Artsenal, Humor Gráfico, Número 31, Opinión, Xavier Latorre
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Erre que erre

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

El mundo anda errante por el universo, menos el microcosmos valenciano, que permanece inmóvil y estático, varado en medio de la pradera de la historia. Hace un cuarto de siglo solo tenía en casa Internet su propio inventor, que se mandaba mails a sí mismo; nuestros ancestros se fundían el dinero de la ADSL en raciones de bravas en los chiringuitos de la playa. A principios de los noventa, ETA asesinaba inocentes sin escrúpulos morales; el IRA hacía algo parecido en su rincón geográfico. También estallaba la guerra del Golfo, una tormenta que aún perdura y que esparce metralla yihadista por varios lugares del planeta. Los marroquíes dejaron de cazar saharauis por el desierto para torturarlos sistemáticamente a escondidas. Fue entonces cuando el PP tomó al asalto las alcaldías de capitales como Valencia y Castellón… y ¡Benidorm!

Desde entonces ha cambiado un montón la vida: el Ejército Rojo se desintegró, tras un último asalto a la sede de la televisión lituana. Los portugueses votaron a un presidente socialista con más del ¡70 por ciento! de los votos emitidos. Hace 25 años, Juan Pablo II, desde su papado, se las tenía con los hijos de Lenin. Era 1991. Los populares valencianos alcanzaban sus primeros objetivos electorales. Y se hicieron fuertes en esos primeros apetitosos feudos. En la radio se escuchaba al eurovisivo Sergio Dalma y los de Microsoft comenzaban la expansión de su sistema operativo por todo el globo terráqueo. El PP valenciano comenzaba a vendernos su moto. Ya no bastaba ser europeos y tener un trabajo bien remunerado: había que aspirar a un coche con 16 válvulas y a tener un primo en el partido para poder forrarse.

El ser humano, con todas sus enzimas a pleno rendimiento, es una fábrica de rutinas, como la de votar cada tanto al PP valenciano, un partido podrido, famoso ya en el mundo entero como la paella. En materia de saqueo lo han inventado todo, incluso han llegado a maquillar –como la Grecia de antes de Syriza– las cuentas públicas que remitían a la Unión Europea. Son los mejores con diferencia: cien altos cargos se han encumbrado en esas hábiles prácticas de saqueo premeditado y masivo.

A nuestro alrededor, un montón de gente, que habita esta orilla del Mediterráneo, cultiva a diario sus propias manías y se siente insegura ante cualquier cambio: la monotonía del insípido yogur matinal; el hábito tonto de levantarse el domingo a la misma hora que el lunes; el tic de repetirles cada sábado a los hijos el mismo sermón que les soltaron a ellos sus padres. Hay quienes creen que si consumen una marca de lata de atún distinta a la habitual le saldrá un sarpullido por toda la cara. Hay manías absurdas, tercas y contradictorias que no las curan los médicos. Sin ellas nos sentimos inseguros y desprotegidos ante un hipotético cataclismo que solo vaticina nuestra mente miedosa y timorata. Todo evoluciona; en la Comunidad valenciana, también. Un cuarto de siglo después tu mujer se ha quedado en paro perpetuo, tu hijo universitario trabaja de reponedor en un híper y el apartamentito de la playa se lo ha quedado un fondo de inversión extranjero. A pesar de todo, y desde hace la tira de años, mucha gente aún bebe la misma marca de brandy, sigue aferrado al volante de un Opel y vota las mismas siglas que antaño. Todo cambia, excepto las preferencias políticas de algunos recalcitrantes valencianos, al menos hasta ahora. No sea cosa que venga una hecatombe y no puedan comprar su pasta de dientes favorita y se queden indefensos frente al espejo del baño. El vecino se la trae floja; el amigo del alma parado se la suda; el familiar desahuciado le importa un pimiento. Ellos quieren “su” dentífrico. Todo lo demás es accesorio… Todo da vueltas por el cosmos menos la intención de voto de muchos electores valencianos. ¡Vote Colgate!

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