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Viaje al corazón de los sueños

Uno de los experimentos sobre el sueño realizados en el siglo pasado.

Por José Antequera. Lunes, 16 de marzo de 2015

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Fue Calderón quien tuvo la genial intuición de que la vida es sueño, quizá, entre todas las ideas humanas, la que mejor ha explicado el universo, la realidad y la finitud del hombre. Goya creía que el sueño de la razón produce monstruos. Y el inmenso Kurosawa dedicó una de sus obras maestras del cine a los sueños que por momentos se convierten en pesadillas. Vivir es soñar como soñar es vivir.

El sueño ha intrigado al hombre desde los albores de la Humanidad, desde que el primer chamán se metió en una cueva a fumar y a mascar psicotrópicos para sumergirse en un trance onírico y poder asomarse así al porvenir en todas sus mágicas y extrañas dimensiones. En Grecia el sueño era Hipnos, hijo de Nix, la noche, y vivía con su hermano gemelo: Tánatos, la muerte. De modo que el sueño y la muerte son dos caras de la misma moneda. Ambos, Hipnos y Tánatos, vivían en una cueva donde nunca llegaban los rayos del sol. Allí todo era oscuridad. En una ocasión, Hera pidió a Hipnos que durmiera a Zeus. Una gamberrada más de la todopoderosa y temperamental diosa. A cambio le daría la mano de Pasítea. Hipnos aceptó, pero el experimento debió de salirles mal y Zeus despertó encolerizado y con la intención de expulsarlo del Olimpo. Finalmente, Nix apaciguó a Zeus y le convenció de que era conveniente echar una cabezada de vez en cuando para no tener que recurrir al Rohypnol.

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Hipnos, personificación del sueño.

In dreams, en sueños, lloraba Roy Orbison una de sus maravillosas baladas. Los Everly Brothers querían que los dejasen en paz porque todo lo que querían hacer en la vida era soñar y soñar. Toda la existencia de Dalí fue un gran sueño delirante, siempre soñando, siempre esperando un sueño más extravagante y monstruoso que el anterior para plasmarlo en sus cuadros. Y así parió cosas tan maravillosas como delirantes, véase el Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar. Ahí es nada. Luther King tuvo un sueño de paz, justicia y amor que nunca se ha hecho realidad. El arcano del sueño, de los sueños, ha obsesionado a los hombres desde que tienen uso de razón. En sueños somos piratas, astronautas, jinetes, buceadores, alpinistas, aventureros, pistoleros, poetas, ricos, triunfadores, amantes perfectos… En sueños podemos saltar desde el Empire State Building y seguir andando tan campantes por la Quinta Avenida, tras quitarnos el polvo de la chaqueta como si nada. Soñando podemos matar y morir, amar y ser amados, engañar y decir la verdad, volar como un pájaro, nadar como un pez, correr como un gamo, levantar un camión de veinte toneladas, besar a Angelina Jolie o a Brad Pitt (según), detener un vendaval, abrir en dos el Mar Rojo como lo hiciera Moisés, liquidar zombis a machetazos, meter más goles que Cristiano Ronaldo, prenderle fuego a nuestra casa y apagar el incendio de un soplido, convertirnos en centauros del desierto, en cubos de Rubik con patas o en valientes toreros.

Convivimos con nuestros sueños y pesadillas sin saber muy bien por qué los tenemos, por qué soñamos, por qué vivimos aventuras surrealistas en universos paralelos, unas veces disparatados, otras de lo más racionales y lógicos, e incluso genialmente creativos. Los sueños han sido responsables de dos premios Nobel, de la invención de al menos un par de medicamentos importantes y otros descubrimientos científicos, de numerosos acontecimientos históricos y de innumerables novelas y películas. Bogart persiguió un pájaro que estaba hecho del material con que se forjan los sueños; se cuenta que la tabla de elementos químicos se le apareció en sueños al químico Mendeléyev; y hasta la máquina de coser se inventó durante una cabezadita de su autor.

