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Raúl Guerra Garrido: “Al fanatismo no se le derrota, se convive con él”

Raúl Guerra Garrido, en una imagen tomada durante la presentación de uno de sus libros.

Por José Antequera / Fotografía: Anaya. Viernes, 8 de mayo de 2015

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  Entrevista

Es un resistente, un outsider, como le gusta definirse a sí mismo, un escritor que no se deja llevar por modas ni convencionalismos del mercado y que trabaja su obra con la valentía, rigor y sinceridad de un minucioso artesano. Raúl Guerra Garrido (Madrid, 1935) pasó parte de su infancia en Cacabelos, en la comarca de El Bierzo, donde acumula recuerdos de la guerra. Cursa estudios de Farmacia y en 1960 se establece con la familia en el País Vasco. En sus primeras novelas (Ni héroe ni nada, Cacereño) aborda el tema del emigrante y sus problemas para integrarse en un entorno que no es el suyo. Este desarraigo interior va a ser una constante no solo en su obra, sino en su vida, sobre todo a raíz de ser perseguido por los terroristas de ETA. Su farmacia del barrio de Alza en San Sebastián sufre varios ataques de kale borroka y en julio del año 2000 el local queda completamente reducido a cenizas durante un atentado de los violentos. Cierra el negocio, pero de ninguna manera claudica, ya que sigue escribiendo con tesón sobre la barbarie terrorista, pese a las amenazas de muerte. En los peores años del plomo abertzale medita seriamente la posibilidad de abandonar el País Vasco  y aunque sufre el terror y la incomprensión de buena parte de sus vecinos decide resistir. Es entonces cuando funda, junto a otros intelectuales, el Foro de Ermua. “Te quedas porque entre otras cosas los tuyos son de allí. Mi mujer es de allí, todos mis hijos lo son. Y luego sucede que no te vas a ir solo porque alguien te está diciendo que te vayas”, afirma. Hoy, pese a que la banda ha dejado de matar, Guerra Garrido cree que las heridas en el País Vasco aún no han cicatrizado. “No, no, de ninguna manera, en ese sentido ETA no ha desaparecido. Siguen sin entregar las armas, siguen sin disolverse, y políticamente tampoco tienen ningún rechazo. Ya te digo que en ningún momento ha existido ese sentimiento de culpa”. Ganador del Premio Nadal, en 2006 recibe el Nacional de las Letras Españolas. Guerra Garrido ha aprendido, tras años de lidiar con el miedo, que “al fanatismo no se le derrota, se convive con él”.

Perteneces a esa generación que nació a las puertas de la guerra civil, ¿qué recuerdos guardas de aquellos tiempos de contienda?

Recuerdo que nuestra familia quedó dividida. Nosotros nos quedamos en el Bierzo, en zona nacional, y mi padre en Madrid, que era zona roja. Tardamos cuatro años en volver a verlo. Afortunadamente tuve la suerte de tener una infancia feliz. La familia me quería, me arropaba. A pesar de vivir en un Madrid de posguerra, había mucho amor y mucho cariño en mi casa. A veces me mandaban a pasar las vacaciones a casa de mis abuelos, con esos campos de cerezos y vendimias, algo absolutamente fabuloso, y con el tiempo esos recuerdos aún se han enternecido más y son casi como mi paraíso perdido. Pero la verdad es que también tengo recuerdos duros del Madrid de posguerra; a veces he vuelto al barrio donde vivían mis padres y recuerdo ver caer a la gente desmayada de hambre. Entonces te decían: niño vete a por un cafelito, cuando alguien caía desnutrido. Gente que tenía ataques epilépticos y les ponían una cuchara en la lengua para que no se la mordiesen. Todo eso se me ha quedado grabado para toda la vida.

Hay muchas deudas pendientes en la sociedad española, creíamos que la Transición había cerrado las heridas pero en ocasiones parece que fue un espejismo, que todavía queda mucho odio enquistado.

Hombre, yo creo que al final la Historia ha hecho el relato correcto y hay posiciones que son verdaderamente indefendibles, pero quedan cuestiones pendientes que no se entienden muy bien, como que alguien quiera localizar el cuerpo de un deudo, de un ser querido que fue fusilado. Hombre, eso debe ser posible, y mucho más después de años de gobierno socialista. Que no se pueda hacer esto demuestra que ha habido una falta de diligencia por parte de alguien. Las guerras civiles son las más cruentas, las más crueles, y eso es difícil de restañar, pero históricamente no creo que sobreviva nadie ideológicamente que eche la vista atrás con añoranza, no queda ninguna duda de que la guerra se ha superado. Pero sí, sí puede ser que haya quedado algo de odio. Además, ten en cuenta que ya quedamos pocos supervivientes de aquella época, incluso de segunda generación; yo mismo la guerra la viví en un pueblo que no estaba en el frente, de modo que muchos escuchamos hablar de ella a través de los relatos de nuestros familiares.

Vivimos un momento complicado, casi el final de una era, parece que todo lo que habíamos construido, nuestro sistema político, ha quedado viejo y hay que volverlo a levantar.

Yo creo que sí estamos ante el final de una época. La tecnología ha dado un salto cualitativo impresionante, la informática, las redes sociales, todo eso era inimaginable hasta hace unos años. Ha sido un cambio instantáneo que nos va desnudando de toda privacidad. Y luego hay un agotamiento en la sociedad, las artes son un ejemplo clarísimo y ahí podemos incluir a la novela. Las vanguardias, que ya tienen más de cien años, siguen siendo prácticamente las mismas vanguardias. También sucede en otras artes como el cine, no se profundiza en nada y quedan solo los efectos especiales. Que hay algo que termina y que empieza algo nuevo, eso está claro: desde lo político hasta lo gastronómico.

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Incluso la novela parece agotada…

Prima lo cuantitativo, los best sellers, en detrimento de lo cualitativo, mientras el poder de las nuevas tecnologías influye en que el discurso narrativo sea otro. Es un punto de vista muy personal, pero creo que hay un predominio de los efectos especiales, como en el ejemplo que te ponía del cine, en detrimento de profundizar en las relaciones humanas. A los escritores de mi generación nos ha preocupado investigar, indagar en los problemas morales, y en mi caso explorar las situaciones límite a las que se enfrentan los seres humanos. Hay una cita de Sartre que dice algo así como que el escritor pequeño burgués (y resulta que todos lo somos) para no caer en la frivolidad debe entrar en el cuerpo a cuerpo. En mi caso resulta que es verdad. Y habrá gente que diga: bueno, ¿y qué tiene de malo caer en la frivolidad? Pues hombre, la frivolidad durante un momento no está mal, para relajarse y descansar, pero vamos, como norma de vida es algo peligroso.

Y además son tiempos muy frívolos a todos los niveles…

Bajo mi punto de vista, sí, claro…

Hablemos de tu obra. En tus primeras novelas, como Ni héroe ni nada y Cacereño, aparece el tema de los emigrantes que recalaron en el País Vasco. ¿Cómo se produjo ese choque de culturas, con integración o más bien con guetos?

Algunas de mis primeras historias no están mal pero no están escritas como debieran, son secundarias y algunos personajes van pasando de un libro a otro. Por eso siempre digo que Cacereño fue mi primera obra que salió a nivel comercial, la que tiene ya cierta coherencia. Cacereño es sinónimo de maqueto, en Cataluña charnego, que también era murciano. Hasta ese momento, que se dio en los años sesenta, jamás había habido en España un movimiento migratorio tan fuerte desde el resto del país hacia Barcelona, Madrid y País Vasco. Fue tremendo. Y varias novelas mías abordan el problema. En ella el protagonista emigra al pueblo que yo describo en una Guipúzcoa profunda, y que saldrá después en Lectura insólita de El Capital y en La Carta. Son personajes que van saliendo en mis libros y con ellos abordo la idea del paso de tiempo, es decir cómo las cosas eran de una manera en los años sesenta pero en los noventa son de una forma totalmente distinta. Quizá sería exagerado hablar de choque entre dos culturas, aunque sí es verdad que la convivencia entre emigrantes y vascos era muchas veces realmente difícil. Y otras simplemente insoportable. Es muy fácil convivir en las gradas de Atocha viendo jugar a la Real pero es mucho más difícil hacerlo en un batzoki o en un partido político, donde si te dan una lista con los apellidos de los miembros sabes perfectamente a qué partido pertenecen.

El éxodo del campo a la ciudad, el desarraigo de miles de personas que tuvieron que dejar sus hogares, fue otra clase de represión devastadora.

