Artsenal, Humor Gráfico, Número 28, Opinión, Xavier Latorre
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El vestido rojo

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

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Una agente antidisturbios declaró haber reconocido a Pablo en una concentración que acabó innecesariamente a golpes como el rosario de la aurora. El pobre Pablo estaba de viaje y no pudo sumarse muy a su pesar a esa marcha de protesta. Sin embargo le tocará ingeniárselas para explicarle al juez que se perdió aquella movida por temas laborales. Le pilló fuera. Estaba en un seminario de Historia Medieval. Pablo es de los que no se pierde una manifestación. Quizá eso motivó que la policía diera por supuesto, por todo el morro, que uno de los agitadores era este profesor de secundaria, un activista social muy radical desde hace la tira de años. Sin él, parece como si la subversión no tuviera futuro alguno. Es un fijo; su agenda rebosa convocatorias antisistema, pero solo, mira por dónde, es un peligro público para las fuerzas de orden.

Si el Ministerio del Tiempo no fuera una ficción o su emisión durara lo mismo que la serie Cuéntame, deberían mandar, dentro de unos cuantos capítulos, a un intrépido espadachín, una escritora decimonónica o un relator de la ONU que hable castellano para que eviten que Rajoy nombre ministro de Interior a un represor beato que supone que la ley se hace a medida del que manda y no del que pueda tener la razón de su parte. Jorge Fernández Díaz pretende desalentar la disidencia y criminalizar el malestar ciudadano para rebajar el listón de las libertades públicas por el forro, a su antojo. Por su culpa, en breve, podrá darse el caso de que una multa por solidarizarse con una anciana amenazada de desahucio –que adeuda 11.000 euros a un banco– te salga más caro que el montante de la deuda pendiente de su hipoteca. Con la nueva ley de Seguridad te puede salir por un ojo de la cara filmar cómo agentes de la Guardia Civil disparan balas de goma o lanzan botes de humo a un grupo de inmigrantes ilegales que intentan llegar a nado a la orilla española sin ninguna pericia para mantenerse dignamente a flote.

Con esta nueva ley, aprobada en solitario por el partido de un gobierno que suele amnistiar a defraudadores pertinaces, se consagra que hay actuaciones que se pueden hacer al margen de los jueces. Pueden actuar como forajidos y luego imputar delitos con total discrecionalidad e impunidad. Las descomunales tarifas de las sanciones harán que necesites vender el coche si en una manifestación autorizada te sales del recorrido prescrito, o te tocará solicitar un crédito para pagar una multa arbitraria por expresarte en las redes sociales de forma políticamente incorrecta.

Esta vez Pablo se podrá librar de esta trampa policial porque se acogerá a la normativa legal antigua y porque un juez creerá su versión. En el futuro ya se verá. Él ya es un viejo conocido de los cuerpos de seguridad, que son como de la familia. Lo saben todo de él; quizá, incluso, más que él mismo. Es posible que los mensajes para ir a comer con amigos sean interceptados antes de que él los pueda leer. Este comprometido profesor tiene una amiga, Inés, de la que está medio enamorado. El otro día, en plena calle, les paró la policía a ambos. Algo demasiado habitual, que huele fatal. El agente le soltó a su amiga: “hoy no llevas el traje rojo de la última huelga general”. Tras la identificación y la consiguiente humillación, una vez puestos, de paso, Pablo preguntó con retranca al policía si conocía un sitio dónde cenar bien y barato. El agente les sugirió amablemente que podían volver a la pizzería a la que fueron el día de su cumpleaños. Pablo ya no se acordaba de aquella cita, pero gracias a la memoria de elefante de aquel representante de la autoridad recordó el lugar. Un coqueto restaurante de la afueras. “Señor guardia. ¿Sería tan amable de reservarnos mesa para dos?”.

Pablo no recordaba el dichoso vestido. Le pidió a Inés que se lo volviera a poner para ir a cenar. ¿Algo tendrá esa prenda?, pensó. Ante un plato de pasta, se le declaró. Inés estaba reluciente toda de rojo. “Podríamos encargar el video de la boda a uno de los policías de incógnito que nos sigue a todas partes”. Pablo le estampó un beso con sabor a tiramisú.

El uno de julio entrará en vigor la Ley Mordaza. “Tendremos que empezar a ahorrar y apretarnos el cinturón”, dijo Inés. “Estos cabrones nos van a crujir a multas”. Y se retiraron pronto a casa, para no preocupar más de la cuenta a los agentes que custodiaban su portal. Estaba en juego, decían, la seguridad del país.

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