Francisco Ortiz, Viajes
Deje un comentario

Qaravan (II). Érase una vez en Anatolia

Una panorámica del antiguo monasterio griego ortodoxo de Sumela.

Por Francisco Ortiz

Deportes

    Viajes

Trebisonda amanece con una lluvia fría y deslavazada. Luego de tomarme un desayuno kahvalti tradicional, con su tomate, pepino, queso y té en abundancia, despliego mis mapas y resigo con el dedo la ruta “qaravan” que me espera por la costa del Mar Negro. Nada hay más reconfortante para un viajero que esta tarea. Ante mí tengo, como dulces de miel, los nombres de los lugares que pienso recorrer: Amasya, Sinope, Amasra, Ordu y Safranbolu. ¡Qué lejos queda Estambul!

El trasiego de la ciudad me hace ponerme en marcha y decido callejear por el dédalo del barrio de los bazares, hasta llegar a Santa Sofía. Dejo pues la plaza Meydan y enfilo la peatonal Kunduracilar Caddesi. Por el camino me cruzo con parejas jóvenes tomadas de la mano, chicos que lucen la banda del Trabzonspor (el equipo de fútbol local) y toda clase de gentes venidas del corazón de Asia: azerbaijanos, rusos, anatolios y saudíes. El centro es una sucesión de cafeterías, pastelerías, boutiques y modernas peluquerías. Me paro a descansar en una galería comercial y descubro que estoy en el Tash Han, nada menos que un caravasar, el primero de mi ruta caravanera. Construido en 1647, con una sola cúpula, tiene sus tiendas y cafés. Pero lo moderno no me permite apreciar este local que fue albergue de conductores de caravanas y comerciantes de la Ruta de la Seda.

monasteriosumela

Imagen del monasterio de Sumela. Los turistas pueden disfrutar de unas vistas impresionantes.

Al salir de la mezquita del mercado, Carshi Camii, tomo un taxi (llevo hora y media de caminata) y pido ver la “Aya Sofia”. El taxista vuela más que corre, para pasmo de los viandantes, y me descarga en un parquecito, con un “Yala Sofíya”. No debe tener el día, me digo. Pero cuando me vuelvo, despistado y algo mareado, me quedo embobado ante la iglesia de la Divina Sabiduría, o sea, Santa Sofía. Emplazada en una terracita con una vista sobre la costa, no lejos de las murallas bizantinas, la pequeña iglesia tiene un aire intemporal. Construida entre 1238 y 1263, esta iglesia bizantina tiene claras influencias georgiana y selyúcida. Merece mucho la pena detenerse ante los frescos con estampas bíblicas, como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, adivinar la simbología de los capiteles de los atrios y admirar sus altos pilares y arcos. Aunque fue museo hasta 2013 el gobierno del islamista Erdogan ha convertido Aya Sofya en mezquita.

Al salir de Santa Sofía tomo un dolmús al azar, sin preguntar su ruta o destino. “Allah Knows” dice el chófer. El caso es que trasmontando colinas, pasando Ortahisar y la ronda costera, me bajo en Parque Kale, ileso. Mis pasos me conducen a una tetería (es obligado consumir unos 20 tés diarios) y me asomo a un espigón sobre el mar azul, de un tono apagado. El día, nublado, tiene una luz mortecina, metálica, muy del Norte. Y es que el mar Negro tiene su propio encanto, donde a veces salta un delfín, y uno puede ver sin esfuerzo que el mundo antiguo aún habita en sus olas de cobalto. No olvidemos que en estas tierras se desarrolló la historia de Jasón y los argonautas.

Siguiendo los pasos de las gentes griegas que habitaron Trabzon desde el 746 a.C., cuando colonos de Mileto fundaron una polis sobre una “trápeza” o meseta junto al puerto, hasta 1923, cuando fueron expulsados en nombre de la nueva república turca de Ataturk, me veo obligado a visitar la joya del patrimonio cultural heleno del Ponto. Se trata del monasterio de Sumela.

A menos de una hora de minibús se alcanza, por una buena pero sinuosa carretera, el monasterio. El trayecto ya en sí merece la pena, pues uno se ve envuelto en los bosques de las Montañas Negras, pertenecientes al macizo del Ponto. Subiendo y pasando ríos de montaña, el minibús me deja en un parking a un kilómetro de la taquilla. El paseo me permite descubrir cascadas, un mirador y una ruina de iglesia donde ¡oh sorpresa! una pareja de chicas nórdicas se demoran en sáficas caricias.

Entre las manchas oscuras de abetos y cedros y las manchas claras de alisos y hayas surge el antiguo monasterio griego ortodoxo de Sumela, pegado a una pared vertical de piedra. Construido en las cavidades y grutas del karst, el monasterio tuvo vida monacal desde el siglo XIII hasta 1923. Subiendo y bajando escaleras de piedra se pueden admirar los frescos de la capilla principal, con un Pantocrátor y una enorme imagen de la Virgen María, y asomarse a dependencias como la cocina, las celdas monacales y las capillas menores. A pesar de las labores de restauración los murales de los techos y las paredes están bastante dañados. Las continuas visitas del turismo nacional y el efecto de la iconoclastia musulmana tienen mucho que ver en estos destrozos.

