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Diego Carcedo: “La televisión ha caído en una programación deplorable”

Diego Carcedo, excorresponsal de TVE en Nueva York. Foto: J. A.

Por José Antequera. Viernes, 24 de abril de 2015

Deportes

  Entrevista

Charlar con Diego Carcedo (Cangas de Onís, 1940) es hacerlo con un veterano pionero, un mito de la televisión española. Precursor del nuevo periodismo español de los setenta, reportero de guerra y aventurero incansable (afirma haber puesto pie en todos y cada uno de los países de la Tierra) fue durante años el corresponsal de TVE en Nueva York, ese periodista con aspecto de filósofo insomne y barba espesa que se colaba en nuestros hogares en blanco y negro, más tarde en color, para poner voz y rostro a las noticias del mundo desde el Empire State, Broadway o la Estatua de la Libertad. Conectamos con Diego Carcedo, decía la peripuesta presentadora desde los estudios en Prado del Rey, y ahí aparecía él, el reportero solitario de la Gran Manzana, entre la riada de taxis amarillos, la neurótica muchedumbre neoyorquina y las rabiosas luces de neón de Times Square, con su dicción perfecta, su estilo descreído de contar las noticias del convulso siglo XX y una vida apasionante a cuestas que era la envidia de todos los que teníamos el sueño inalcanzable de ser, algún día, periodistas y enviados especiales en Nueva York. Hoy hace un alto en el camino y nos concede una entrevista poco antes de su conferencia en la Casa de León en Gijón, donde, ante un público entregado recordó mil y una anécdotas de su azarosa vida como reportero. Los desastres de la guerra, Vietnam, África, Centroamérica, el estallido del sida, los vaivenes de Wall Street, la luchas raciales en Estados Unidos, las matanzas de francotiradores enloquecidos, la guerra fría, la carrera espacial, los presidentes que llegaban a la Casa Blanca, el nacimiento del islamismo radical… En pocas palabras, telediario a telediario, conexión a conexión, reportaje a reportaje, nos ha ido contando la vertiginosa historia contemporánea. Y todo eso a la hora de comer y sin movernos del salón de nuestras casas. Todo eso sin que nos diéramos cuenta.

Empezaste en Los Reporteros, un programa mítico de TVE, junto a nombres como Miguel de la Quadra Salcedo, Javier Basilio o Jesús González Green. Hoy se hacen cosas muy distintas en televisión, como Quién quiere casarse con mi hijo, Adán y Eva o Gran Hermano. Mucho ha cambiado el cuento…

Desgraciadamente ha cambiado para peor en muchos aspectos, aunque en otros ha mejorado, contamos con medios técnicos mucho más avanzados, con más facilidades para comunicarnos pero en los contenidos, la verdad es que la aparición de las televisiones comerciales ha defraudado muchísimo porque están demostrando que lo que les interesa sobre todo es ganar dinero, sin preocuparse por nada más, y estamos cayendo en una programación muy deplorable. Por fortuna, TVE se salva, la 2 especialmente, pero competir con los programas populacheros que tenemos en abundancia resulta muy muy difícil.

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Foto: Marcial Guillén.

El espectador quizá se haya hecho más superficial, menos analista, menos sesudo que hace unas décadas, ya solo piensa en evadirse.

Realmente, el espectador muchas veces solo quiere el morbo, no tiene pudor en este sentido. La gente lo oculta, pero si hacemos una encuesta en la calle, y se ha hecho ya en TVE, nos encontramos con que la mayor parte de la gente te dice que prefiere La 2, que lo que le gusta es ver la segunda cadena de TVE, pero luego están viendo todos estos programas de los que estamos hablando, que yo no quiero señalarlos uno a uno pero la gente es cierto que acaba viéndolos. Yo puedo llegar a entenderlo, pero también puedo decir que si ahora mismo los ciudadanos se negasen a ver estos programas, si no los viesen, estos espacios televisivos durarían veinticuatro horas. No creo que los colegas de las demás televisiones privadas programen esos contenidos porque les gusten a ellos, aunque alguno habrá; creo que en general no son esos programas los que les gustaría ofrecer. Pero es lo que se consume, desgraciadamente.

