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Editorial: El mártir perfecto

Viñeta: L’Avi / Viernes, 24 de abril de 2015

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   Editorial

El Caso Rato es la gota que colma el vaso en la serie de escándalos políticos que han asolado a la sociedad española y la han dejado perpleja en los últimos años de gobierno popular. Estamos ante el gran hombre del régimen ultraconservador, el gran piramidión, el símbolo de una época que el Partido Popular siempre ha tratado de vendernos, falsamente, como la edad dorada de nuestra economía patria. A él se le debe el mal llamado milagro español supuestamente iniciado en 1996 (cuando Aznar ascendió al poder y lo designó superministro de finanzas) un milagro que en el fondo no fue más que un nefasto cóctel formado por un cúmulo de leyes especulativas del suelo, burbujas inmobiliarias y explotación laboral de mano de obra barata, sobre todo inmigrante.

Hoy, cuando han quedado al desnudo todas las vergüenzas de un régimen asentado en el fraude y la mentira, cabría hacerse numerosas preguntas, y la primera de ellas sería: ¿Por qué precisamente ahora, por qué la Justicia carga con todo el arsenal legal y mediático contra Rodrigo Rato a pocos meses de unas elecciones generales, acusándole de graves delitos tributarios que con toda probabilidad el exministro de Economía lleva cometiendo desde hace años? La teoría de la mano negra, la vendetta política, parece que podría estar detrás de la detención del que fuera mano derecha de Aznar y posteriormente presidente del Fondo Monetario Internacional y de Bankia. Rato ha formado parte de esa elite política que ha alternado peligrosamente con la clase financiera más poderosa de este país y sin duda ha ido dejando numerosos enemigos por el camino, enemigos que hoy se vuelven contra él y se cobran sus deudas a un elevado interés.

Rato ha formado parte de esa elite política que ha alternado peligrosamente con la clase financiera más poderosa de este país

Rato es sin duda el chivo expiatorio elegido por un Gobierno tocado de muerte (y por los aliados financieros que le sostienen), la víctima propiciatoria dada en sacrificio para purgar por los pecados que en nombre de la corrupción y la austeridad se han cometido contra el pueblo en los últimos tiempos. No había un cabeza de turco más adecuado que Rato para darle el estoque final y ofrecérselo en holocausto al ciudadano. Es la forma que Rajoy ha escogido para decirle al país: ¿Veis como la Justicia funciona? ¿Veis como la ley es igual para todos? ¿Veis como aquí no hay nadie intocable? Detrás de las lágrimas de cocodrilo que lloran muchos de los que ahora se dicen amigos íntimos de Rato hay toda una recua de traidores e hipócritas que estaban deseando ver cómo el otrora superministro amigo de Aznar se arrastraba por el fango. La imagen de ese agente de Aduanas agarrando por el cogote al expresidente del FMI y metiéndolo en el coche policial de un empellón, como a un vulgar delincuente, ante las cámaras de televisión y de decenas de periodistas que habían sido misteriosamente citados con un chivatazo de última hora ante el domicilio de Rato resulta suficientemente clarificadora y sirve para concluir que en este cruento martirio todo estaba previsto, todo estaba preparado de antemano. La venganza, como una maquinaria perfecta y engrasada, tenía sus tempos, sus fases, como en un guión cinematográfico estudiado al milímetro en cada una de sus diferentes secuencias. Rato es el mártir elegido por el PP con la intención de limpiar sus manchas sucias de corrupción, para depurar la mala imagen de un Gobierno paralizado por los escándalos y el fracaso de unas políticas austericidas que han llevado al país a la pobreza, cuando no a la ruina y la miseria.

Ningún español se traga ya que Rato actuaba por libre, llegando a amasar una fortuna oculta en odiosos paraísos fiscales

Llegados a este momento, ¿qué debería hacer el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy? En cualquier país serio, por menos de la mitad de lo que ya sabemos habría dimitido no solo el jefe del Gobierno sino su gabinete al completo. Caso Gurtel, caso Bárcenas, caso Bankia, caso preferentes, caso Blesa, caso Granados, caso Matas, caso Aministía Fiscal, y así hasta llegar al caso Rato son algunos de los pozos enfangados en los que el PP ha ido cayendo, uno tras otro, en los últimos meses, sin duda los más negros de toda su historia. Sin embargo, en una actitud que roza el sarcasmo, a nuestro presidente solo se le ocurre comparecer públicamente para decir que el caso Rato es una cuestión particular; solo se le ocurre declarar que el PP es una víctima de otros que no sabemos quiénes son; solo se le ocurre seguir escapando por la tangente, escurriendo el bulto. Es una broma pesada, señor Rajoy. Ningún español se cree a estas alturas que el tesorero Bárcenas era alguien que iba por Génova de uvas a peras y que nada tenía que ver con el PP. Ningún español se traga ya que Rato actuaba por libre, llegando a amasar una fortuna que puede estar escondida, supuestamente, en odiosos paraísos fiscales. Ningún ciudadano da por válida la burda explicación de que el Partido Popular ha sido víctima de un complot de cuatro chorizos que pasaban por allí. Ocurre que el ciudadano no es tonto y que se ha dado cuenta de que ya no valen excusas simplonas, coartadas imposibles, simples ocurrencias, esa palabra que tanto le gusta repetir a nuestro ingenioso y locuaz presidente. El PP es un partido que ha vivido largos años por y para la corrupción, y no lo dice esta revista, sino el reciente auto del juez Ruz. Ya no sirven burdas manipulaciones dialécticas, engaños retóricos, artificios, trucos políticos para salir del paso. Es hora de asumir responsabilidades, de hacer limpieza, señor Rajoy. Si no quiere llevar a su partido a despeñarse por un precipicio.

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