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Ciudadanos: el nuevo rostro del monstruo amable

Por Jesús Peris / Ilustración: Artsenal. Jueves, 30 de abril de 2015

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Últimamente he visto diversos montajes fotográficos en las redes sociales que coinciden en señalar al emergente y mediático partido político Ciudadanos (antes conocido como Ciutadans) como una simple máscara del PP. Sin embargo, estas lecturas yerran un poco el tiro. Creo que en realidad no se trata de una simple operación cosmética o de despiste para que incautos les voten sin saber lo que están votando. Creo que Ciudadanos no es la máscara del PP o un mero complemento para permitirle seguir gobernando sino algo peor: su recambio.

No debemos olvidar que hace tan solo cuatro años un tipo como Mariano Rajoy ganó las elecciones en España con una holgada mayoría absoluta. En Valencia llevamos más de dos décadas soportando la hegemonía política y social del Partido Popular. Y de eso no ha pasado tanto tiempo. Es decir, la gente ha mostrado una insistencia tenaz en votar al Partido Popular, demasiado tenaz para no sospechar que de alguna manera sabía –o creía saber– lo que estaba votando.

Raffaele Simone explicó en su libro El monstruo amable (Taurus, 2011) cómo la derecha se había mimetizado con el ambiente. Es decir, cómo los valores hegemónicos en la sociedad son los suyos. La neoderecha juvenil y cool se presenta como ideología de winners: si luchas por tu carrera y exclusivamente por tu carrera, si eres disciplinado y obediente, tendrás éxito, ascenderás, ganarás mucho dinero. Es justo entonces que pagues pocos impuestos, porque ya decidirás tú cómo te gastas tu dinero, qué médico quieres que te atienda y a qué colegio fino quieres llevar a estudiar a tus hijos. Los losers, marcados con el pecado original de la falta de talento, o de la pereza, o de la diferencia, ya se las apañarán. Como máximo, que se les otorgue graciosamente la indispensable beneficencia para evitar el estallido social, pero tú no tienes por qué mantenerlos: lo que es tuyo es tuyo y te lo has ganado tú. Esa es más o menos la música.

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Albert Rivera, líder de Ciudadanos, durante un acto de partido.

Y en efecto, es más fácil identificarse con los winners. Es más fácil empatizar con Jordi Cruz humillando y arrojando su más hiriente mueca de desprecio que con cualquier patético perdedor que ha cocinado un león comegamba. Programas como MesterChef son una escuela de neoliberalismo y de lógica empresarial, una escenificación didáctica del mercado laboral flexibilizado. El que no valga, a la calle, a la oscuridad, al ostracismo, coreado por el escarnio y estigmatizado con la vergüenza. Para el que trabaja, para el campeón de la disciplina frisando con lo castrense, la gloria, el dinero, la fama. Y, no nos engañemos, como demuestran los índices de audiencia, a la gente le encanta.

Recientemente, Víctor Lenore, en su libro Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing, 2014), veía cómo la cultura hipster participaba de este individualismo feroz, de esta obstinada y paciente construcción de la excelencia, y ello la convertía en afín al neoliberalismo, en el nuevo rostro del yuppie: “Ambas culturas, la hipster y la yuppie, se parecen porque son mecanismos de distinción. También comparten valores como el culto a la independencia (frente a las relaciones colectivas), el refinamiento estético (frente al compromiso político) o el apoyo a la meritocracia (frente a la lucha por la igualdad)” (p. 32). En efecto, en cierto modo nuestra sociedad ha convertido en cool “la ‘mentalidad de señorito’ de toda la vida”, con la promesa además de que cualquiera, si tiene el talento y el estilo suficientes, puede convertirse en señorito si se lo propone.

El PP en determinado momento supo encarnar estos valores: “sígueme, y habrá negocio y trabajo para todos. Incluso puede tocarte alguna migaja de la red clientelar porque te lo mereces”, parecía decir. Pero, al final, se le fue la mano. Es decir, el PP no es en absoluto el partido de la meritocracia, sino el del chanchullo descarnado, el del robo y el saqueo como fines últimos (como recientemente explicaba Maria Dolores de Cospedal en un ilustrativo lapsus), el del enchufismo, el de la oligarquía que siente que la caja del estado y la propia son contiguas. Es decir, se le ha notado demasiado que la movilidad social que proponía era ilusoria, y que es el partido de los ricos de toda la vida viviendo como dios. Hagas lo que hagas, nunca podrás gozar una tarjeta black. Para eso debes tener determinados apellidos, o amigos que los tengan. Al PP se le ha caído la máscara y ha revelado ante mucha gente su verdadero rostro de cacique decimonónico con los hombros, además, nevados de caspa.

Me temo que tantos neoliberales intuitivos seducidos por el monstruo amable como había en este país hace cuatro años no pueden haberse convertido de repente a la socialdemocracia, al valor de la igualdad o a la necesidad de redistribuir la riqueza y aumentar el gasto social. Ni aun habiendo caído todo lo que ha caído. Por eso no creo que la subida en la intención de voto de Ciudadanos se deba exclusivamente a que Albert(o) Rivera sale mucho por la tele con cara de yerno perfecto. Es decir, creo que mucha gente que votará Ciudadanos no lo hace engañada. Creo que sabe lo que vota. Creo que durante algún tiempo ha estado huérfana y desorientada, tentada de sumarse a la ola del voto del descontento con coleta y pinta de intelectual de izquierdas, pero temerosa de que le suban los impuestos. Y creo que por fin ha encontrado la alternativa que en realidad estaba deseando, la renovación del monstruo amable: ahora sí la neoderecha, mucho más “neo”, con más posibilidades de dar el pego que Soraya Sáez de Santamaría y otros letizios de la derecha postfranquista. Comparten, eso sí, idéntica convicción y empuje a la hora de implementar la agenda neoliberal.

Sin duda contarán con el voto de quienes confunden las reglas de MasterChef con el orden natural de las cosas. Pero a veces me pregunto también cuántos hipsters votarán a Ciudadanos.

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