Fuiste corresponsal en Lisboa y nada más llegar te tocó cubrir la Revolución de los Claveles.

Bueno, en realidad no fue así, esa es una enorme leyenda que me atribuyen. Cuando estalla la Revolución de los Claveles yo estoy en Argentina. No me cogió allí. Fue casi dos o tres años después cuando fui de corresponsal, pero me tocó hablar muchas veces de la situación general en Portugal. Era una etapa muy intensa, con muchos intentos de golpe de Estado. Los que habían llevado a cabo el movimiento revolucionario eran personas muy populares sobre los que informé y por eso la gente me fue asociando con la Revolución de los Claveles, como si yo hubiese estado, pero en realidad nunca estuve. Luego sí que es verdad que escribí un libro que se llama Fusiles y Claveles, donde matizo y confirmo que no estuve presente en esos momentos iniciales, cuando estalló la revolución. Lo cierto es que permanecí seis años en Portugal, seis años que fueron muy interesantes, los primeros muy tensos, en los que había una inseguridad y una incertidumbre política total en el país. Después me tocó toda una etapa de estabilización democrática, de negociación para la entrada en la Unión Europea, la consolidación de las buenas relaciones con España, en fin, una transformación total.

Y luego a Nueva York…

Así es, allí estuve más o menos el mismo tiempo, unos seis años…

¿Y cuántos presidentes pasaron por tu corresponsalía?

Pues pasaron Reagan y Bush padre; cuando llegó Clinton yo ya me había marchado.

¿Qué recuerdos guardas de aquellos tiempos de periodismo en la Gran Manzana?

Uf, muchísimas anécdotas para recordar, todo lo que ocurre en aquel país es sumamente interesante, sobre todo para un periodista de televisión, porque estás todo el día ocupado, todo el día aprendiendo, porque pasan muchísimas cosas. Muchas veces el problema era, entre los muchos temas interesantes que surgían, elegir por cuál optabas, porque todo lo que sucede allí repercute e interesa aquí de alguna manera. Recuerdo que me tocó cubrir muchas historias ajenas a la política, y eso que yo lo que tenía que trabajarme fundamentalmente eran las noticias políticas. Tenía como adjunta a Rosa María Calaf, que se ocupaba más de los temas sociales y los hacía maravillosamente, pero por ejemplo nos tocó cubrir toda la irrupción de una enfermedad terrible y desconocida hasta el momento como el sida. En Estados Unidos no se hablaba de otra cosa, los problemas con la mafia, que también en aquellos tiempos hubo unos cuantos muertos. Me tocó ser el corresponsal en Naciones Unidas, en Wall Street, informar sobre todos los asuntos relacionados con la economía, la Bolsa… En TVE yo siempre seguía una norma: que no debíamos dar una noticia que no interesara al menos a medio millón de personas. Recuerdo que había un corresponsal de La Voz de Galicia que siempre andaba buscando noticias en Estados Unidos que interesaran a los gallegos y nos venía con las historias más pintorescas.

¿El atentado contra Reagan?

Pues me cogió precisamente en Portugal comiendo con el primer ministro Pinto Balsemao en el castillo de San Jorge y recuerdo que le llamaron por teléfono para decirle que había habido un atentado contra Reagan. Sí me tocó plenamente el atentado contra Sá Carneiro en Portugal. Y luego, ya en Estados Unidos, el escándalo Irán-Contra, la destrucción de un satélite artificial, un Sputnik, todos los conflictos en Centroamérica, la guerra de Nicaragua… Y también el referéndum para la entrada de España en la OTAN, la negociación para la continuidad de las bases americanas en nuestro país, en fin, fueron unos años apasionantes.

Y por supuesto el estallido de la revolución islámica, que en aquellos años empezaba a germinar y fíjate hasta dónde ha llegado el asunto.

Eso fue un poco antes, pero sí. Cuando ocurrieron los primeros atentados graves de Al Qaeda en Nairobi y Dar-es-Salam yo ya estaba de director de TVE.

¿Alguien en Estados Unidos podía sospechar que el 11S era posible?

Ni por asomo. Era absolutamente inimaginable, yo nunca pude imaginar que los fundamentalistas tuvieran esa capacidad de actuar ni que los Estados Unidos fuesen tan vulnerables; fue una sorpresa enorme para todos, la capacidad de prever aquello fue cero.

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Foto: J.A.

Ni siquiera los servicios de información…

Había habido un atentado contra las Torres Gemelas con dos o tres muertos. En Estados Unidos pasan grandes matanzas, veteranos de Vietnam que se suben a edificios y empiezan a matar gente indiscriminadamente, ese tipo de historias se producían con cierta frecuencia. Sí recuerdo, y alguna vez lo he contado en alguna conferencia, que ya en los meses finales de mi estancia allí me pidieron de Televisión Española que enviara una entrevista con un experto, el director de un instituto de análisis prospectivo de estos temas en Washington, y no era para salir yo dando la crónica sino para un programa que estaban montando en Madrid. Querían unas declaraciones de este hombre. Así que me fui a Washington a hacerle la entrevista, una entrevista muy relajada en su despacho. Era la etapa del final de la Guerra Fría, las cumbres de Reagan y Gorbachov y cuando terminamos le pregunté: Bueno, y ahora que termina la Guerra Fría, los años de tensión que hemos vivido, parece que hemos recuperado la paz y la normalidad. Y me respondió: Qué va, está usted equivocadísimo, el hombre es incapaz de vivir en paz, toda la historia de la Humanidad ha sido una historia de guerras y guerras. ¿Pero qué peligros ve usted ahora mismo?, volví a preguntarle. Y él me dijo: Veo dos clarísimos, uno lo debería conocer usted muy bien, son los nacionalismos identitarios, y otro son los fundamentalismos religiosos. Aquello me dejó a mí cavilando, pensé automáticamente en aquellos tiempos de la Edad Media, cuando las Cruzadas, la Inquisición y todo aquello, pero lo que menos me dio por pensar es que podía pasar lo que sucedió…

El horror en televisión sigue ahí, tenemos muy reciente el accidente del avión de Francia, donde un piloto se vuelve loco y le da por estrellarse con todo el pasaje dentro.

Terrible.

¿Te ha gustado el tratamiento informativo que los medios han dado al desastre?

Lo he seguido por varias televisiones y lo están haciendo bien. Se está haciendo mejor que en otras épocas porque hay satélites, informática. Ahora ocurre un suceso como este y a las dos horas ya hay una compañía telefónica, francesa o cualquier otra, que te planta un satélite para que puedas entrar en directo. En mi época, cuando tenías que enviar una crónica, utilizar un satélite costaba medio millón de pesetas cada vez que hacías una conexión. A veces comprimíamos la noticia para meter dos o tres noticias, era carísimo; ahora los precios han bajado muchísimo, están los teléfonos móviles, las redes sociales, puedes enviar una crónica en tiempo real. Se nota que hay mucha mayor agilidad.

Sin embargo, en ocasiones se saltan los libros de estilo, los códigos éticos, todo vale por conseguir la declaración del familiar que ha perdido a un ser querido, la exclusiva…

Bueno, códigos éticos se han hecho doscientos, la asociación de la prensa, todo el mundo los ha hecho. Yo me quedo con el de la Unesco, que me pareció el más completo y aceptable. Continuamente hay desaprensivos que se los saltan, y no tanto entre los periodistas como entre las empresas que lo que quieren es vender como sea y lo demás les importa un pimiento.

Has sido corresponsal de guerra en conflictos bélicos por todo el mundo, ¿has sentido miedo cuando estabas en medio de una batalla?

Todas las guerras son absurdas. A mí me pasaba una cosa muy curiosa: mientras estaba en medio de la guerra aguantaba el tipo mientras otros compañeros se marchaban, pero una hora después me temblaban las piernas. Sí tuve miedo. Muchas veces. Pero no pensaba en ello. Estos 150 pobres pasajeros del avión que han muerto por un piloto que se vuelve loco tampoco tenían conciencia del peligro que corrían y les ocurrió. La muerte se cruzó en su camino. Un buen amigo solía decir que en la guerra hay muchos peligros y el mayor de todos no es que te pegue un tiro un francotirador o que pises una mina; el mayor peligro es moverte por ciudades con tráficos catastróficos o que te maten para robarte… son los riesgos complementarios para los que uno no siempre está preparado.

Supongo que Vietnam te dejó una huella muy profunda.

Como todas las guerras, Vietnam no sirvió para nada. Ahora, dentro de poco, van a reponer la serie de Los Reporteros y podremos volver a ver los reportajes que hicimos en aquellos años. Vietnam fue un desastre inútil que costó miles de vidas y hoy nos encontramos con que los mismos problemas siguen allí, la corrupción, por ejemplo, sigue siendo tremenda en Vietnam del Sur. Fue una experiencia terrible, sobre todo aquellos días del 29 al 30 de abril, cuando Saigón ya estaba cercada. Quedábamos pocos periodistas extranjeros sobre el terreno. Nos dijeron que la guerra estaba perdida y que era cuestión de horas que el Vietkong entrara en la ciudad. Así que empezaron a evacuar a la gente. Al final, un grupo reducido decidimos quedarnos para contar lo que pudiéramos, entre ellos nosotros, los de TVE, y Fernando Mújica. Designamos a un reportero argentino como portavoz y los militares americanos nos dijeron que procuráramos estar al tanto porque en la radio, a través de la FM, lanzarían un aviso en clave cuando la situación ya fuera insostenible. La clave era ‘108 Fahrenheit’ seguida de la canción Navidades Blancas de Bing Crosby. Ese era el aviso para que fuéramos corriendo al punto de evacuación. Por la noche subimos a la terraza y estuvimos viendo las explosiones, que eran como fuegos artificiales. A la mañana siguiente me tropecé con el argentino, que me dijo: “Acaban de dar el mensaje en clave por la radio. Tenemos que irnos”. Yo intenté que los de TVE nos quedáramos pero uno de los cámaras, que tenía a su mujer embarazada, me dijo que no, que quería marcharse. Bajé a recepción a pagar. Llevaba 800 dólares en piastras pero querían que les pagara en dólares. Monté en cólera con ellos y uno sacó una pistola y me dijo: ¿Entiende usted lo que le dice mi compañero? Pensé en tirarle un jarrón a la cabeza pero el cámara me gritó: “¡Diego, no hagas tonterías!”. Salimos a la calle, Saigón era un caos, vimos gente muriendo. Nos dijeron que ya no nos podían evacuar, que el aeropuerto había sido tomado por el Vietkong, así que nos llevaron a otro lugar. Había periodistas americanos, franceses, japoneses… Nos dirigimos al puerto, había cientos, miles de personas intentando subir a un barco. Vi cómo los marines atropellaban a la gente con los coches. Luego nos llevaron a la embajada: había una mujer con un niño muerto entre sus brazos. Yo me desmayé al verlo. El cámara me gritaba: “¡Diego, Diego!” Recuperé las fuerzas y al final nos sacaron de allí.

Os la jugabais cada día…

Sí, pero ya digo que el riesgo está donde menos se lo espera uno. Recuerdo que en Honduras estuve haciendo una serie de reportajes, llovía muchísimo y dormía en el campo. Cuando llegué al hotel, en Tegucigalpa, me duché, me afeité y bajé al hall para tomar una cerveza. Había un limpiabotas. Yo llevaba los zapatos llenos de barro, así que le pedí que me los limpiara. Frente a nosotros había una reunión de militares, recuerdo que era una comisión de la OEA: coroneles, tenientes, oficiales, todos ellos aparatosamente uniformados con sus medallas y todo eso. Puse el oído a ver si me enteraba de algo y uno de los coroneles sacó la pistola y la puso sobre la mesa, con tan mala fortuna que se disparó por accidente. La bala pasó a cinco o seis centímetros de mi brazo. Tuve suerte. Enseguida pensé: qué final más lamentable y deshonroso podría haber tenido. Un periodista que ha cubierto terremotos, guerras, epidemias, y terminar muriendo aquí, en la cafetería de un hotel, junto a un limpiabotas. Podría decir que he sido un periodista muy valiente que no ha temido a nada pero realmente tengo que decir que eso no es verdad. Los que hacen cosas excepcionales son los ciudadanos que sufren la guerra en sus propias carnes y están expuestos a las bombas, los que viven allí.

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Junto al presidente de la Casa de León, Santiago Álvarez y al escritor A.M. Gallo. Foto: J.F. Chimeno.

Esa es la mayor tragedia ¿verdad? Que las guerras las empiezan unos y las suele pagar la población civil.

Eso es. Recuerdo a los campesinos del Mekong, cómo trabajaban y araban ajenos a las bombas. Llegaba un bombardeo y nosotros, los periodistas, estábamos todos con el corazón palpitante, pero aquella pobre gente seguía trabajando allí, en medio de las explosiones, como si nada, sin inmutarse lo más mínimo. Tan tranquilos como los bueyes que tiraban del arado. Así de habituados a la guerra estaban. Era terrible. Luego recuerdo la primera vez que vi un muerto. Fue cubriendo un terremoto, había miles de fallecidos. Yo tenía solo 28 años. Una excavadora sacaba escombros y, en una de esas, extrajo el cadáver de una persona, que quedó colgando de la pala. Nunca lo podré olvidar. Luego te vas habituando a ello. Durante la guerra de Yom Kipur bajé hasta Libia. Tuve un problema con el pasaporte y estuve detenido tres veces. Las cárceles libias no son ninguna maravilla y tuve que pasar alguna noche soportando maltratos e insultos de la Policía. Me tomaron por un espía.

Hoy las cosas han cambiado mucho, con la cantidad de medios técnicos que existen casi todo se cubre desde las redacciones, muchas veces ni siquiera se envía a un periodista sobre el terreno, y eso supone un déficit en la información.

Es cierto. Es muy importante ir a los sitios. Cuando llegas al país el primer problema consiste en enterarte de lo que está sucediendo realmente. Me mandaron a Grecia cuando lo del golpe de Estado contra el Rey Constantino. Hice una serie de contactos e intenté sacar noticias. Sabíamos que la información oficial decía lo que le convenía a la dictadura de turno. Convocaron una rueda de prensa de Papadopoulos para informar al mundo de lo que se proponían hacer los coroneles. Llegué antes a la sala de conferencias y vi cómo tres personas dejaban cajas llenas de comunicados de prensa redactados en inglés, francés y griego. Yo me acerqué a las cajas y robé una de las notas, donde anunciaban que se cargaban la monarquía, que el Rey no iba a volver. Aquello era una bomba. Los demás colegas aún no se habían enterado. No perdí ni un segundo. Llamé a la redacción de TVE en Madrid y les dicté una crónica rápida por teléfono. Entonces el redactor jefe vio que no había salido ningún teletipo al respecto y preguntó: ¿Pero cómo ha podido enterarse Diego de todo esto? Como no había confirmación oficial no se atrevieron a difundirla, se retrasaron al menos una hora, y la dieron cuando ya lo sabía todo el mundo. Yo monté en cólera por aquello, monté tal follón cuando llegué a Madrid que pedí hablar hasta con el director. A partir de ahí siempre me creyeron.

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4 Kommentare

  1. Fermin glez dicen

    Debería haber preguntado por la manipulación periodística a la que viene sometiéndose el medio donde trabajaba, rtve.
    Es lamentable la censura informativa de campo en todos sus aspectos.
    Hasta Calaf decía que “si un partido político ganaba las elecciones rtve venia de regalo”.
    Una vergüenza periodística , aquí en nuestro país.
    Me hubiera gustado saber cómo lo veía.
    Gracias

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