En la Antigüedad, en ferias y mercados, los adivinos interpretaban los sueños de las gentes por una módica cantidad. Las ensoñaciones e imágenes oníricas se consideraban muchas veces premonitorias, señales o presagios de lo que iba a acontecer, y los grandes reyes tenían muy en cuenta los consejos de sus onirománticos antes de emprender una batalla o empresa. El Oráculo del Santuario de Delfos, en honor al dios Apolo, fue el mayor laboratorio de interpretación de sueños de la Antigüedad. Allí se dirigían emperadores, hombres de estado y nobles de todos los rincones del planeta para consultar sus vaticinios y visiones. Según la leyenda, las pitonisas interpretaban los sueños y alucinaciones del suplicante, que solía seguir al pie de la letra los consejos de los visionarios.

A finales del siglo IV, Macrobio proporcionó a la cultura pagana un completo tratado sobre los sueños. El escritor distinguía cinco clases de experiencias oníricas: por un lado el insomnium, sueño turbado o pesadilla, y el visum, forma de fantasma, de vagabundeo onírico ilusorio o falso sueño. Los otros tres anunciaban el futuro: el somnium o sueño enigmático; la profecía o visio, que predice eventos de forma clara y segura; y el oraculum, que por mediación de parientes, sacerdotes o incluso de alguna divinidad previenen al durmiente acerca de un acontecimiento que está por venir.

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El tholos de Atenea Pronaia, en el Santuario de Delfos, laboratorio de interpretación de sueños de la Antigüedad.

A partir del siglo IV la religión cristiana toma el poder y aparecen los sueños reveladores, bien por intermediación de Dios, bien de ángeles o demonios. Y es Satán mismo quien, con mayor frecuencia, envía sus «poluciones nocturnas» o sexuales para infierno de los hombres. Con el cristianismo, muchos sueños son considerados experiencias de herejes, cosas del Maligno, y empieza una caza de brujas contra aquellas mujeres que tienen ensoñaciones impuras o extrañas, sobre todo sueños sexuales interpretados como antesalas de aquelarres. Los hombres deben de abstenerse de comer y beber en exceso para evitar sueños diabólicos, ya que la indigestión lleva al delirio onírico y éste alimenta las tentaciones. En el lado opuesto están las visiones sagradas, revelaciones directas de Dios o a través de ángeles que en muchas ocasiones son anticipos de milagros.

Con la llegada del Renacimiento los sueños salen de los monasterios y las iglesias, se desacralizan, se consideran procesos enteramente humanos y empiezan a ser tratados como trastornos a estudiar por la psicología y la medicina. Es un renacimiento que se acompaña de teorías e interpretaciones nuevas.

Pero tendrían que pasar varios cientos de años, hasta la llegada de Freud, para que se abordara un primer intento serio, científico, racional, de acercarse al enigma de los sueños y darle una explicación fisiológica. Una de sus hipótesis más importantes fue que las emociones enterradas en el inconsciente afloran a la superficie consciente durante los sueños y que recordar fragmentos oníricos puede ayudar a destapar emociones, pensamientos y recuerdos ocultos. En su célebre obra La interpretación de los sueños, Freud utiliza experiencias propias como ejemplos para demostrar su avanzada teoría psicológica. El padre del psicoanálisis distingue entre el contenido del “sueño manifiesto”, el experimentado a nivel de la superficie mental, y los “pensamientos latentes”, no conscientes, que se expresan a través del lenguaje especial de los sueños. Así, mientras soñamos afloran nuestros deseos, frustraciones, miedos, fobias, conflictos personales que aparecen disfrazados mediante un proceso denominado ‘deformación onírica’, es decir, la censura que el propio sujeto impone contra la libre expresión de los deseos, al encontrarlos reprochables por algún motivo ético o moral. En alguna parte de nuestro cerebro hay un censor que nos prohíbe dar rienda suelta a nuestros impulsos, refrenándolos de alguna manera. Y del mismo modo que un escritor pone en juego herramientas para sortear a la censura, el inconsciente sueña, y de esta manera ve cumplidos sus deseos más desconocidos, inconfesables y recónditos. Es su forma de eludir al censor, de subir al escenario lo humillante o vergonzoso que todos llevamos dentro. De esta manera, cada sueño tiene una interpretación, cada símbolo que aparece en la historia onírica tiene su correlato en el mundo psíquico real del individuo. El problema no estaría tanto en la hipótesis de Freud, muy lógica y razonable por otra parte, sino en que el método de interpretación no resulta del todo sencillo de aplicar. ¿Por qué una escalera vista durante un sueño tiene que significar necesariamente el símbolo de un pene en erección? ¿Por qué una mujer que sueña con que está siendo violada debe suponer que en el fondo sufre una expresión sádica de deseo sexual insatisfecho? ¿Cuenta acaso el interpretador o psicoanalista con el manual perfecto e infalible para descifrar cada compleja trama ficcional de nuestro inconsciente?