Y eso verdaderamente continúa todavía. Es uno de los problemas básicos que tiene la inmigración: si la guerra civil supuso unos problemas de convivencia, la inmigración interior en el país todavía los ahondó más y los hizo aún más profundos. Mira, con el tiempo descubrí que hay una novela de Blasco Ibáñez de 1901, que yo no leí hasta mucho después de haber publicado la mía, y que se llama El intruso, que es como si me la hubiese calcado en cuanto a los problemas que trata y la situación social. Los dramas humanos se repiten de otra forma, los efectos especiales son distintos pero el dolor del corazón sigue estando ahí.

En 1976 ganas el Premio Nadal por Lectura Insólita de El Capital. En ella, un industrial vasco es secuestrado por un grupo terrorista.

Es el dueño de esa factoría siderúrgica que aparecía en Cacereño, en mi Macondo particular. Era casi una apología del industrial vasco, guipuzcoano, que levanta una empresa. Y es a esa fábrica donde va a trabajar el cacereño. En medio del secuestro de este empresario se me ocurrió la paradoja de que para colmo, mientras estaba bajo cautiverio de los terroristas, este personaje tuviera que leer El capital de Marx. En todas esas obras hablo de un grupo terrorista, que es ETA. Fíjate, aún me cuesta trabajo pronunciar esas siglas… Cacereño se publicó en las navidades de 1969 al 70. Pues bien, no hubo manera de que la censura me pasara las siglas de la banda terrorista. Aparecía una descripción de la pintada ‘Gora ETA’, pero eso era imposible de sacar en el libro, no pasaba el filtro de la censura. O sea que fíjate si llevamos tiempo con este tipo de cosas.

Aparece el tema del nacionalismo radical, la violencia, ETA. Este asunto te ha ocupado muchas páginas a lo largo de tu vida como escritor. ¿Se ha convertido en una obsesión para ti?

Fueron años realmente muy duros donde nadie decía nada. Este tema se prolonga en mi obra posterior. En La costumbre de morir también toco el tema, adelanto una profecía queriendo que no se cumpliera: que las víctimas del terrorismo etarra podían tomarse la justicia por su mano en cualquier momento. En ese sentido, el sentido de que mi profecía nunca llegó a cumplirse, he acertado. No hubo ningún caso de víctima o familiar de víctima que actuara así.

¿Y por qué no sucedió? Muchos hijos de asesinados por ETA se habrán planteado esa posibilidad pero, sin embargo, nunca ocurrió, no hubo esa reacción violenta de venganza; la gente soportó años de zarpazos terroristas con una resignación difícilmente comprensible.

Pues la verdad, eso es porque el color de las gafas con las que se veía el terrorismo siempre ha sido el del miedo. Jamás pensamos que podíamos llegar a vivir en una sociedad tan amedrentada. El miedo lo explica todo y en el libro lo describo así. Ha sido terrible, la verdad es que aún hoy me cuesta trabajo hablar sobre ello. Muchas veces, cuando le cuento todo esto que hemos vivido a otra persona, tengo que atenuarlo para que me crea.

El miedo debió ser terrible y supongo que el silencio de los que te rodean, de tus vecinos que no hacen nada para ayudarte y te abandonan a tu suerte, todavía más…

¡Claro, eso es lo más terrible! Como en la obra de Brecht, se trataba de resistir en la tensión; y había empresarios que no podían resistir la presión. En mi novela La Carta hablo de eso a fondo, hablo de la superable barricada, de la salvable barricada. Alguien va en coche y se encuentra con ese obstáculo que se puede salvar pero no se atreve…

GetInlineEsa vergüenza siempre quedará ahí para buena parte de la sociedad vasca…

Como todo, las cosas se curan, se lavan, pero eso exige hacerlo, hacer autocrítica, y eso no ha sucedido todavía, como les pasó a los alemanes después de la guerra. Falta esa catarsis. La sociedad vasca estaba absolutamente atemorizada. La catarsis tienen que empezar a hacerla los que fabricaron ese miedo. Pero no tienen el más mínimo sentido de culpa, así que la situación no se puede arreglar porque tú puedes olvidar, puedes perdonar, pero desde el otro lado hay alguien que te sigue haciéndote sentir culpable.

Así que ese trauma, si se supera algún día, llevará décadas conseguirlo.

Tal como están las cosas, no va camino de ello.

Porque además ETA sigue ahí, latente, por mucho que digan que ha desaparecido.

