Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 27, Opinión
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Yo, Tarzán. Tú, Chita

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Por encima de ateos, agnósticos o creyentes existen la Constitución y los Derechos Fundamentales; el derecho a profesar libremente cualquier credo, fe religiosa o postulado científico. Y no seré yo: un laico educado en la cultura católica, quien lo niegue o lo esconda. Esta declaración de principios viene al hilo de la polémica publicación del currículo de la enseñanza de Religión Católica en el BOE, que ha puesto en pie de guerra a la artillería tuitera más descreída. A estas alturas, el sufrido personal no está de humor para rezar el Ángelus por decreto o entonar el mea culpa económico. Y, claro, a la primera oportunidad, saltan a la red sin paracaídas para reivindicar con orgullo su herencia primate, de macaco o chimpancé. Una historia evolutiva de homínidos que consiguieron atesorar en sus venas sangre azul, entroncada con las ancestrales estirpes de gorilas dominadores que esclavizaron durante milenios a los parias titís. Estos primates, encaramados a los árboles, saltaban de rama en rama –toma canela–, peleaban por las hembras y luchaban por el trono si los piojos les daban tregua. En estas maravillas de la Naturaleza llegó Dios, Nuestro Señor, para recomponer su fracasado experimento –todo, sin menoscabar su infalibilidad– y otorgó a ciertos primates el alma taumatúrgica que luego vendieron al diablo por un plato de lentejas, un yate de tres cubiertas o un chute de heroína. Pues la Naturaleza y los dioses, en coalición –que ahora está muy de moda–, terminaron de liarla parda.

¡Dios mío!, ¿no tenías a mano otra especie más cualificada para hominizar? Una mariposa, por ejemplo. Así, todos volaríamos felices, de rosa en rosa, libando con la espiritrompa el néctar de las flores. Viviríamos lo justo para disfrutar de la metamorfosis y tendríamos la oportunidad de figurar en las obras de Kafka o descansar con las alas abiertas, planchados en todo nuestro esplendor, entre las hojas de un libro; una forma tan digna como otra cualquiera de pasar a mejor vida.

Románticas bolboretas aparte, no es la primera vez que se presenta la polémica creacionista en nuestro Boletín Oficial Eclesiástico (BOE). La diversas leyes educativas que hemos padecido, y los concordatos con la Santa Sede, obligan a publicar de manera oficial el temario aprobado por la Conferencia Episcopal. Conferencia formada por un grupo de hombres de fe, que no pueden dudar de los dogmas –que por algo son dogmas y no teorías científicas–. Claro, que si habláramos de Ciencia, los dogmas serían paradigmas: errores aceptados durante siglos o años a pie juntillas por la comunidad científica, hasta que surge un hereje o un disidente que formula un nuevo paradigma y destrona al anterior. Nos guste o nos disguste, así avanza este mundo nuestro dominado por insaciables primates que saltan de rama en rama, de hembra en hembra o de chute en chute. Primates devotos que van de rosario en rosario, de misa en misa o de procesión en procesión. Primates con alma y macacos desalmados. Almas de cántaro y almas en pena. Monos todos, a fin de cuentas –unos más que otros, dice mi señora–.

Si, por casualidad, me echara el alma a la cara, no sabría qué decirle. Ramón (Gómez de la Serna) tal vez le hubiera dedicado una greguería trabalenguas: el alma es un arma de dos filos. Dicen que los dioses la inspiraron y los hombres de ciencia la buscan sin parar. Los diablos la codician y los flamencos la vierten a raudales.

De si Dios existe o no existe o si veranea en Marbella o en San Salvador no puedo darles noticia, al igual que no puedo contestar las dudas de Stephen Hawking sobre los agujeros negros. Ni siquiera estoy seguro de que este mundo no sea un tremendo agujero negro, pero sí doy gracias a Dios de que existan científicos con mentes tan maravillosas, y Teresas de Calcuta y Vicentes Ferrer con almas tan grandes que se escapan del pecho. Hombres y mujeres, en toda la extensión de la palabra, que tienen por dogma el conocimiento y la solidaridad. Yo lo único que puedo decir, con cierto conocimiento de causa, es aquella frase de Johnny Weissmüller: “Yo, Tarzán. Tú, Chita”. Dioses y naturalezas, aparte.

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Gatoto

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