Francisco Ortiz, Número 30, Opinión
1 comentario

De copas con el Boss

Bruce Springsteen in Ypsilanti, MI. Barack Obama.

Por Francisco Ortiz. Viernes, 8 de mayo de 2015

Deportes

    Música

Pesada es la corona que ciñe la cabeza de Bruce Springsteen. Este músico americano de rock ha probado ser una rareza entre los músicos populares. Es un artista que ha sabido mantener su estatus como estrella, vendiendo millones de álbumes y llenando estadios en todo el mundo año tras año, desde 1974, recibiendo críticas favorables y calurosas acogidas a sus discos y giras, como la Wrecking Ball Tour. Y es también un ciudadano que se toma la molestia de creer en un mundo mejor.

En mayo de 2012 arrancó en Sevilla la gira europea del Wrecking Ball Tour 2012. Los 30.000 espectadores que disfrutamos de ese concierto no nos vimos defraudados. La E Street Band atronó el Estadio Olímpico con las canciones de un álbum nuevo, Wrecking Ball (bola de demolición) lleno de pasión, calidad y entrega. Para muchos no era ni el primero ni el segundo concierto de Bruce, ya que, desde el mítico concierto en Barcelona aquel 21 de abril de 1981, España es el destino predilecto del chico de Nueva Jersey. El mismo lo dijo en una ocasión, “Mi mejor público está en España, es el que más me apoya. Esa es una de las razones de que esté contento de estar aquí”.

Hay varios libros publicados sobre esta especial relación, como el de Mar Cortés y Jordi Bianciotto, Bruce Springsteen en España, o el de Ignacio Juliá, De Greetings from Asbury Park a la Tierra Prometida. Como señala este crítico musical de la revista Ruta 66: “Springsteen da una demostración de honradez y voluntad de conectar, de expresar ideas sencillas que hacen entender muchas otras, desplegando música fraternal y constructiva. Además, tiene una ética del trabajo que le distingue de otras estrellas del rock como Bono o Madonna”.

Se han escrito cientos de artículos sobre Bruce Springsteen, este es uno más. Pero no vamos a hablar aquí de música, sino de valores, de ideales. Porque el ciudadano y el músico van juntos, mucho más desde la tragedia del 11 de septiembre en América. Cuando, por ejemplo en Sevilla, se escuchó decir al Boss: “En América las cosas están mal, pero aquí están peor. Sé que hay mucha gente que ha perdido su trabajo y sus casas. Sé que aquí los malos tiempos son incluso peores. Nuestro corazón está con vosotros. Queremos dedicar esta canción, Jack of All Trades, a los Indignados y a todos los que están luchando en el Sur de España”. En estas palabras hay una solidaridad, una cercanía que son desconcertantes. Escuchándole, uno siente que tiene un amigo allí, en el escenario.

Desde luego, como la mayoría de los fans, yo no he llegado a conocer a Bruce en persona. Pero ojo, también como la mayoría de ellos, siento como si lo conociese de siempre. Quizás tan importante o más, siento como si él me conociese a mí. Es un tipo para irse de copas y pasar un buen rato con él por los bares de Sevilla. Pero nuestra relación no es simplemente un asunto de mutua admiración imaginaria. La verdad es que el Boss me convoca, me desafía, no sólo porque parezca un tío de confianza, generoso, sino porque, más importante que eso, sus canciones muestran a gente con problemas y dificultades similares a los míos, sus éxitos (victories) y derrotas me revelan el tipo de gente que deseamos ser. Como bien dice el rockero Loquillo: “Es la referencia, tiene la actitud, el corazón, y la Historia. El sabe de dónde viene. Es el tío que te enseña. Sus letras enseñan, dan la coartada para ser”.

Los comienzos

Bruce Frederick Springsteen nació un 23 de septiembre de 1949 en Freehold, una pequeña ciudad industrial del estado de Nueva Jersey. Es hijo de Douglas, un chófer de autobús (entre otras ocupaciones), y de Adelle Zirilli, una secretaria italoamericana. La pareja tuvo otras dos hijas, Pamela y Virginia.