En el prólogo del libro, Freud dice:
“En las páginas que siguen demostraré que existe una técnica psicológica que permite interpretar sueños, y que, si se aplica este procedimiento, todo sueño aparece como un producto psíquico provisto de sentido al que cabe asignar un puesto determinado dentro del ajetreo anímico de la vigilia. Intentaré, además, aclarar los procesos que dan al sueño el carácter de algo ajeno e irreconocible, y desde ellos me remontaré a la naturaleza de las fuerzas psíquicas de cuya acción conjugada o contraria nace el sueño”.

Freud supuso una revolución al tratar de despojar de los sueños su componente mágico-supersticioso y abordar el problema como una parte más de la psicológica de los seres humanos.

Años después, en la década de los cincuenta, el científico Nathaniel Kleiman llevó a cabo algunos experimentos que sirvieron para ir avanzando en el estudio neurológico de los sueños. Kleiman midió una serie de ondas cerebrales de ciertos individuos mientras dormían y descubrió que las ondas que aparecían al principio del trance onírico eran lentas y amplias, pero al poco tiempo se aceleraban de nuevo, como si las personas estuvieran despiertas. Había descubierto algo desconocido hasta entonces: que en los sueños pasamos por diferentes etapas. Y lo que es aún más misterioso: que las ondas producidas mientras soñamos son casi calcadas a las que nuestro cerebro registra cuando estamos despiertos, en plena vigilia. Además, Kleiman advirtió que los ojos del durmiente parecían parpadear. El científico llamó a este fenómeno ‘movimiento ocular rápido’, o fase REM, por sus siglas en inglés. El tono muscular baja a nivel cero, las funciones vitales se ralentizan al extremo. El cuerpo queda como inerte, suspendido. Un durmiente que entra en fase REM, sentado en una silla, cae al suelo sin remedio. Kleiman había descubierto el lugar donde se ocultan nuestros sueños más recónditos.

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Sigmund Freud se acercó al enigma de los sueños.

Sin embargo, hacían falta más experimentos para desentrañar el mecanismo metabólico del sueño. Y ahí fue donde los gatos aportaron su granito de arena a la ciencia humana. Los felinos son capaces de caminar en sueño REM, y su comportamiento no es caótico ni incoherente, parece que adoptan la conducta que más les gusta, como perseguir una presa o capturar un ratón. De la misma manera, hay personas que sufren lo que se conoce como el ‘trastorno del sueño REM’, donde el paciente patalea, golpea, grita y se muestra terriblemente inquieto. Pueden resultar personas peligrosas para su pareja e incluso para ellos mismos, ya que corren el riesgo de caerse de la cama. De hecho, muchas de estas personas terminan durmiendo solas en habitaciones acolchadas. Tal trastorno se produce por la destrucción de una parte del tronco encefálico denominada puente, que es la región que controla los músculos durante la fase REM. Algunos de estos enfermos sufren sueños muy vívidos, como uno al que le daba por chupetear y dar profundas caladas a su dedo índice, como si se tratara de un cigarrillo. Otro, un veterano de guerra francés, soñaba que se encontraba en un desfile militar y gritaba: “¡Levantad las manos, he dicho que las levantéis!”. Para los científicos, estas personas son cobayas perfectas, ya que interpretan como nadie el sueño que están viviendo. Erica Harris, doctora del Laboratorio del Sueño de Boston, un centro pionero a nivel mundial en este terreno, estudia los sueños desde hace años. “Medimos las ondas cerebrales de cada sujeto. Les ponemos hasta 26 electrodos distintos. Eso dará una imagen acertada de lo que pasa por su cerebro mientras duerme”, asegura. El jefe del proyecto es Patrick McNamara, un eminente investigador en este campo: “Si queremos saber qué es la naturaleza humana, lo que nos mueve en realidad, tenemos que analizar los sueños”. En este centro se ha realizado uno de los mayores descubrimientos sobre experiencias oníricas: que la persona no solo sueña en la fase REM, como se creía hasta ahora, sino que también soñamos en la fase de sueño Sin REM o No Rem. A los pacientes se les despierta en cada una de estas fases y se les hace rellenar un cuestionario formado por palabras. Al despertar de la fase Sin REM, el sujeto transmite ideas positivas, agradables, como si se hubiera reforzado su autoestima. Sin embargo, al hacerlo en medio de la fase REM, las respuestas suelen ser siempre ideas negativas. Los científicos creen que esto tiene que ver con la intervención de la amígdala y su conexión con las emociones. “Creemos que esto se produce porque en la fase REM la amígdala tiene mucha actividad cerebral. La amígdala se ocupa de las emociones desagradables, como el miedo intenso, la rabia o la agresividad”, dice McNamara, que está llegando a la conclusión de que el equilibrio entre la fase REM y la fase Sin REM podría estar relacionado con enfermedades mentales como la depresión. En otras palabras, se cree que los depresivos se quedan durante demasiado tiempo hundidos en la fase REM. Ahí, atrapados en esa fase del sueño hiperactiva, sufren numerosas emociones desagradables, lo que de algún modo afecta a su psique. Es evidente pues que los sueños condicionan nuestras vidas en vigilia.

Por otra parte, es bien conocido que existen personas que no sueñan. Personas que han sufrido derrames cerebrales, por ejemplo, y que tienen dañado el lóbulo parietal, que es donde los neurocientíficos creen que se fabrican los sueños. Estas personas dejan de soñar de forma misteriosa. Esta pérdida de sueño tiene consecuencias dramáticas y extenuantes para ellos. “Aunque me dormía fácilmente no tenía un sueño de calidad. Fue emocionante cuando me recuperé y volví a soñar de nuevo”, dice una paciente. Los pacientes que no sueñan se duermen con mucha facilidad pero despiertan en medio de la noche, justo al caer en la fase REM. Es como si despertaran cuando tenían que estar soñando. Desde este punto de vista los sueños serían una forma de mantenernos dormidos, como un entretenimiento o engaño del cerebro para que podamos desconectar y descansar. Buscamos algo en los sueños, vagamos por extraños paisajes en busca de respuestas, como tratando de encontrar una solución. Dormir sería no solo una manera de encontrar remedios a los problemas de la vida sino una forma de conservar nuestra salud mental. Necesitamos de los sueños como del agua misma.

¿Qué significan nuestros sueños?

Intuitivamente, a lo largo de la Historia, hemos creído que soñar tiene que tener algún sentido. En Canadá todavía vive un pueblo descendiente de una antigua tribu nativa que concede al mundo onírico una importancia crucial en sus vidas. Los sueños les ayudan como terapia de grupo, se los cuentan unos a otros como si compartieran una especie de medicina natural. Se reúnen en el Círculo del Sueño de la Mañana y los ancianos se encargan de explicar e interpretar las imágenes y revelaciones que sus vecinos tuvieron la noche anterior. Desde hace miles de años, no tienen la menor duda de que los sueños entrañan un significado trascendente.

Antonio Zadra es un científico de la universidad de Montreal. Ha reunido miles de sueños a lo largo de los últimos años, codificándolos por elementos, personajes, emociones, situaciones y otras categorías, y ha conseguido aglutinar una base de datos formada por miles de testimonios. “Hay patrones recurrentes en nuestros sueños y entendiéndolos podemos interpretar su significado”, explica. Zadra analizó los sueños de una pareja con problemas de convivencia. En el hombre, solo un 30 por ciento de sus sueños contenían desgracias o contrariedades, cuando la media masculina es de un 80 por ciento. Además, las mujeres aparecían como elementos amenazantes, negativos, lo que llevó a Zadra a concluir que al paciente le preocupaban en gran manera las relaciones con el sexo opuesto y que se veía incapaz de controlar factores que le superaban. A Zadra no le sorprendió saber que cinco años después la pareja terminó divorciándose. Este científico ha obtenido estadísticas de miles de acontecimientos oníricos. Solo en una quinta parte de las mujeres aparecen sueños de sexo con sus parejas pero en los hombres este porcentaje es aún menor: una sexta parte de las ocasiones. Las mujeres sueñan con tener sexo con famosos en el doble de casos que los hombres. Zadra concluye que los sueños son un espejo fiel de nuestras obsesiones de vigilia. “Hay evidencias de que nuestros sueños demuestran nuestras preocupaciones sociales”, afirma.

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Los experimentos de Kleiman supusieron un avance crucial.

Algunos científicos aseguran ahora, sin pudor a confesarlo, que morir no es sino pasar de una dimensión a otra, de un estado de conciencia a otro, como cuando dormimos y vamos de sueño en sueño, cambiando de estados de conciencia. El físico y anestesiólogo Stuart Hameroff y el eminente cosmólogo Roger Penrose han formulado la ‘teoría de la conciencia cuántica’ para explicar que los procesos mentales, la conciencia y el alma misma se derivarían de la misteriosa actividad de las neuronas en niveles subatómicos. Una notable teoría que considera que la conciencia es un fenómeno cuántico y que como tal es una propiedad fundamental de todo el universo que puede subsistir fuera incluso de nuestra mente. Si esto es así, nuestro cerebro funcionaría gracias a un material fundamental: partículas subatómicas aún más elementales y pequeñas que las propias neuronas que formarían la misma tela esencial del universo. “Creo que la conciencia, o su precursor, llamémoslo protoconciencia, ha existido en el universo desde siempre, quizás desde el Big Bang”, asegura Hameroff. Siguiendo la hipótesis cuántica: ¿quién nos dice que los sueños no serían sino puentes que se abren y se cierran momentáneamente hacia nuevas dimensiones, hacia universos paralelos que coexisten con el nuestro, dejándonos vislumbrar siquiera por un segundo todas las maravillas del cosmos? La conciencia cuántica podría explicar no solo fenómenos como el sueño, sino también las experiencias de los pacientes que han vuelto del estado de coma e incluso, por qué no decirlo, la misma idea de la muerte.

Afirma Hameroff a propósito de las experiencias cercanas a la muerte: “Digamos que el corazón se detiene, la sangre deja de fluir, los microtúbulos (estructuras principales de todas las células, incluidas las neuronas, que tienen forma de tubo) pierden su estado cuántico, pero la información cuántica que existe en los microtúbulos no es destruida, no puede ser destruida, solo se distribuye en el universo entero; si el paciente es resucitado, esta información cuántica puede regresar a los microtúbulos y el paciente puede creer que vio una luz blanca, un túnel o flotó fuera de su cuerpo. Ahora bien, si no revive y el paciente muere, tal vez esta información cuántica pueda existir fuera del cuerpo, indefinidamente, como su alma”.

En cualquier caso, los sueños ocupan buena parte de nuestra vida. La mayoría de nosotros sueña cinco veces en cada período de ocho horas, lo que supone la friolera de 1.825 sueños al año. Multiplique el lector por 80 años y la saldrá la cifra astronómica de historias oníricas que se inventa la retorcida mente a lo largo de nuestras cortas existencias. Aquellos que tenemos la suerte de no sufrir insomnio y dormimos ocho horas diarias de un tirón (un ciclo normal de sueño, según los médicos) nos pasaremos un tercio de nuestras vidas durmiendo. Esto es, 122 de los 365 días al año, o lo que es lo mismo, una media de 23 años. Una siesta interminable, un desperdicio de tiempo. Nos pasamos la vida en brazos de Morfeo y sin embargo los científicos aún no han logrado explicar por qué diantres tenemos que soñar.

¿Y cómo explicar que Paul McCartney, por ejemplo, escuchara claramente su célebre canción Yesterday por primera vez durante un sueño? ¿Cómo aceptar que A. Kekulé soñara la estructura química del benzeno, un enigma que ningún científico hasta el momento había conseguido descifrar, o que Otto Loewi atisbara en un sueño un experimento sobre la transmisión química nerviosa?

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El doctor Y. Kamitani.

En un artículo reciente, la revista Science reveló que un grupo de científicos dirigidos por el doctor Y. Kamitani, del laboratorio de neurociencia computacional ATR de Kyoto, había logrado inventar una máquina para observar lo que estamos soñando en tiempo real. Un paso espectacular para leer los sueños, para descifrar qué pasa en ese mundo tan misterioso hasta ahora vedado a la ciencia de los hombres. Durante el sueño, una parte del cerebro llamada corteza visual superior trabaja del mismo modo que cuando visualizamos imágenes en vigilia. Es decir, las imágenes visuales que percibimos cuando soñamos se generan en la zona del cerebro llamada córtex visual. El equipo de Kamitani monitorizó la actividad de esta región cerebral de tres voluntarios mediante resonancia magnética funcional. O lo que es lo mismo: a los voluntarios se les dejaba dormir conectados a un escáner cerebral que grababa todo lo que pasaba por sus mentes durante el sueño. Tres horas por sesión durante diez días. Cada vez que la máquina registraba un indicio de actividad cerebral, es decir, cada vez que se desencadenaba la fase REM, al paciente se le despertaba y se le pedía que contara qué sueño había tenido. Se analizaron unos 200 sueños por persona, cada uno de 342 segundos. De esta forma, los investigadores consiguieron, después de un cuidadoso filtrado, una extensa base de datos que recogía y categorizaba las imágenes ensoñadas. El paso posterior consistió en correlacionar la estructura de la actividad cerebral concreta –es decir, los patrones estructurales encontrados en las señales nerviosas entre neuronas– con las imágenes visuales que los pacientes declaraban haber tenido después de cada despertar. Para ello se emplearon sofisticados conceptos matemáticos, denominados algoritmos de aprendizaje, capaces de encontrar patrones de similitud en gigantescos conjuntos de datos. El resultado es un gigantesco diccionario que relaciona un patrón de encendido X en el cerebro con una determinada imagen proyectada Y, o sea, con un determinado sueño. Una gran base de datos que traza correspondencias entre la actividad cerebral y objetos o temas concretos de diversas categorías que aparecen en nuestros sueños de forma recurrente, como alimentos, libros, familiares o amigos, muebles, vehículos, etc. Finalmente, demostraron que a partir de esa base de datos era posible “adivinar” los contenidos de los sueños con un 70% de precisión. Cada actividad cerebral concreta registrada se correspondía con un objeto soñado. Eso sí, de momento eran sueños “sin sonido”. El descubrimiento será muy útil para el análisis del estado psíquico de las personas, la comprensión de enfermedades psicológicas o incluso el control de futuras máquinas dotadas de pensamiento.

Son los primeros pasos para hacer de los sueños una realidad medible y cuantificable científica y objetivamente. Los autores han construido una máquina que lee sueños y quizás constituya un paso fundamental para contestar definitivamente a la pregunta de por qué soñamos, que increíblemente sigue sin respuesta. El experimento sirvió para demostrar que los sueños pueden ser leídos, registrados y proyectados como si se tratara de una película vista en una sala de cine. Y sirvió también para concluir que cuando dormimos las neuronas no están tan apaciguadas como se creía y que existe una actividad eléctrica cerebral muy importante. El fenómeno empezó a conocerse en los años 50 del pasado siglo, cuando se inventaron los electroencefalogramas. Mientras dormimos pasamos por varios estados de actividad cerebral. Un perfil típico de sueño de una noche de ocho horas en un adulto sería éste: cuando nos acostamos el cuerpo se relaja y la actividad del cerebro disminuye considerablemente. Empezamos a adormecernos, perdiendo poco a poco la consciencia. Estamos en la fase 1 y la señal del electroencefalograma muestra frecuencias bajas. En esta primera fase es fácil despertarnos, por eso también se llama fase de sueño ligero. Nuestros ojos se mueven lentamente y la actividad muscular se ralentiza. Seguidamente pasamos a la fase 2, en la que las ondas cerebrales se hacen cada vez más lentas. Con esta fase se acaba el sueño ligero, y entramos en las fases de sueño profundo. Las frecuencias de los electroencefalogramas en las fases 3 y 4 son más bajas, por eso se las llama de sueño lento. En esta fase, la actividad ocular está ausente, la respiración y el ritmo cardíaco se ralentizan, y la temperatura corporal baja. Al terminar la fase 4 nos movemos, por ejemplo cambiando de lado, el cerebro se empieza a activar, los ojos de mueven rápidamente de un lado a otro, la respiración se hace irregular y el ritmo cardíaco se acelera. Entramos en fase REM, que también se conoce como sueño activo. El cerebro presenta una actividad muy similar a la vigilia, con una paradójica peculiaridad: mientras se produce un incremento del movimiento de los ojos, del ritmo cardíaco, de la respiración y de la actividad cerebral, el cuerpo cae en un estado cercano a la parálisis, en una atonalidad o relajación muscular casi total. Por eso la fase REM se conoce también como ‘sueño paradójico’. Hoy sabemos que es en la fase REM donde se producen la mayor parte de los sueños. Cuando los neurocientíficos despiertan a una persona que se encuentra en estado REM, el 75% de las ocasiones asegura estar soñando. En el resto de las fases, que se denominan genéricamente fase NREM, se recuerdan un 30% de pensamientos o imágenes; y muy de vez en cuando, sueños en forma vaga y poco coherente. Al finalizar la fase REM se vuelven a recorrer las cuatro fases NREM de nuevo, pero en sentido inverso. Y se repite el ciclo 1-2-3-4-REM. Un ciclo completo dura aproximadamente unos 90 minutos y en una noche solemos tener unos 4 o 5 ciclos. Estamos soñando, aproximadamente, un 20% de la noche, unos 100 minutos. “En el futuro podremos construir un descodificador que funcione para diferentes personas realizando tan solo una pequeña calibración”, anuncia Kamitani.

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Actividad cerebral durante el sueño. Abajo, fases Rem y No Rem.

El origen y explicación de nuestros sueños es uno de los grandes misterios de la ciencia. ¿Por qué la madre naturaleza nos obliga a pasar por esas experiencias oníricas, por qué nos coloca en mundos imaginarios, unas veces muy reales, otras surrealistas o hiperrealistas, a menudo como protagonistas, pero también como simples espectadores? Existe consenso entre los neurólogos en que durante el estado de sueño el cerebro repara y depura, es decir, aprovecha para restaurar lo que no funciona bien. El sistema glinfático (equivalente al sistema linfático del resto del cuerpo), se activa diez veces más en comparación al estado de vigilia, permitiendo que los residuos de las células cerebrales se eliminen con mayor eficacia. Durante el sueño se produciría una contracción de estas células, generándose así más espacio entre ellas y permitiendo que el líquido cefalorraquídeo circule más fácilmente a través del tejido cerebral. Este riego profuso permite limpiar los residuos, tales como la proteína beta-amiloide, responsable de la enfermedad de Alzheimer. Hasta ahí una explicación bioquímica pero, ¿por qué las historias concretas que soñamos y no otras? En los años 80 se puso de moda la teoría de que nuestro cerebro se esfuerza en dar una forma de historia coherente a informaciones fortuitas que entran en él a diario. Hoy los científicos tienden a pensar que muchos de nuestros sueños tienen que ver más con problemas de nuestra vida cotidiana: divorcios, la muerte de un ser querido, un deseo sexual insatisfecho… También se ha arrojado la explicación de que frente a la sobrecarga de información que recibe el cerebro a diario, el sueño permite eliminar asociaciones espurias y desechar información indeseada, como si dijéramos una forma de vaciar la papelera de reciclaje del ordenador. O quizá los sueños nos permiten consolidar en la memoria todo lo que aprendemos durante la vigilia. O quizá soñamos para olvidar… Una teoría que parece generalmente aceptada hoy día es la que apunta a que los sueños son una forma de “entrenamiento simulado” o “sesiones prácticas” de nuestro cerebro, con las que desplegamos nuevas estrategias de supervivencia frente a nuevos datos o situaciones captadas de la realidad. Al soñar, de alguna manera mejoramos nuestra forma de enfrentarnos al mundo; soñar es aprender.

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Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar, de Dalí.

La capacidad creativa del cerebro durante el sueño no es solo privativa de los grandes genios como Dalí. Todos la tenemos y algunos científicos sugieren que si nos esforzamos por controlar nuestros sueños antes de irnos a dormir podemos elegir el sueño que queremos tener durante la noche. Soñar a la carta sería posible con entrenamiento mental. Se estima que el 50 por ciento de la gente puede hacerlo antes de quedarse dormido. Además, podemos utilizar nuestros sueños para aprender mientras dormimos.

Pero quizá lo más fascinante es que la ciencia está demostrando ahora, empíricamente, que existe una importante conexión entre los sueños y los recuerdos. Haces solo unos días, en un paso más hacia la comprensión de cómo surgen las memorias defectuosas, neurocientíficos del Instituto de Tecnología de Massachusetts en Estados Unidos han demostrado que pueden implantar falsos recuerdos en el cerebro de ratones. También encontraron que muchos de los rastros neurológicos de estos recuerdos son idénticos en su naturaleza a los de los recuerdos auténticos. “Si se trata de una memoria falsa o verdadera, el mecanismo neuronal del cerebro que subyace a la recuperación de la memoria es el mismo”, dice Susumu Tonegawa, profesor de Biología y Neurociencia del Instituto Picower del MIT y autor principal del artículo que describe los hallazgos en la última edición de la revista Science. El estudio proporciona una prueba más de que los recuerdos se almacenan en las redes de neuronas que forman huellas en la memoria de cada experiencia que tenemos, un fenómeno que el laboratorio de Tonegawa demostró el año pasado. Los neurocientíficos han buscado durante mucho tiempo la ubicación de estas huellas de la memoria, también llamados engramas. ¿Se podrán implantar sueños y recuerdos a la carta en los cerebros de las personas? Todo es posible.

¿Y qué pasa con las pesadillas, ese otro enigma aterrador? Hoy tenemos pesadillas modernas muy distintas a las de nuestros antepasados, como sufrir un accidente con un coche o un avión, perder la cartera o morir en un escape de gas. Estas visiones han sido modernizadas por el hombre actual, pasadas por el filtro cultural del mundo contemporáneo, aunque el fundamento es el mismo que hace miles de años. Se cree que las pesadillas que tenemos hoy están estructuradas de la misma forma que las que tenían nuestros ancestros, porque el sueño está programado y un cerebro humano de hoy es prácticamente igual al de hace miles de años.

Hemos heredado los sueños de monstruos, fantasmas y bestias salvajes por una sola razón: son un ensayo de la lucha por nuestra supervivencia y sin estas pesadillas la humanidad probablemente se hubiera extinguido hace mucho. Una especie de entrenamiento con sucesos angustiosos para aprender más sobre la vida: eso es una pesadilla. No obstante, hay personas que las sufren una y otra vez, traumatizando sus vidas, hasta el punto de que las imágenes horribles llegan a repetirse incluso en momentos de vigilia. Generalmente se trata de individuos que han sufrido graves traumas y esas pesadillas, ese trauma latente, puede enloquecer a las personas que las sufren. El síndrome de estrés postraumático suele estar detrás de la mayoría de las más aterradoras pesadillas.

De momento, y pese a los grandes avances de la ciencia, todo son conjeturas sobre los sueños. Investigadores como Kamitani han demostrado que es posible fabricar una máquina que permita grabar sueños para luego reconstituirlos en imágenes. Algún día, quién sabe, quizá podamos grabar nuestras historias oníricas más fascinantes y mostrárselas a los amigos, como hacemos con esos videos que grabamos durante nuestras vacaciones. Solo que esta vez no serán viajes por el mundo, sino viajes a lo más profundo de nuestras conciencias, a lo más secreto de nosotros mismos.

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