El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 29, Opinión
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R.R.

Por José Antequera / Ilustración: El Koko Parrilla

José Antequera

José Antequera

Parecía Rajoy un indolente y fíjate tú cómo se las gasta el niño. Primero cayó Camps (allá por el Pleistoceno), luego Bárcenas, luego cayó Granados, Maroto el de la Moto, y así una retahíla de cadáveres muy exquisitos hasta llegar al mito, al icono, al intocable macho alfa: a R.R., o sea, a Rodrigo Rato. Quién nos lo iba a decir a nosotros. Creíamos que Mariano era más feliz que una perdiz sin hacerle daño a nadie y resulta que es un matador compulsivo, un sicokiller de la política, un mátalas callando que cuando empieza a liquidar gente se le calienta la mano y ya no puede parar. R.R. ha sido el último en probar el raticida con sabor a orujo del presidente gallego. Andaba él tan tranquilo y ufano por los salones dorados de Bankia y del Fondo Monetario Interneisional (también llamado fondo de reptiles), con su tarjeta black y sus cositas, sacando pecho de su milagrito españó, chuleando de ser el mago de las finanzas, el Harry Potter de los pitonisos de Harvard, que no se daba cuenta el pobre de que el jefe le había puesto el dedazo encima, le había echado las cruces, que estaba sentenciado, vaya. ¿Y por qué, me preguntarán ustedes? ¿Solo porque era el compañero de fiel pupitre de Aznar? ¿Por qué precisamente ahora, a un paso de las elecciones, carga Rajoy contra R.R. con toda la maquinaria implacable del Estado? Y yo qué sé, que qué sé yo, como diría aquel. Lo cierto es que nada es gratuito ni casual en política y mucho menos en 13 Rue del PPercebe. Génova es como un nudo de víboras, en plan Francois Mauriac. Rajoy los justifica mucho en público, los anima, sé fuerte amigo, aguanta, les da unas palmaditas en la espalda, pone la mano en el fuego bajo riesgo de chuscarrársela entera, se coloca delante de ellos, al lado, detrás arrimando cebolleta, donde haga falta, pero al final todos van cayendo como moscas. Uno tras otro. Sin perdón. Mucho ánimo y mucha tontería pero a la hora de la verdad, cuando se quieren dar cuenta, ya están todos en Alcalá Mecó, metidos en el traje a rayas primavera verano, cuarta planta módulo preventivo, y jugando a la brisca o escribiendo sus memorias en el trullo.

Tiene Rajoy arte y salero para echar el dulce veneno, el raticida, eso no se puede negar, deja caer el polvillo en los cafeses como quien no quiere la cosa, como sin querer, silenciosamente, y luego se va de mítines para decir que las instituciones funcionan, que no ha habido conspiración alguna contra Rato porque Rato es su amigo. Claro, claro, amigos para siempre. Con amigos así, señor presidente, no hacen falta enemigos. Yo a usted lo querría de amigo, pero usted a Boston y yo a California, bien lejos, que corra el aire, porque cuando le da la ventolera y le entran las convulsiones licántropas y los sudores fríos del asesino mortal, cuando le salen colmillos retorcidos y pelos en las manos y la barba se le extiende por todo el cuerpo y le da por aullar como un lobo enloquecido mirando a la Luna llena, como un Míster Hyde de la política, solo piensa en clave de liquidar, en clave de cargarse a alguien, de comerse a un tío. Donde el presidente pone el ojo pone la bala, aunque sea estrábico y se le vaya un ojo a la virulé. Ya apuntará él para otro sitio para compensar el estrabismo y acertar de lleno en la presa. Tras su apariencia lánguida y mustia de funcionario gris y apollardado hay un serial killer, un ser despiadado, un estadista desalmado y brutal. Ya puede ser la víctima el hombre más poderoso del FMI, del G20 o de su comunidad de vecinos, que se puede dar por muerto si a Rajoy se le mete entre ceja y ceja. El presidente va teniendo ya muchas muesquitas en su revólver. Y eso que parecía una muesquita muerta. Rajoy está demostrando que maneja la suerte del raticidio como nadie, vaya que sí, no le hace falta ni mancharse las manos, él sale limpio, inconsútil, siemprevirgen. Le da el encargo a Guindos/Montoro, sicarios full time, y a otra cosa butterfly. Que parezca un accidente. Mandan a los de Aduanas en medio de la noche para que saquen de la cama al interfecto. Ponen unos cuantos figurantes en la puerta, fotógrafos, muchos fotógrafos haciendo bulto y dispuestos a inmortalizar el momento estelar. Congelan el minuto histórico y así el caído en desgracia puede contárselo a sus nietos, como una batallita más, el día de mañana. Mira Paquito, éste es el policía tan amable que le puso la mano en la colleja al abuelito para que no se hiciera daño al entrar en el camuflado. Cómo se las gastaba Marianico. Pues no era tan corto como parecía. Más bien Cosa Nostra. Pura mafiosidad. Porca miseria.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

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