Luis Sánchez, Relatos cortos
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La Enguera

Un relato de Luis Sánchez

En cuanto lo he visto…, ¡chas!, se me han ido los ojos detrás. Una corazonada, ha sido una corazonada, ya lo creo, como un puñal hirviendo en el pecho. Y me lo he prometido. Después de rascarme la pelusilla del forro de los bolsillos, ni corto ni perezoso me he dicho: El sillín de la bicicleta puede esperar; cómpralo, Tino, que ésta es la definitiva sin más –le contaba Faustino, que ése era su nombre de pila, a doña Sole mientras contemplaba, satisfecho, el 12.573. Luego pegó un trago largo de vino, estampó un beso complaciente en el décimo de lotería y se lo guardó, como oro en paño, en la vetusta cartera de cuero.

–¿Y qué haría, si le tocara un porrón de duros, eh, don Faustino? –le preguntó doña Sole, ama voluble de La Enguera, parada y fonda, donde aquel tarambana de hombre dejaba caer sus huesos cada día.

–¡Un jamón! Me compraba un jamón del Moncayo y me lo zampaba yo solito. ¡De una sentada! En finas lonchas, como degustan los señoritos.

Y, moviendo las aletas nasales de forma exagerada, Faustino empezó a imitar los gruñidos del puerco; Leandro, el otro comensal que esperaba turno, hizo lo mismo, como si de un eco que resuena en la lejanía se tratase.

–Pues de momento habrá de conformarse con estas riquísimas lentejas –le dijo aquella frondosa mujer, dejándole el plato sobre la mesa de mantel a cuadros.
–¡Viudas, como de costumbre! Antes del sabor, lo noto por el laurel.
–Y tinto de Jumilla, sí señor, para consolarlas.

Y el azar, que no sabe ni de pérdidas ni de ganancias, quiso que, a los pocos días, el famélico sueño de Faustino se viera realizado.

Un martes, antes del mediodía, aquel hombre desgarbado y lenguaraz entró en La Enguera con un bulto al hombro, y en la otra mano lo que parecía un cuchillo de cortar jamón y una botella de buen vino.

–¡Que Dios reparta suerte! –le espetó doña Sole, a modo de saludo y no sin cierta malicia; pero Faustino no quiso oír y subió directo a su cuarto, como si tuviera que saldar a toda prisa una cuenta ineludible con el pasado. Y allí permaneció un par de días.
Al tercero bajó al comedor, pero no se detuvo, y salió a la calle casi a hurtadillas y sin decir esta boca es mía.

–Mala pinta lleva ése –murmuró doña Sole a Leandro.
–Al pasar, le he visto morro de cochino –y Leandro empezó a imitar los gruñidos del puerco.
–¡Ande!, no sea usted exagerado, hombre de Dios.
–¡St, eh!, lo juro por mis muertos. Y si no, pregúntele a Anselmo, el de la tienda de coloniales, que ése sí que entiende –soltó con voz pastosa de herrumbre y lodo.

Con la misma actitud esquiva con la que había salido, Faustino regresó por la tarde y, taciturno, se encerró en su cubil. Por la noche, doña Sole, mitad curiosidad, mitad preocupación, llamó con los nudillos a la puerta de la habitación y, en vista de que no respondía, recurrió a la llave maestra…

Y allí, colgado de la pobre lámpara del techo, lucía bien lustroso el hueso entero del jamón, y tendido sobre la cama yacía el cuerpo desnudo de Faustino convertido en marrano. ¡Santo cielo, si parece obra del mismísimo Maligno! –exclamó doña Sole, quien sin salir del espanto corrió a pedir ayuda; pero ¿a quién! Y en seguida le vino a la cabeza Anselmo; él seguro que la ayudaría, pensó, aunque sólo fuese en recuerdo de pasados amoríos y otras aventuras. Se puso el abrigo y la bufanda y corrió hasta su casa, que quedaba a seis manzanas de La Enguera.

Dos y repique era la antigua contraseña convenida, se dijo antes de atizar el picaporte dorado. En cuanto se asomó por la ventana, Anselmo supo que Sole se hallaba en apuros.

–¿Qué pena te trae la moneda?

–Estoy… bueno, he de solventar un asunto oscuro como la noche. Tengo un puerco, Anselmo, que puedo repartir: un jamón, una paletilla y el mondongo para mí; el resto, todo para ti. ¿Hace?
Anselmo la miró de arriba abajo y el precipicio que asomaba por aquellos ojos negros de animal acorralado le removió una pasión indomable; pero se contuvo y trató de disimular.

–Decídete: no tengo tiempo –insistió Sole–. Ha de ser ahora, ¡ahora!
–Está hecho. Y… una copa de orujo, de ése que sólo tú sabes servir.
–Ya veremos, morral.
–Vete yendo, Sole, que no nos vean juntos… Yo voy por los cuchillos y en un santiamén estoy ahí.

Y aquella misma noche, como buenos hermanos, como antiguos amantes y como nuevos cómplices, se repartieron el gorrino y su sombra.

De Faustino, nunca más se supo. Claro que, con el dinero que aseguran que le había tocado en la lotería, bien pudo haberse marchado a vivir a cualquier otra ciudad, e incluso al extranjero. Es lo que hace el dinero, que la gente cambia de la noche a la mañana.

(Nota para los más curiosos. El autor debe confesar que, una vez acabado el cuento, fue seducido por el azar de la superstición y aún hoy persiste en el número 12.573, sin que hasta la fecha le haya agraciado la suerte; aunque, quién sabe, de haberle tocado la lotería, tal vez ahora no sería el mismo. Usted, amigo lector, ya me entiende.)

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Luis Sánchez

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