ObamaHussein

Barack Obama, durante un discurso oficial. Foto: Christopher Dilts.

Impresionado por la música de Elvis Presley, de Roy Orbison y de Bob Dylan, Bruce no empezó a tocar en serio hasta 1963. En 1965 reunió su primera banda local de rock, Los Castiles. La banda se disolvió dos años después, cuando Bruce ya frecuentaba clubes en Asbury Park. En los siguientes cinco años lideró, se unió o formó otras bandas, tales como Steel Mill, Child, Cream y Dr. Zoom and the Sonic Boom. En 1971 Bruce formó una gran banda, la Bruce Springsteen Band. Este grupo incluyó a miembros de la futura E Street Band, como el batería Vini López, el organista Danny Federici, el pianista David Sancious, el bajista Garry Tallent, el saxo Clarence Clemons (fallecido en 2011) y el guitarrista Steve Van Zandt. Debido a la falta de trabajo, Bruce decidió continuar su carrera en solitario como cantautor, y empezó a tocar en Nueva York.

En marzo del 72, Springsteen firmó sobre el capó de un coche, en el aparcamiento de un bar, un contrato con los productores Mike Appel y Jim Crecetos. Su manager, Appel, le consiguió una audición con John Hammond, el legendario cazatalentos de la discográfica Columbia que descubrió a Miles Davis, Aretha Franklin y Bob Dylan. Tras escucharle, Hammond firmó contrato con Bruce. “El chaval me dejó totalmente K.O. Sólo oigo alguien realmente bueno una vez cada diez años, y no sólo Bruce era el mejor, es que era mucho mejor que Dylan cuando le escuché por primera vez”, dijo Hammond.

En enero de 1973 se publicó el primer álbum, Greetings from Asbury Park, NJ. Aunque obtuvo cierta atención de la crítica, las ventas fueron pobres, y el álbum pasó inadvertido. Se dijo que había sido un fallo de marketing presentar al joven Springsteen como “el nuevo Dylan”. Entonces Bruce ya había reclutado a la mayoría de la banda: Federici, López, Sancious, Tallent y Clemons. En septiembre de ese mismo año salió al mercado el segundo álbum, The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle. Mucho más rockero que el primero, recogió algunas buenas críticas, pero decepcionó en cuanto a las ventas.

En 1974 hubo algunos cambios en la banda, rebautizada como la E Street Band. Se marcharon López y Sancious, y se unieron el batería Max Weinberg y el pianista Roy Bittan. Con ellos hizo Bruce una gira, tocando en clubes y bares de todo el país, de costa a costa, viajando todos, músicos y técnicos, en furgonetas de lata, cargadas como mulas con el equipo de sonido. En aquellas jornadas se gestó el tercer disco, Born to Run, su última oportunidad ante la CBS, dado el fracaso absoluto de sus discos anteriores.

En mayo del 74 el editor de la revista Rolling Stone, Jon Landau, asistía a un concierto de Bruce en Cambridge, cerca de Boston. Landau escribió una crítica muy favorable y acuñó una frase que consagró a Springsteen. La CBS la utilizó para promocionar al artista: “He visto el futuro del rock & roll y se llama Bruce Springsteen (…) Y en una noche en la que necesitaba sentirme joven, hizo que me sintiera como si escuchara música por primera vez”. Crítico y artista se hicieron amigos, y Landau se convirtió en manager y coproductor de Bruce.

La noche del 18 de julio de 1975, tras una maratoniana sesión de 72 horas, se terminó la grabación de Born to Run, en el estudio Record Plant de Nueva York. El 25 de agosto se publicó el álbum, con un gran despliegue publicitario de la CBS. Fue una eclosión nacional, en pocos meses se vendieron 750.000 copias del disco, y la canción Born to Run se convertía en un éxito en todas partes: Cleveland, Filadelfia, Chicago, Los Angeles, Nueva York. El crítico John Rockwell escribió la crónica de Bruce en la portada del New York Times, y también fue portada en las revistas Los Angeles Times, Newsweek y Time. Había llegado “La nueva sensación del rock”.

Aquel verano del 75 dio Springsteen su gran gira de ámbito nacional. Comenzaron en Nueva York, en el club Bottom Line, donde las entradas se agotaron, y la prensa se volcó. Críticos consagrados como Dave Herman rindieron pleitesía a este performer, cuya habilidad escénica era única, pues, como cuenta Salvador Trepat en el booklet Born to Run: “Bruce no se quedaba parado ante el micro, sino que corría por el escenario, subía al piano y a los altavoces, giraba sobre sí mismo o bien saltaba de mesa en mesa”. El público vivía un auténtico delirio con este chico recién llegado a los escenarios.

En octubre la gira llegó a Chicago, Detroit y Milwakee, y de allí saltaron a la costa Oeste. California les abrió los brazos: las crónicas entusiastas llovían, incluso de revistas como Playboy y Penthouse. En Los Angeles se organizaron varios conciertos en un pequeño local, The Roxy. El público culto recibió con entusiasmo el fenómeno Springsteen. Había nacido una estrella, una estrella del rock.

Ciudadano Springsteen

“Si mi obra tratase sobre algo, sería sobre la búsqueda de la identidad, del reconocimiento personal, de la aceptación, de comunión, y de un gran país. Siempre he sentido que es por eso por lo que la gente viene a mis conciertos, porque ellos sienten ese gran país en sus corazones”, decía Bruce en la revista gay The Advocate, en 1996.

Bruce Springsteen es el único de los músicos de su generación que ha soportado sobre los hombros la carga de contar las historias de los pisoteados del nuevo milenio, una clase de gente que aumenta año tras año con la maldita crisis global. Conociendo a Bruce, no es inusual esta grave reflexión, pues desde su disco The Rising (2002) ha apostado por los temas graves, haciendo protagonistas a los desfavorecidos, a los olvidados, frente a la opinión pública.

PianopianoNebr

Contraportada del disco ‘Nebraska’ de Bruce Springsteen. Foto: Piano Piano!

En efecto, cada uno de sus cinco álbumes desde The Rising ha sido confeccionado, diseñado, teniendo en cuenta el momento político. Así, en Devil & Dust (2005) reflexionaba sobre los americanos olvidados por la guerra de Iraq; We Shall Overcome: The Seeger Sessions (2006) fue ante todo una llamada a la unión de los demócratas en un año de elecciones; en Magic (2007) luchaba por encontrar un maldito significado en los tiempos difíciles de la era Bush; Working on a Dream (2009) hizo hincapié en las esperanzas que suscitaba el “Yes We Can”, en la campaña de Barack Obama; y sin duda alguna, Wrecking Ball es el álbum que reúne elementos de los cuatro anteriores para dar un empujón definitivo al bando demócrata, en un año electoral, 2012, que se presentaba crucial para América y que supuso la reelección para el presidente Obama.

Pero además de las apuestas políticas del Boss, uno se pregunta cuáles son los valores y las experiencias que le animan. ¿De dónde ha salido este hombre que nos habla en clave humana? En palabras de Daniel Cavicchi, autor de Tramps Like Us (1998), no hay respuestas simples. Lo importante es que Bruce anima a sus fans a pensar sobre sus acciones políticas, sus elecciones morales, incluso sobre sus posiciones como miembros de una familia, de una comunidad, de distintas clases y naciones. El propio Springsteen declaraba a la revista People: “Con Born to Run establecí una serie de valores, una serie de ideas intangibles como la fe y la esperanza, la creencia en la amistad y en un día mejor. Pero no conoces el valor de esas ideas hasta que las pones a prueba… Cuando eres tan joven buscas algún tipo de certeza, algo que te garantice que esas cosas no sólo existen, sino que están a tu alcance. El álbum está lleno de esperanza”.

