Luis Sánchez, Relatos cortos
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Fantasmas

Por Luis Sánchez

Lupe, la muchacha que se ocupaba tanto de la casa como de quienes habitaban en ella, se despidió de Ramiro con un ciao. ¡Eran las ocho y media! Llevaba demasiada prisa y se lo recordó con un gesto de manos. Él, también con las manos, y visiblemente exhausto, se disculpó por la imprevista tardanza y, acto seguido, le preguntó lo de siempre:

–¿Todo, bien?
–Sí, sí… Bueno, hasta mañana –contestó ella mientras cogía el abrigo y el bolso y luego se perdía por el pasillo–. ¡Ah! –añadió, retrocediendo unos pasos–, dejé la bolsa que trajo la señora Isabel en la mesa de la cocina. ¿Okay?
–¡Gracias!

Como cada noche, desde hacía ocho meses, justo el tiempo que hacía que Rosa, su esposa, había fallecido, Ramiro, tras regresar del trabajo, pasó revista, primero, a su madre y, después, a su hijo. Ella, postrada en la cama, contemplaba, inocente, el cielo mudable de la habitación y el crío, en su cuarto, leía un cuento de aventuras y fieras salvajes, enredado en el edredón de colores. Cuando, por fin, se sentó frente al televisor para comerse las berenjenas rellenas que Lupe le había dejado, pareció oír a su madre…

–¿Ocurre algo, mamá?
–El perro… –soltó ella, con un hilito de voz, al tiempo que con el índice tembloroso señalaba debajo de la cama.
–No hay ningún perro, mamá. Aquí no tenemos perros.

Ella hizo una mueca, a caballo entre la resignación y el enfado; y continuó con su mirada perdida, más allá de las nubes. Ramiro permaneció de pie unos segundos, tratando de eliminar, con su sola presencia, el temor de Albina, hasta que recordó que Isabel, la única amiga que le quedaba a su madre, había estado en casa, y con ella –cómo no–, el inseparable Chusqui. Y entonces, sí…

–¡Hale, sal de ahí! ¡Fuera, fuera de casa! –gritó Ramiro arrodillado bajo la cama de su madre. Y, a continuación, acompañó a Chusqui por el pasillo, y para demostrar que el chucho había sido expulsado de casa, pegó un sonoro portazo. Luego regresó a la habitación de su madre y le dijo:

–Ya está. Ya lo he echado fuera.

Albina sonrió aliviada. Y le dio las gracias.

–Y ahora, a dormir, ¿eh?

Y ella asintió, como una niña buena.

Ramiro ya estaba en el último bocado, y a punto de fumarse el penúltimo cigarrillo de la noche, cuando oyó la tierna voz de Sergio, que le reclamaba no sin premura.

–Bueno, ¿y ahora, qué pasa?
–Es Bronzo, es Bronzo… Está en el armario –respondió el crío, con alarmante preocupación.
–No puede ser. ¡Imposible! –exclamó Ramiro, llevándose la mano a la frente.
–Sí, papá. Te lo prometo. ¡Lo he oído, lo he oído!

Ramiro se giró y vio la manga del anorak negro de Sergio que sobresalía por la abertura del armario empotrado, conque aprovechando que le daba la espalda a su hijo, corrió de sopetón la hoja del armario y pilló por sorpresa a aquel inmundo monstruo, lo sacó de la habitación en volandas, lo arrastró por el pasillo, abrió la puerta y lo arrojó escaleras abajo. Después pegó un solemne portazo.

–¡Se acabó! Y esta vez va en serio: Bronzo no volverá a molestarte.

Sergio, libre ya de amenazas, sonrió complacido y aguardó el todopoderoso abrazo de su padre.

–Es hora de dormir…
–Mañana tengo partido.
–Razón de más.

Y Ramiro le subió el edredón y apagó la luz de la lamparilla.

Mientras se deleitaba con una generosa cuña de queso, a modo de postre, el cansancio iba apoderándose de él. Minutos después, Ramiro se arrellanó sobre el sofá, bajó el volumen del aparato hasta dejarlo casi imperceptible y, vagando con las volutas de humo de lo que era el último cigarrillo de otra noche más, vio en la ya escurridiza pantalla del televisor el busto de una hermosa mujer, que lo observaba con detenimiento, y poco antes de que se le nublara la vista, los labios carnosos de Rosa se aproximaron a los suyos… hasta que un beso fundió a negro la pupila de sus ojos.

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Luis Sánchez

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