Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 28, Opinión
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Ni ira ni libertad

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Juanma Velasco

Juanma Velasco

A menudo la libertad acaba volviéndose contra quienes la conceden en exceso. La frase, que no está entresacada de ningún glosario de citas, la han debido acuñar, no obstante, algunos personajes con derecho a BOE de la Historia y con un modo absolutista de entender la relación gobernante-gobernado.

Cualquier totalitarismo, de alta o baja graduación, ha dispuesto de su ley represiva asociada para mantener a los individuos silenciosos, sin capacidad para producirse como turba, con los castigos a vistas, con las fuerzas ejecutoras de la represión gozando de prerrogativas para que no les surjan reparos morales en el momento de intervenir en favor del cumplimiento de la ley a la hora de sofocar cualquier levantamiento, de voz o de piedras, a pesar de que esta misma ley vulnere los cimientos de la dignidad personal de demasiados ciudadanos, actuales y españoles, que pese al incombustible mantra de que la crisis forma parte del pasado, siguen dispuestos a echarse al monte de las calles para lanzar hijosdeputas al viento, acuciados, todavía hoy, por la misma opresión que les ha vuelto mínimos, inertes, seres sin apenas futuro.

Enumerar las incontables civilizaciones/territorios/naciones que se han servido de la tiranía, del despotismo, de la dictadura, de la monarquía, de las oligarquías, de la esclavitud para preponderar sobre la plebe, y sus respectivas leyes mordaza aparejadas, consumiría no sólo ya el espacio de esta reflexión sino una buena parte de la memoria de los ordenadores del planeta.

La frase del inicio, retornando a ella, no deja ser ser cierta. La condición humana es proclive a ir colonizando espacios de libertad, personales y colectivos, más allá de lo que establecen no ya las leyes sino las normas no escritas. Pero cuando esa libertad excede de los lindes que los gobernantes consideran juiciosos, incluso permisivos, aprestan a promulgar una Ley Mordaza cualquiera que atempere las proclamas y retorne los palos a las fregonas, con la única finalidad de mantener sus privilegios y sus constantes de poder para devolver, a fuerza de fuerza, la mansedumbre a las calles.

Abrazado a un totalitarismo de salón, uno de esos que tratan de hacer pasar por neoliberalismo, el PP, desgastado por el peso del estallido de demasiadas economías domésticas, se ha visto necesitado de blindar su impunidad más allá de los aforamientos, de la injerencia en las principales instituciones judiciales, del control de la práctica totalidad de radios, televisiones y periódicos generalistas, del cercado de las opiniones personales en las redes sociales y ha necesitado prohibir los movimientos populares, no fuera que amaneciera un nuevo Pablo Iglesias a caballo en lo que queda de legislatura (por si no tuvieran bastante ya con el nietísimo, con Ada Colau, y con el tránsfuga pijo de Rivera) y le diera por entrar en el Congreso con una pancarta en la que figurase, literal, ¿orgullo de ser del PP? ¿por qué? ¿no será vergüenza?

Asombra comprobar el alcance de las restricciones que exhibe la Ley de Seguridad Ciudadana (elaborada por y para nuestro propio bien, parece desprenderse del bautismo) y que emula a las viejas leyes franquistas en la materia, en las que las distintas policías tenían la potestad de meterse en el coche de cualquier pareja de novios que se estuviera besando y meterle mano a la chica, o al chico, según tendencias, para comprobar si el grado de excitación era el suficiente para detenerlos o se conformaba con cortales el rollo.

Abochorna, al menos a mí, que un partido del que su máximo líder grita su orgullo de pertenencia mientras centenares de expedientes judiciales que afectan al todo y a sus partes, se dilatan con recursos y apelaciones, haya autorizado el porrazo, multiplicado las sanciones por desórdenes y dotado a las policías de poderes más propios de la Guarda Civil de los años cincuenta. Sonroja el comprobar cómo, una y otra vez, quienes se beneficiaran económicamente de las prebendas económicas oscuras que la laxitud en el control y la aquiescencia de la cúpula de un Partido Popular en el que los propios zorros y zorras eran quienes custodiaban el gallinero, apuesten por vociferar la limpieza de su sangre y los blasones de su pureza democrática.

Como el Estado ha rolado a policial, el resto de partidos ha anunciado la derogación de una ley cuyo único aspecto positivo es su presunta condición de efímera. La popularmente, por partida doble, llamada Ley Mordaza no deja de ser la marca de agua de un partido y de un Gobierno que ha acabado prefiriendo que le teman a que le quieran. La Ley Mordaza como exteriorización de que el PP es uno de esos partidos de razas peligrosas de los que conviene apartarse incluso si llevan el bozal puesto.

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Artsenal

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