En el interesante ensayo de Jim Cullen, Born in the U.S.A.: Bruce Springsteen and the American tradition (2005), se sitúa a Bruce en un amplio contexto, en el legado de aquellos americanos que hicieron historia, como Walt Whitman, Woody Guthrie, Abraham Lincoln y Martin Luther King. Es autor también del libro The American dream. Para Cullen hay que hablar del sentido moral y religioso del Boss. Algo genuino en este artista es su influencia de los ideales puritanos, lo cual le lleva a jugar limpio en el terreno de la ética. Su énfasis moral, su esfuerzo ético es vibrante en ocasiones, y poco común. En materia de religión, Springsteen tiene un modo propio de ser católico. Digamos que él extiende y asume lo que fue originalmente un ideal protestante. Sus creencias se relacionan con su deseo de identidad nacional, de preservar la visión de una gran nación.

La ciudad natal de Bruce, Freehold, es una ciudad industrial poblada por emigrantes sureños y varias minorías raciales. En los tiempos de la niñez springstiniana la población era en su mayoría de clase obrera, y estaba racialmente segregada, literalmente, por las vías del tren. Pronto aprendió el joven Bruce que las cosas no eran como las enseñaban en la escuela: “Era preciso cambiar el estado de las cosas. Escuchar la radio me hizo entender que los cantantes folk ofrecían la promesa de una vida mejor, la promesa de que todo hombre tiene un derecho a vivir su vida con algo de decencia y dignidad. Y esa promesa es rota cada día de la manera más violenta. Pero es una promesa que nunca muere, y está siempre dentro de ti”.

Un buen ejemplo del compromiso del Boss lo tenemos en la canción Johnny 99, del álbum Nebraska (1982). Es una simple cancioncilla, interpretada con una guitarra acústica, una armónica y la voz. Hay unos pocos elementos en el argumento: el paro, el alcoholismo, y el fácil acceso al uso de armas de fuego. En esta historia conecta Bruce con las víctimas de las empresas, del abuso de los bancos, que caen en el alcohol, de la violencia del sistema judicial. De hecho, esta sencilla melodía es todo un antecedente de las proclamas del movimiento de los Indignados. Que a menudo ocurre que el sistema no funciona, viene a ser el meollo argumental de la musica springstiniana.

Sin embargo, este espíritu igualitario tiene menos que ver con el socialismo europeo que con el idealismo democrático de un Benjamin Franklin, de un Thomas Jefferson. Como bien señala Cavicchi: “Springsteen inspira devoción porque él revigoriza la vieja noción de la democracia participativa. La suya es una visión de una América que nunca existió realmente, el llamado ‘sueño americano’, pero es también una visión de una América que mucha gente no quiere perder”.

La Revolución americana estableció una premisa fundamental, según la cual por grandes que sean los logros, los méritos, todos ellos están sujetos a las mismas leyes, y tienen los mismos derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Este es el significado específico de la Declaración de Independencia, redactada por Jefferson, que proclamaba: “All men are created equal”. En este sentido, se entiende que los políticos deben provenir del pueblo y entender sus necesidades. Por ello, aunque de un modo hipócrita, tanto demócratas como republicanos siempre han buscado un contacto directo con los votantes, con el hombre de la calle. Es el caso del presidente Roosevelt, un tipo que conectó como nadie con la gente trabajadora, gracias a sus dotes como comunicador, pero también a su espíritu igualitario.

Este espíritu igualitario de los años 30 es el hogar espiritual de Bruce. De ahí que él, un aventajado defensor de las clases populares, haya recibido el alias de “the Boss”. La palabra ha tenido connotaciones de tipo racial y de clase, pero ha venido a significar capataz, supervisor, aquel que está a cargo de una cuadrilla de obreros. Pero ojo, sólo se gana la autoridad de un ‘boss’ cuando puedes demostrar tus cualidades como uno de ellos. Bruce no sólo es, quizá a su pesar, el capataz, el jefe de una cuadrilla de músicos. Más bien representa, en una versión actualizada del lema de Jefferson, lo que un ‘boss’ debería ser: uno de los nuestros, pero el mejor de nosotros. ¿Es Bruce Springsteen socialista? No, es un revolucionario de América.

7 de mayo de 2015

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

1 Kommentare

  1. Los de las Antipodas dicen

    !Me levanto el sombrero ante el Boss y ante el que lo ensalza!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *