Ángel Vilarello, Deportes
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Señor del Bosque, don Mariano

Mariano Rajoy y Vicente Del Bosque, durante un acto de homenaje a La Roja. Foto: AFP

Por Ángel Vilarello. Lunes, 13 de abril de 2015

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Nuestro presidente de plasma y muy señor mío parece haber extendido las garras de su influencia hasta el mismísimo seleccionador nacional de fútbol, el siempre amable marqués de Del Bosque. No es que el afamado entrenador se haya pasado al lado oscuro de la política, pero sí parece haber desplazado su origen castellano hacia tierras más norteñas, más gallegas, como nuestro presidentísimo. No me sorprendería que en la próxima rueda de prensa despache a los periodistas con uno de los profundos, casi metafísicos, alegatos de Don Mariano: “haremos lo que tengamos que hacer, cuando haya que hacerlo, que estamos aquí para hacer lo que hemos de hacer, y es lo que estamos haciendo…”. Y es que Don Vicente, tan cortés y educado como siempre, se ha dejado llevar por esa corriente cuasi contemplativa, de dejar pasar las cosas, adaptando el aforismo aquel que reza que si una cosa tiene arreglo, se arreglará, y si no, arreglada está.

Siempre he defendido que por definición, la labor de un entrenador (de alto nivel) es obtener el máximo rendimiento posible a su plantilla, por eso me generan cierta desconfianza aquellos que utilizan el mismo planteamiento sin importar qué equipo estén entrenando, todo ello sustentado en una afirmación cuanto menos simplista como es la de “es que a mi me gusta jugar así”. Resulta obvio para cualquier aficionado observar que las características de una plantilla como la del Villarreal no son las mismas que las del Atlético de Madrid, por poner un ejemplo. Me resulta por tanto incomprensible que ciertos técnicos de reconocido prestigio se mantengan inamovibles en unas teorías o modelos de juegos que podríamos englobar bajo la expresión “erre que erre”. Y es más, que dispongan de un cheque en blanco para fichar jugadores afines a su estilo, millonarias inversiones con contratos de cinco años, hechas a medida de entrenadores, que en el mejor de los casos, no alargarán más de dos o tres años su estancia en el banquillo. Insisto, salvo honrosas excepciones, en el mejor de los casos.

El caso de cualquier seleccionador nacional es sin duda diferente, o al menos su cargo goza de ciertas particularidades que lo hacen distinguirse de un entrenador de club al uso. Una de ellas es sin duda la disponibilidad de tiempo para preparar hasta el más mínimo detalle los partidos. Me cuesta pensar que no sea así, pero ya son muchos los detalles que chirrían, no sólo en los planteamientos o alineaciones, sino fundamentalmente en comportamientos individuales que se aprecian últimamente, partido sí, partido también. Tras la Copa Confederaciones de 2013 se vislumbraba aquello que nadie quería asumir, y es que nunca más veríamos una generación tan maravillosa de jugadores en su mejor momento, ni un juego tan sumamente embelesante. El Mundial del año siguiente sólo sirvió para confirmar lo evidente, mientras muchos aún se aferraban a unos recuerdos tan asombrosos como irrepetibles. Aquellos venerados héroes también cumplían años y la Roja vio cómo se iban apeando del tren los geniales Xavi Hernández, Xabi Alonso o David Villa, mientras también se iba diluyendo la mejor versión de otros ilustres como Iker Casillas o Andrés Iniesta.

Apenas un año después de aquel fiasco, mayor aún de lo que estábamos acostumbrados antaño, la selección española parece haber perdido el norte y resulta complicado saber cuál es su idea de juego, su identidad. Mantener la posesión de la pelota no es en sí mismo un planteamiento asumible. De lo contrario, el saque de centro que realizó España frente a Holanda en su último partido podría considerarse como exitoso; el balón salió del círculo central para acabar en los pies de nuestro portero. Aparte de esta mera anécdota, la sensación que transmite nuestro combinado nacional es poco menos que sospechosa, sospechosa de una preparación táctica inexistente, sospechosa de falta de liderazgo, sospechosa de escasa complicidad entre jugadores y un cuerpo técnico que ya ha sido criticado por algunos futbolistas por lo anticuado de sus métodos, sospechosa de falta de personalidad colectiva, sospechosa de no saber a dónde quieren ir, y como tal, debería ser investigada, que no imputada, no sea que alguien se sienta ofendido o prejuzgado.

La excusa de las pruebas tampoco cuela, para eso están los entrenamientos y la multitud de medios técnicos y personales que disfruta la federación como para tener todo atado y bien atado. No me imagino a un chef haciendo un experimento con una cigala de dos kilos sin antes haber probado con unas gambitas. La selección española no es una pizarra donde escribir y borrar al antojo de unos pocos, sin dejar rastro alguno, degradando cada noventa minutos de juego lo que costó décadas alcanzar, un prestigio y reconocimiento a nivel mundial. Las pruebas, con gaseosa por favor. Sin duda alguna, los amistosos de la Roja se han convertido en un suculento negocio para la Federación Española, pero a este paso habrá que acabar pagando por jugar contra una selección de medio pelo, por mucha estrella que llevemos en el pecho. Y detrás irán los patrocinadores, los mismos que se atrevieron a reclamar tras el Mundial de Brasil por su fuerte inversión y pobres resultados. Ojo, que a este paso Don Mariano se le puede atragantar lo de la “Marca España” y eso sí que no. Faltaría más.

Con Vicente del Bosque ya han debutado más de 50 futbolistas. Otro follón para el míster, vaya lío debe tener gestionando el grupo de whatsapp de la selección. Mientras, van pasando sin pena ni gloria la mayoría de ellos, incapaces de demostrar su valía con un juego simplón y sin argumentos, convirtiendo al equipo en una trituradora de promesas. Tampoco se le escapa a nadie que en el mundo del fútbol la personalidad del entrenador se percibe sobre el césped con los jugadores, y aquí tampoco es una excepción. Confío en que nadie mejor que el seleccionador sabe lo que tiene entre manos, y que en la aparente “libertad” de juego del combinado nacional se esconden sobrados y contrastados argumentos, pero hasta el momento lo que vemos desde fuera no da esa sensación, sino más bien la de una mezcla de once cromos, muy buenos todos, bajo la consigna de “haced lo que sabéis”, lo que me recuerda la travesía del desierto que están pasando numerosas selecciones plagadas de grandes nombres.

En los últimos encuentros, oficiales y amistosos, hemos observado cómo un supuesto rematador, Vitolo, sacaba un córner, cómo tiraba una falta un central, Piqué, que nunca lo hace, estando a su lado experimentados lanzadores, jugadores como Bernat haciendo desbordes por dentro al igual que hace en el Bayern de Pep Guardiola, sorprendiendo y desorientando incluso a sus propios compañeros, jugadores como Mario o Pedro que apenas han tenido protagonismo en su club o convocados como Bartra cuya participación en el Barcelona es meramente testimonial. Con todo ello, el enfermo parece debilitarse a cada momento, carente de apetito y psicológicamente tocado. Los viejos tiempos no volverán, no nos engañemos. No está de más recordar aquellos épicos momentos de gloria, pero el presente y el futuro no se crean a base de recuerdos y anhelos. Confiando en que nuestro ilustre salmantino sepa lo que hace, sólo puedo desear que su argumentario no se reduzca a decir que confiemos en que las cosas mejorarán, que los responsables están realizando bien su trabajo, que todo va bien, que se van cumpliendo plazos y objetivos, que no nos defraudarán o que entiende la inquietud de la gente. Para eso ya tenemos a Don Mariano.

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