No, no, es que en ese sentido ETA no ha desaparecido. Siguen sin entregar las armas, siguen sin disolverse, y políticamente tampoco tienen ningún rechazo. Ya te digo, en ningún momento ha existido ese sentimiento de culpa, y además, por hacer una ironía, todo este movimiento que nació en las sacristías ellos saben bien cómo se supera, como dicen las sagradas escrituras: propósito de enmienda, dolor de corazón, contar los propósitos al confesor y cumplir la penitencia. Es muy fácil. Interesante sobre todo esto último de cumplir la penitencia. Y ya está. Esas son las cosas que faltan.

Sé que es complicado para ti hablar de ello, porque has sufrido en tus propias carnes el azote de los violentos. La oficina de farmacia que regentabas en San Sebastián fue atacada varias veces y en el año 2001 reducida a cenizas por un comando de kale borroka. Eso inspiró una nueva novela, Cuaderno secreto. ¿La escribiste desde la rabia, fue un ajuste de cuentas?

Lo primero que me vino a la cabeza cuando me pasó aquello, lo primero que pensé fue: jamás creí que iba a tener una jubilación tan llamativa. Siempre tienes que escribir sobre estas cosas con un cierto distanciamiento y, si puedes, tomártelo con cierto sentido del humor. Probablemente para superar todos estos fenómenos la mejor venganza es ser feliz, la mejor venganza es seguir viviendo bien, con el amor de los tuyos y superándolo, claro.

Pero el primer impulso que le nace a cualquiera es hacer las maletas y decir: me largo de aquí con mi familia y ahí os quedáis con vuestra patria. ¿Cómo se puede seguir viviendo así, con el terror en el cuerpo?

Pues vives porque entre otras cosas los tuyos son de allí. Mi mujer es de allí, todos mis hijos lo son. Y luego sucede que no te vas a ir tú solo porque alguien te esté diciendo que te vayas.

Pero hay que tener mucho valor, mucho coraje para afrontar esa situación…

Bueno, han pasado muchas cosas, yo era íntimo amigo de José Luis López de Lacalle. Y en el mismo lugar en que fue asesinado mantuvimos larguísimas conversaciones. Yo lo llevaba a casa porque él no conducía. Y recuerdo que cuando lo vi tirado en el suelo, con cuatro tiros entre pecho y espalda, me vino a la cabeza una frase suya: por escribir no nos van a disparar. Y yo le decía: pues hombre, supongo que no, ya está bien con que nos insulten de vez en cuando. Y a continuación añadió: y además, aunque disparen, no por eso vamos a dejar de escribir ¿no? José Luis ha sido mi amigo más íntimo y ahora me doy cuenta de que, instintivamente, no entro a los sitios a los que iba con él, a un bar o una cafetería. Me pregunto: pero bueno, ¿y por qué no he vuelto a entrar aquí? Pues verdaderamente porque no me apetece. Tal era la situación que se vivía en el País Vasco que cuando de repente aparecía un amigo mío en televisión pensaba que no era porque había publicado algo sino porque lo habían matado. Eso es terrible.

He leído en alguna entrevista a propósito de la publicación de tu libro La estrategia del outsider que también te consideras un poco outsider, ¿pero un outsider de la vida, de la sociedad, de la literatura?

Pues la verdad es que sí, que me considero bastante outsider en casi todas las cosas. Pero básicamente porque siempre he reclamado mi derecho a la disidencia. Creo que el escritor debe ser tremendamente individualista y en todos los grupos sociales te exigen ese rollo: complicidad, armonía, disciplina… Entonces, reivindicar el derecho a la disidencia, ser independiente, se suele pagar caro. Creo que la dignidad personal pasa por ahí. Por eso hay una frase que desde siempre me ha encantado y es: estoy con los míos, con razón o sin ella. Aunque muchas veces, si no puedes hacerles entrar en razón, tendrás que irte.

También es cierto que en esto del mundo literario mejor ir solo que mal acompañado ¿no te parece?

Bueno, eso también…

Te lo digo porque han convertido a los escritores en empresas, marcas comerciales, les siguen cohortes de editoriales, representantes, agentes literarios, abogados… Todo eso debe enturbiar mucho la escritura.

Yo empecé a escribir novelas por la sencilla razón de que me gustaba leerlas. Empecé tarde pero sabía ciertamente que tenía que escribir. Lo que no me gustaba era la idea de convertirme yo mismo en un personaje. Y eso siempre lo he evitado. Por otra parte, tengo amigos que han querido convertirse en personajes y han hecho el ridículo más espantoso, porque hasta para hacer eso hay que servir también.

También has dicho que si no te divierte escribir, ¿para qué hacerlo? Pero a veces escribir es un proceso doloroso…

Escribir es una especie de catarsis, a la gente joven que empieza yo les digo: mira, esto es lo más parecido a la masturbación. Si no te diviertes, no te toques. Luego, es cierto que como todo proceso creativo es muy agridulce y muy duro. Lo pasas mal por muchas razones. Pero si eso no se da, estarás produciendo otra cosa. La creatividad es algo muy personal, por momentos muy desagradecida, pero cuando estás en ello y lo consigues, incluso aunque no lo consigas, ese momento es emocionante, te da felicidad, y aunque te cueste avanzar y es muy duro tienes que pasar por ello, por ese trance. Y entonces te das cuenta de que todo lo demás no merece la pena. Al final aceptas tu dolor, tu sentimiento, tu alegría cuando estás escribiendo, y eso es lo más perfecto y lo más valioso que puedes ofrecerle a los demás. El resto de las cosas son pura parafernalia.

En el año 2006 recibiste el Premio Nacional de las Letras Españolas, sin duda un reconocimiento extraordinario a una trayectoria y una obra. Al final, los premios llegan con trabajo y esfuerzo, parece que hay una cierta justicia divina.

Hubo un tiempo, en una España muy deprimida económicamente, en que los premios eran una oportunidad para que tu obra saliera a la luz, y aparecer en los escaparates de las librerías. Por supuesto que ése ha sido el premio que más me ha llenado de orgullo; fue una auténtica sorpresa. Recuerdo que iba conduciendo y una amiga llamó a mi mujer y le dijo: oye, que a Raúl le han dado el premio Nacional de las Letras. Y yo le respondí: se ha equivocado seguro, eso no puede ser.

ALIANZA 3

Tu crítica valiente contra el terrorismo etarra te llevó a participar en la Fundación del Foro de Ermua junto a otros intelectuales. ¿Qué queda de todo aquello, del espíritu de Ermua?

Bajo el terror hubo una minoría que quiso protestar, se empezó con los minutos de silencio, luego el movimiento Basta Ya, el foro, y en esas cosas participas por aquello de la solidaridad. Y llega un momento en que no sabes muy bien por dónde seguir, porque salvo hacer el pino ya no te queda nada más por hacer. Y de la prolongación de aquellos movimientos cívicos nació UPyD, ¡que fíjate qué crisis más tremenda tiene ahora encima! Pero el objetivo que teníamos era solo uno: que desaparecieran los violentos del Parlamento español y en ese sentido se ha conseguido, lo cual me parece un éxito importante. Lo que sucede es que el éxito se lo apropiarán otros, pero bueno, eso ya da igual, lo que pretendíamos se ha conseguido. Y por otra parte me alegro mucho de que hayan aparecido todos esos partidos bisagra.

Luego al fanatismo no se le vence nunca, solo se convive con él, como una mala enfermedad crónica.

¿Derrotarlo? ¡No, qué va! Se aprende a convivir con él, mejor o peor, pero vamos… ¿eliminarlo? Nada de nada. Eso no tiene solución.

Ahora tenemos otra especie de terror fanático, los de ISIS, salimos de un terror para entrar en otro.

Normalmente cuando viene un peligro ajeno es cuando la gente se une. Uno de mis grandes desengaños en la vida me sucedió cuando confirmaron que en Marte no había vida, porque mientras no vengan los extraterrestres a salvarnos esto de la Tierra no va a tener solución.

Bueno, en ese aspecto siempre nos quedará Gurb, nuestro marciano particular…

(Carcajada) Sí, es cierto, habría que preguntarle a él…

Seguro que ya estás trabajando en una nueva novela.

Bueno, con el tiempo he desarrollado algo que no tenía al principio de mi vida, que es una extraordinaria capacidad para perder el tiempo, y lo estoy disfrutando mucho, pero a la vez tengo una historia que sí me gustaría poder acabar, aunque no tengo absolutamente ninguna prisa. Tengo el título, aunque aún no sé muy bien de qué trata. Lo cual es justo lo contrario de lo que me ha pasado siempre. Y esa novela se titulará Demolición.

Decía Philip Roth que la vejez no es una guerra, es una masacre. Al final solo queda esa gran verdad, pero también la literatura…

Y es cierto, pero hay una cita que me gusta aún más y que me la he apropiado: si crees que la vida te ha tratado mal, espera a la vejez.

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