Alaminos, Editoriales, Humor Gráfico, Número 30
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Editorial: El sueño americano

Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 8 de mayo de 2015

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   Editorial

Los graves disturbios raciales ocurridos en Baltimore en las últimas semanas demuestran que la sociedad norteamericana aún no ha logrado resolver sus profundas contradicciones internas, unas contradicciones que se han visto seriamente agravadas por las consecuencias de la recesión económica. USA es un estado construido por inmigrantes de los cinco continentes que durante siglos fueron llegando al país, en sucesivas oleadas, en busca de un futuro mejor. Anglosajones, italianos, irlandeses, alemanes, polacos, sudamericanos, asiáticos, africanos, sin contar con los millones de esclavos negros que durante siglos fueron capturados en las colonias y trasladados a Estados Unidos como mano de obra, han supuesto, sin duda, la gran fuerza vital de un país que desde finales del siglo XIX ha ido creciendo exponencialmente hasta convertirse en la primera potencia mundial. Sin embargo, desde que Lincoln aboliera la esclavitud en 1863, el mal del racismo, el odio al negro, al hispano y al inmigrante en general, sigue latente en la sociedad americana y de cuando en cuando saltan a las primeras páginas de los periódicos informaciones que alertan de graves conflictos raciales. Noticias sobre policías acribillando a negros indefensos, persecuciones, declaraciones de importantes líderes políticos apelando a la xenofobia, sociedades secretas de corte ultraderechista que acogen en su ideario político principios racistas, producen seria inquietud entre los norteamericanos. La llegada a la Casa Blanca de Barack Obama, el primer presidente negro de la historia de ese país, alentó las esperanzas de un futuro mejor para las minorías raciales, que creyeron ver en el líder demócrata al mesías dispuesto a sacarlos de la discriminación, el gueto y el odio.

Pese a las buenas cifras macroeconómicas obtenidas bajo su mandato, Obama no ha conseguido resolver las graves desigualdades endémicas que arrastra Estados Unidos

Hoy, tras siete años de mandato de Obama, se puede decir que los derechos civiles de las comunidades étnicas que viven en USA siguen sin ser respetados y no hay más que echar un vistazo a las cifras de la Fiscalía Estadounidense, que revelan que la inmensa mayoría de los detenidos por la Policía son negros e hispanos, para concluir que ese país sigue teniendo un problema grave con el racismo. Los americanos asisten con estupor a las imágenes de televisión que muestran a corpulentos agentes de la autoridad ensañándose sin compasión con jóvenes de color, muchas veces indefensos y desarmados. Esta situación de conflicto social persistente está íntimamente relacionada con la gestión económica de Barack Obama, que pese a las buenas cifras macroeconómicas obtenidas bajo su mandato no ha conseguido resolver las graves desigualdades endémicas que desde hace décadas padece Estados Unidos. El sueño americano tantas veces prometido por los diversos presidentes que han ido pasando por la Casa Blanca queda ya muy lejos y son millones los norteamericanos que sobreviven por debajo del umbral de la pobreza en el que se supone el país más avanzado, rico y poderoso del mundo.

El programa social con el que Obama llegó al poder no ha podido desarrollarse en su integridad tal como se preveía, en parte por la tenaz oposición de los republicanos, del Tea Party y de los lobbys financieros, que han ido torpedeando una tras otra las medidas que el presidente trataba de poner en marcha para reducir la brecha económica entra las diferentes clases sociales. Ahí está su reforma sanitaria, por poner solo un ejemplo, que prometía cobertura médica universal para todos los ciudadanos y que finalmente ha quedado diluida. Es cierto que algunas recetas económicas de Obama han funcionado y han conseguido aumentar el PIB, reactivar la economía y volver a generar empleo, hasta sacar a Estados Unidos de la grave crisis que estalló en 2007 con la caída de poderosas firmas que comercializaban activos financieros tóxicos e hipotecas basura, un fenómeno que produjo un contagio mundial y una recesión sin precedentes de la que países como España aún no se han recuperado. Pero este alivio en los datos macroeconómicos no se está viendo acompañado de mejoras importantes para los más desfavorecidos, que siguen mirando el futuro con preocupación. Tal situación de crisis y desigualdad social queda bien patente en películas como Margin Call, que retrata a la perfección quién movía los hilos del país en aquellas horas negras en las que el pánico se desató en Wall Street con la caída de las grandes corporaciones que ofrecían productos basura como las subprime y que provocó el mayor colapso económico desde el crack de 1929. Ni el bienintencionado Obama ni ningún presidente que venga después, sea cual sea el color de su piel, va a poder resolver las graves contradicciones que existen en la sociedad americana, ya que no estará en su mano hacerlo. El feroz sistema capitalista en el que se basa la actual economía estadounidense es tan cruel, tan injusto e inhumano, que condena a una buena parte de los norteamericanos a la reclusión en guetos y a la pobreza extrema.

En este contexto de desigualdad económica no debe extrañarnos que de vez en cuando surjan brotes de violencia racial entre las minorías étnicas y la Policía

En este contexto de desigualdad económica no debe extrañarnos por tanto que de vez en cuando surjan brotes de violencia racial y enfrentamientos entre las minorías étnicas y la Policía, a la que los parias de la sociedad suelen ver como símbolo de un Estado represor. El asesinato del joven negro Freddie Gray a manos de unos agentes enardece a miles de hermanos de raza cansados no solo de sufrir los abusos de las dos varas de medir, de las dos Justicias –una para el blanco anglosajón y otra el marginado–, sino lo que es aún peor, los rigores de una forma de vida miserable y sin ningún futuro. La violencia racial no es sino la gota que colma un vaso repleto de injusticias sociales y económicas, la mecha que termina por prender en esa parte de la sociedad: la formada por quienes se han visto reducidos a la condición de ciudadanos de segunda categoría a los que el sistema les priva de una vida digna como seres humanos. Racismo y desigualdad económica son dos caras de la misma moneda. La poderosa elite financiera de Wall Street, que es quien manda en el país por encima incluso del presidente de la nación, ha establecido un régimen económico totalitario, determinista, darwiniano, donde los más fuertes viven a cuerpo de rey mientras los más débiles, o sea la mayoría de la población, sucumbe sin remedio. Después de años de duro conservadurismo propugnado por Reagan y los Bush, Obama tenía que haber supuesto el revulsivo definitivo para equilibrar la balanza entre ricos y pobres y devolver a Estados Unidos el rango de nación próspera, culta y tecnológicamente avanzada que ha ostentado en los últimos dos siglos. Lamentablemente, nada de eso se ha cumplido. Hoy, más que nunca, el sueño americano, al igual que el sueño de Obama, se ha truncado en pesadilla.

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Jorge Alaminos

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