Un senderito empinado me devuelve al parking por otra ruta y aprovecho para probar bocado en el restaurante junto al río. Coincido con familias turcas que hacen picnic y no dejan de jugar con sus móviles. Con el aire fresco de la montaña y la vista puesta en la panorámica del valle boscoso, me dedico a tomar una calentita sopa de pescado o balik chorbasi y lo acompaño con ekmek, o sea, pan blanco crujiente, y la enésima taza de té.

No me queda mucho más tiempo. Me apuran para subir al minibús y, todavía envuelto en la magia del paisaje, me veo acompañado de la pareja nórdica de antes y de una familia saudí. El cabeza de familia es quien pega la hebra conmigo en un perfecto inglés que, por una vez, agradezco. Mahmud se alegra de saber que vengo de Al Andalus, el país de la Alhambra, y me cuenta que le gusta mucho Turquía. “Es un país barato, muy diferente al nuestro, y además es musulmán”, dice mi amigo. “Me gustaría hacer el Hayy” le replico yo, a lo cual contesta con una sonrisa educada pero nada más. Y es que la peregrinación a La Meca o Hayy está vedada a los kafirún, los infieles.

Es ya de noche cuando arribamos a Trebisonda. Agotado por la excursión y huyendo de la bulliciosa vida callejera subo a mi cuarto en el Nur y hago planes para el día siguiente pero me duermo en una esquina de la cama. Sueño con los armenios hemsin, confundo Sumela con el monte Ararat y me desvela la llamada a la oración de la mezquita.

En la estación de autobuses los mozos gritan los destinos como en pleno mercado. Algo que no ocurre en la mansa Europa, la verdad. Quieren atraer clientes despistados, como si dudaran entre Estambul o Ankara, entre Bangkok o Bilbao. Alguno de ellos me ve, y me ayuda en mi tribulación viajera. “Go West” me dice. Sí, sí, pero un trayecto por la costa del mar Negro puede durar muchas horas: Estambul queda a 18 horas de viaje. De manera que en mi ruta a la bella Amasya decido hacer una paradita en Ordu, a medio camino.

Amasya, corazón de Anatolia

La estrecha carretera litoral me conduce por un paisaje apenas urbanizado. Se suceden a mi vista los pueblitos, playas solitarias y acantilados verdes, sin hoteles ni edificios altos como ocurre en la costa mediterránea catalana. Hoy el día es luminoso, el mar es de un verde botella, y los delfines juegan con las olas.

MezquitaBayacetoII (2)

Mezquita de Bayaceto II, una de las joyas de Amasya, en el corazón de Anatolia.

Ordu es una atractiva localidad junto al mar, frecuentada por el turismo nacional. Con su paseo marítimo con palmeras (recuerda a Alicante, la verdad) y sus callejuelas tiene un aire provinciano. Su teleférico es la atracción principal, moderno y que me conduce a la cima de la colina Boztepe. Es el lugar favorito de las familias, y es en un restaurante donde pruebo el marisco autóctono acompañado de un plato de berenjenas. Las vistas de la bahía son espectaculares.

MezquitaBayacetoII

Detalle de la mezquita.

En Ordu y en otras ciudades como Giresun, Ünye y Samsun comprobaré el desarrollo turco, tan vital como no se ve en la vieja Europa. Hay proyectos de infraestructuras, hay inmobiliarias y constructoras a pleno rendimiento, se nota que circula el dinero de los negocios. Los bloques de pisos y oficinas recién terminados se codean con mezquitas en construcción. Hay vértigo y un país en funcionamiento. Turquía es ya una potencia regional, el país musulmán más avanzado y con una desigualdad social menos elevada que en Oriente Medio. El portazo de la Unión Europea a Turquía mientras sostiene a una paupérrima Grecia resulta muy llamativo. Me temo que Europa tiene mucho que envidiar de esta sociedad pujante y trabajadora.

Al día siguiente de mi estancia en la costera Ordu me acerco al descuido por la “otogar” de autobuses y me atienden los chicos de la compañía Ulusoy. “Amasya, Amasyaa” es la canción en los andenes. Subo, pago a bordo y me regalan rosquillas de sésamo y agua de colonia. ¿Quién dijo miedo? Me acomodo para pasar cinco horas de grata lectura. Me hago acompañar por Las torres de Trebisonda, de Rose Macaulay, una sátira de ingleses que viajan a Oriente para hacer prosélitos, y por Le Voyage d’Orient, Espion en Turquie de Bertrandon de La Broquère, en su edición en francés. Convencido de que lo genuino del mundo del Mar Negro está en el interior y no en la costa, me adentro en el corazón de Anatolia.

La pequeña Amasya, con sus apenas 90.000 habitantes, se despliega en una curva del río Yesilirmak. Cuenta con un barrio viejo al Norte del río, al abrigo de un farallón rocoso, y una parte nueva, moderna, al Sur del río. Encajada en un valle estrecho, Amasya goza de un emplazamiento escenográfico, con sus cinco puentes sobre el río, la sucesión de mezquitas y minaretes y las tumbas pónticas excavadas en la roca del acantilado.

Decir Amasya es decir pasear. Lo que al viajero siempre le ha gustado ser, esto es, un wayfaring stranger, aquí se realiza por completo. Bien río arriba hasta las terrazas llenas de animación, donde uno puede fumar en narguile y tomarse un té o una Fanta, bien río abajo hasta la solitaria estación de tren, bien cruzando los puentes y subiendo hasta el castillo, encaramado arriba de las tumbas pónticas. En Amasya uno se siente a sus anchas, viviendo más que visitando la ciudad. Sus gentes también pasean y animan con sus niños esta ciudad tan antigua como el mundo.

Si me animo a visitar el barrio pegado al farallón de roca me encuentro con unas bellas casas otomanas de madera, restauradas y devueltas a la vida en forma de hoteles con encanto y restaurantes como el Strabon, con balcón sobre el Yesilirmak. En este casco viejo también se encuentran otros edificios de época selyúcida como el Yildiz Hamam, y la recogida y misteriosa mezquita Hatuniye. Desde aquí subo a conocer las sugerentes tumbas del siglo IV a.C. subiendo unos escalones de piedra caliza. Corresponden a los reyes del Ponto como Mitrídates. Aunque hay más de veinte tumbas excavadas, visito las más cercanas (el calor aprieta). No cuesta pensar, desde estos sepulcros con fachada de templo griego, que Pompeyo el Grande gobernó estas tierras para Roma, que antes fueron habitadas por los hititas anatolios, y que el esplendor de Amasya fue grande. Al bajar a una terraza unos metros más abajo, contemplo la panorámica de la ciudad, con un té “made in Turkey”.

Mi interés por Amasya aumenta cuando desciendo de las tumbas pónticas y me asomo a los puentes sobre el río. Dos norias mueven sus cangilones con parsimonia y me traen a la memoria el acervo hidráulico del mundo islámico. Norias como estas he visto en Siria y en Córdoba, dando a las aguas su rumor de siglos. Asomado al puente, me dejo llevar por el recuerdo de esos viajeros históricos, como Abu Hamid de Granada, que pasaron antes por estas tierras.

Amasyatumbas

Una vista de Amasya, con uno de sus puentes. Sus tumbas pónticas excavadas en la roca son únicas.

A la caída de la tarde me alojo en uno de los hoteles tradicionales otomanos, llamados konak. Con habitaciones de altos techos y suelos de madera, con armarios sólidos y un sencillo mobiliario otomano, estos hoteles de gestión familiar resultan acogedores en su elegancia antigua. La dueña del konak se llama Fátima, y me atiende junto con su hijo Ferhat. Su inglés tiene un acento alemán muy curioso. Pero lo que me atrae de ella es su figura, en nada semejante a las mujeres mediterráneas. De ojos oscuros y maquillados con kohol, de nariz recta y cabello negro ensortijado, sin velo ni atuendo islámico, es la viva estampa de las mujeres hititas, de las verdaderas anatolias. Al día siguiente, en el desayuno (abundante kahvalti) observo sus brazos desnudos y descubro un tatuaje. Con sorpresa observo impresa la firma de Ataturk, y se lo comento a ella. “En efecto, efendi, soy kemalista”. Encantada por mi observación hablamos de política, mientras me rindo a sus encantos. “Erdogan nos mete miedo con la religión, y traiciona la Turquía laica”, dice Fátima. A todo le digo que sí, que desde luego, pero yo estoy viéndola bailar en Hattusa, la capital del reino hitita, una fresca mañana del año 2015 a.C.

KonakFatma

Konak Fatma. Los hoteles tradicionales otomanos son un lugar ideal para pasar la noche.

Amasya es también un claro exponente del esplendor otomano. En la parte nueva me esperan no pocas sorpresas, pues la vida oriental de hace apenas dos siglos tenía sus instituciones y sus obras pías, todas debidas a la gracia del Sultán. Las gentes disponían de baños públicos, de escuelas o madrazas, hospitales, fuentes públicas y mezquitas. De estas últimas escojo la del Sultán Bayaceto II. Data del 1486, el mármol blanco cubre la puerta principal, el púlpito y el mihrab. El interior está alfombrado en tonos naranjas. El conjunto es lo que se llama un külliye, una mezquita imperial, que consta de: fuente, biblioteca, madraza, comedor de beneficencia, hamam y posada o han.

El viaje sigue pero yo me quedo en Amasya. De paseo por la Ataturk Caddesi entro en un cine. Ponen dos películas, una española, la otra turca. Me decido por esta, cuyo título no entiendo: Bir zamanlar Anadolu’da, del director turco Nuri Bilge Ceylan. La trama se demora en una serie de andanzas de policías y funcionarios que ruedan por la estepa anatólica. Sublime e insondable, muy al estilo del cine iraní. Al regreso al konak, busco la traducción del título de la película y me llevo la enésima sorpresa: “Erase una vez en Anatolia”.

10 de abril de 2015

*****

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *