Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 28, Opinión
Deje un comentario

Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

Para conmemorar como Dios manda el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, me puse a leer su obra. Y no te puedes ni imaginar lo que me ha pasado, marciano amigo. Al principio todo fue bien. Yo iba leyendo, por ejemplo, eso de “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”, y me recorría el cuerpo un cosquilleo muy agradable que atribuí al éxtasis místico. Emocionado, seguí leyendo en voz alta y monjil eso otro de “vivo ya fuera de mí, después que muero de amor; porque vivo en el Señor que me quiso para sí; cuando el corazón le di, puso en él este letrero, que muero porque no muero…”, y entonces el cosquilleo pasó a ser ya una cosa seria, pues yo, para qué voy a mentirte, me estaba poniendo hasta un poquito cachondo. Continué recitando aquello de “esta divina prisión del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón; y causa en mí tal pasión, ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero…” En ese momento, no sólo me sentí levitar sino que hasta noté cómo un querubín (muy hermoso el muchacho, las cosas como son), me traspasaba el corazón con una flechita de oro que me llegó hasta las entrañas… ¡Desde luego, qué cosas se les ocurren a los querubines, Gurb!

El caso es que me dejó el niño todo abrasado en amor grande de Dios y, claro, yo decidí aprovechar la facultad esa de levitar que inopinadamente había desarrollado para volar por España entera recitando a la santa. Pero, de pronto, cuando tan rica y místicamente iba yo surcando los cuatro contaminados vientos diciendo “¡ay, qué larga es esta vida!, ¡qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida…!”, apareció un helicóptero del ejército desde el que saltó sobre mí don Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno. Una vez en el suelo, mientras me tapaba la boca con un pañuelo y en virtud de la nueva Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, el presidente me prohibió seguir quejándome en público. Después, al tío bestia no se le ocurrió otra cosa que arrancarme un brazo porque yo le recordaba a Concha Velasco que es, me dijo, una santa como una casa y a él siempre le había hecho ilusión tener un brazo incorrupto de santa como los gobernantes cabales. Así que aquí me tienes ahora, Gurb, manquito perdido y cantando por las calles eso de “no te quieres enterar, ye ye, que te quiero de verdad, ye ye ye ye”, para sacarme un dinerillo con el que comprarme otro brazo, procurando, además, no molestar al Gobierno no sea que caiga sobre mí todo el peso de la Ley Mordaza y me desgracie aún más…

Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla
Post scríptum:
¡Ay, Gurb, qué vida tan amarga do no se goza el Señor…!

*****
Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *