Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 29, Opinión
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Gobierno, ergo amnistío

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

Juanma Velasco

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Los disfraces, mejor en Carnaval. Demasiados hechos, demasiadas acciones, demasiadas decisiones en esta última franja que conocemos políticamente por legislatura atufan a disfraz. Pero lo peor es que quienes los diseñan pretenden hacerlos pasar ante nuestros ojos por impedimentas de a diario, un pret a porter de cutreZara o de parecidas marcas que refuerzan, además, y siempre según declaraciones de ministros meapilas, la marca España.

Uno de esos disfraces fue la ley de amnistía fiscal, la promulgada en 2012 para absolver a los convictos del dinero y que pudieran pasar por la caja de la cocina para que solo les pudiera identificar el cajero y el recaudador, para no tener que desfilar por delante de los millones de invitados que no tienen oportunidad de irse sin pagar de un restaurante sin poner el riesgo su libertad o exponerse a una sanción que les deje en telaraña picada.

No es nueva esta práctica de perdonar los delitos al defraudador chic por mucho que Pedro Sánchez se desgañite ahora demandando transparencia y taquígrafos. Los suyos, aquel PSOE de 1984 y de 1991, también le dieron cuartelillo a los ricos para que lavaran sus dineros mientras los inspectores de Hacienda se tapaban los ojos, a regañadientes los más profesionales, como me consta que sucede entre el bajo y medio funcionariado de la actual AEAT. Sólo que Sánchez casi no había ni nacido por entonces y no quiere ni escuchar topicazos al uso como que ni hay nada nuevo bajo el Sol y que la Historia se repite. Máxime ahora, que aletean elecciones por doquier y que el personal está sensible hacia esa piara de evasores que sin embargo se atiesan cuando suena el himno y abogan, en las sobremesas sin micrófonos, por azuzar los tanques contra Catalunya si se segrega de esta España en la que mejor no guardar el dinero de más. Viva El Salvador.

Solo que en estos tiempos precarios y desiguales, quizá también como aquéllos, la afrenta del perdón a las élites duele más porque ha sobresalido uno de los setecientos cinco amnistiados con un cierto caché social y lucía galones de vicepresidente, económico, de un Gobierno que se nos sigue presentando como milagroso pero que se ha acabado manifestando infestado de imputados/acusados/señalados a destiempo, cuando el olvido ya se ha hecho fuerte en los expedientes y en la desmemoria colectiva.

Pero para quienes no disponen de otro patrimonio que sus fieles facturas de fin de mes, para esa abrumadora mayoría para la que el número de ceros a su alcance es inferior a los dedos de una mano, lo de la amnistía fiscal a los más pudientes supuso en ese todavía reciente 2012 un topetazo de realidad que ponía de manifiesto que el voto seguía siendo una patente de corso para quienes lo recibían, que la democracia seguía siendo asunto de un puñado de totalitarios. Pero restaban tres años largos para la renovación electoral y el PP fio a la querencia al olvido de las mayorías, aquella ley de perdón fiscal que les aseguraba a sus promotores un sillón en algún consejo directivo si las urnas les venían mal dadas a la siguiente consulta.

Y así hubiera sucedido si los engranajes del caso Rato hubieran continuado atascados un par de meses más y hubiesen dado la hora pasadas las elecciones. Evocar un hecho concreto del pasado es algo que no se suele hacer si no existe un palo que remueva la mierda. Y como mierda, palos y removedores sobran, aquella amnistía y sus secuelas han sido resucitadas ahora para poner de manifiesto lo que es consustancial al ejercicio del poder, que el dinero empieza donde finalizan los programas electorales, que los gobernantes son esclavos de ese pterodáctilo de alas siniestras que atiende por eso tan inespecífico pero fehaciente llamado mercado, que devora cualquier atisbo de integridad ideológica, cualquier vestigio de inocencia.

Quizá lo más práctico sea adquirir un disfraz personalizado y quedarse en cueros tan solo ante aquellos que, como los aludidos ceros a la derecha, caben en los dedos de la mano, de las dos si se es afortunado.

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