o jamones como los llama despectivamente Kowalski) y los convierte en sórdidos guetos donde el choque cultural y demográfico acaba sirviendo un cóctel de consecuencias imprevisibles.

Pero sobre todo, Gran Torino es una película que habla sobre las tensiones que provoca el racismo latente en la sociedad norteamericana, ese racismo endémico que se transmite de generación en generación entre los americanos altos, rubios y de ojos azules, los anglosajones que se consideran auténticos herederos del imperio. Kowalski detesta a los asiáticos, de hecho peleó contra ellos en la guerra de Corea y no hay nada que le repela más que un amarillo con sus extrañas costumbres de amarillo y sus comidas especiadas de amarillo. Tal es su rechazo que no siente rubor en dirigirse a ellos, abiertamente, como Rollito de Primavera o Fu Manchú. El viejo veterano se siente enfermo, perdido, desubicado, fuera de su mundo desde el fallecimiento de su mujer y más aún desde que se ha dado cuenta del egoísmo de sus hijos, que ya solo lo visitan muy de vez en cuando, siempre protocolariamente, por quedar bien y para regalarle cosas inservibles, como un absurdo teléfono de urgencias con números gigantes para enfermos terminales que él siente como un preludio funesto, una señal inequívoca de que hasta su propia familia quiere enterrarlo antes de tiempo para quedarse como herencia con su preciado auto. En las dos horas que dura la cinta se explica todo lo que está sucediendo en la epidermis de la convulsa sociedad norteamericana. Las familias de blancos han abandonado los barrios periféricos y sus casas son ocupadas ahora por inmigrantes llegados, como un tsunami, desde todos los rincones del mundo. Familias enteras de asiáticos, negros e hispanos se hacinan en estas antiguas urbanizaciones en otro tiempo prósperas y ahora sucias e inseguras donde ni siquiera la Policía se atreve a entrar. Las bandas de jóvenes que campan a sus anchas son los auténticos amos del barrio y extienden la ley del terror por todo el vecindario. Drogas, robos, violaciones están a la orden del día. Thao es uno de esos hijos de inmigrantes, un buen chaval que está siendo acosado por los pandilleros que lo quieren reclutar para integrarlo en sus actividades violentas. Una noche los jefes de la banda le obligan a robar el Gran Torino de Kowaslki y es ahí donde el viejo va a abrir una puerta de su vida que ni siquiera sabía que existía. Kowalski sorprende al joven robando su precioso Torino pero lejos de castigarlo entabla una amistad con él (lo rebautiza como Atontao, toda una muestra de afecto para un cascarrabias como él) y conoce a Sue, la adorable hermana del chico, y al resto de la familia de los hmongs. Walt descubre con sorpresa que el clan de Thao no solo es gente amable, solidaria y afectiva, sino que cuando lo invitan a su casa lo acogen con una hospitalidad tierna y cariñosa, mayor y más sincera si cabe que la demostrada por sus propios hijos y nietos.

Al final, el anciano veterano de Corea ve cómo su corazón se ablanda y decide llevar a cabo un último sacrificio, un verdadero acto de amor hacia aquellas gentes que viven marginadas por un sistema económico injusto y aterrorizadas por los pandilleros. Gran Torino es un canto a la tolerancia y a la convivencia entre culturas, una película de las más hermosas que yo haya visto jamás. Freddy Gray, ese chico de Baltimore que acaba de ser asesinado a manos de unos policías salvajes, no tuvo la suerte de que se cruzara en su camino un Walt Kowalski dispuesto a defenderlo hasta sus últimas consecuencias, un soldado retirado del frente de la vida decidido a hacer justicia en su nombre. Un viejo carca chapado a la antigua que aparentaba ser un racista recalcitrante pero que a fin de cuentas, y sin él apenas saberlo, no era más que eso. Un sentimental.

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Adrián Palmas

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