Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 29, Opinión
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Tres cubiletes

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Entre lo visto y lo supuesto, la corrupción política y económica ha terminado, por desgracia, con nuestra capacidad de asombro. Poco queda ya por ver, pero mucho por descubrir, en esta impenitente procesión de desfalcadores y amorales que desfilan a diario ante nuestros desportillados ojos. En fila de a uno o cogidos de la mano, los medios de comunicación y las redes sociales nos los sirven en bandeja de plata como reflejo oxidado de una época, de una sociedad y sus miserias. Referentes de un país que vive en una concatenación histórica de burbujas y sopladores de pompas económicas. Un país donde Mario Conde alcanzó el grado de doctor honoris causa, y los ídolos de pies de barro fracasan de éxito entre las rejas de modernas cárceles, que quizá ellos mismos mandaron construir. Fajadores de champagne, vividores y bebedores de éxito a medio plazo. Cabeceras de cartel que comprometieron su caradura, cincelada con uva malvasía, en el cuadrilátero de la vida. Mofletes enrojecidos que pasean por las tupidas moquetas del poder con la guía Peñín en los bolsillos. Ídolos caídos a los que no les salva ni la campana de Wall Street. Noqueados en el último asalto cuando se sabían ganadores a los puntos de sus cuentas bancarias. ¡Tongo!, grita el electorado, que se lleva las manos a la cabeza. ¡Tongo!, gritan a izquierda y derecha de esta coalición de instalados que perdura como una mala borrachera. Aupados por el poder de las urnas, administraron el caudal electoral necesario para acceder a los resortes del delito de guante blanco, a los desfalcos de altos vuelos y a las estafas de baja estofa.

El pueblo se moría de ganas por oler los corchos del éxito que iban sembrando en salas de fiesta y en piscinas anegadas de champagne y de sirenas en bikini. La máquina funcionaba. El ladrillo crecía por doquier garantizando vicios babilónicos a los constructores de la torre de Babel. Una gigantesca burbuja de champagne cubría las autonomías más abstemias y anestesiaba las mentes más sobrias. Era otro mundo. Otro siglo de vapores etílicos, de coches de lujo, de IVA sin ir, de tarjetas black y de lámparas maravillosas que sólo con frotarlas recalificaban terrenos, sembraban aeropuertos y rotondas en medio de la nada, privatizaban hospitales a corazón abierto, alzaban bienes mal adquiridos o quebraban agencias de viaje con pasajes a punto de partir.

Pero qué sabemos de los que mandan, pero no gobiernan. De los que han mandado siempre a los que nos gobiernan. De los que rodeados por sus fieles y selectos porteadores han cobrado los colmillos marfileños del elefante en esta cacería de tramposos. En este safari por el déficit presupuestario y la deuda soberana. Pues sabemos que figuran y figurarán como defraudadores en listas silenciadas, amordazadas, ocultos sus nombres y paraderos, y que serán oídos en secreto de confesión por algún ministro seglar y secular bautizado con el champagne de la Santa Patronal. Sabemos que lavarán su dinero y su delito en privado, pues ellos tienen reclinatorio personal y reservado en esta liturgia vacía y corrompida del neoliberalismo democrático, a la que el pueblo sólo es invitado para votar.

El maltrecho pueblo es la arcilla de los poderosos para moldear la II Transición. La Apostólica Banca, como dioses que son, insuflará el barro a imagen y semejanza de sus intereses y pondrá a trabajar los medios de comunicación necesarios para excomulgar herejes y santificar marionetas que reemplacen a los devaluados arlequines en los sondeos electorales. Banqueros jóvenes que apuestan por jóvenes polichinelas para el recambio del cambio. Juego de apariencias en el que volveremos a soñarnos dueños de nuestro voto.

Contemplar el derrumbe salido de las urnas es turbador y nocivo. El epígono narco-felipista, la siembra aznarista de burbujas bomba, los zapateros de media suela, y los devotos del buen vivir a costa del sacrificado coro de esclavos han erosionado la ética popular. Tienen en común un mismo hilo conductor: la corrupción y el saqueo de lo público. España se ha convertido en una salmodia de letanías y pataletas que el pueblo reza en mercados, plazas, bares y peluquerías. Una letanía inmemorial que desgrana el santoral de los corruptos con aburrida y cansina monotonía. Pero el daño no se extingue con la pena: se extiende a generaciones futuras que nacen y se forman en esta cultura sempiterna del defrauda que algo queda en tus bolsillos. La moral fragmentada se desgrana en esquirlas y más de un chirlazo se ha clavado en la retina de nuestra conciencia. Hemos pasado de la indignación y la repulsa a la impotencia y el aburrimiento, desesperados y ahítos de la corrompida realidad que nos devuelve a diario lo peor de la condición humana. De la realidad que nos revela con maldito lujo de detalles las flaquezas y debilidades de la clase dirigente. De los elegidos para gestionar y planificar nuestro día a día, nuestro futuro. Nuestras vidas. Que a estas alturas del viaje apuntan a la resignación y al desencanto vital como cántaros que acuden a la fuente a punto de romperse. Tres cubiletes bailan sobre el tapete de esta España de trileros.

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Gatoto

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