Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 27, Opinión
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Un pasito palante, maría

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Y todo un coro infantil va cantando la lección, mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón. Si la educación no ha abandonado del todo el espíritu de monotonía de lluvia tras los cristales, incluso después de tantas modificaciones pretendidamente modernizadoras, introducidas por los distintos gobiernos que han ido siendo, ocupados más en insuflar a los infantes su ideología más que converger con las civilizaciones más avanzadas en asuntos docentes, en estos tiempo pardos y fríos, una entente de obispos y ministros (no sabría decir qué colectivo es más combativo con el infiel de los dos) han devuelto parte de esa decadencia machadiana a las aulas.

La religión, como asignatura, ha renacido con un esplendor tardofranquista, cuando el párroco del pueblo asumía la figura del profesor de religión y se personaba en el aula para endilgarles a las víctimas inocentes la versión infantil de una homilía que aquellos vecinos que eran, a la vez, feligreses, podían declamar de memoria aunque acabaran por echar una cabezadita en la misa mayor de cada domingo porque siempre tenía parecido argumento. Tiempos de cólera blanda, de mantener silenciados los vicios de curas y cardenales, tiempos de adoctrinar sin reparos laicos, de condenar la masturbación mientras demasiados de esos jueces de la moral ajena practicaban la pederastia, tiempos aquellos en los que el mensaje subyacente que acababa por predominar en los padres de aquellos hijos que ni siquiera tenían, teníamos, conciencia de que estaban, estábamos, siendo tuneados emocionalmente, era que “la religión no te enseñará nada malo”. Y así sobrellevamos aquellas injerencias en nuestro crecimiento como entes pensantes quienes fuimos educados entre parábolas y leyendas de pasión, envueltos en esa profunda alegoría del cristianismo que si ha sobrevivido dos mil años ha sido a fuerza de mantener su ultranza en todos los recintos emocionales e intelectuales posibles.

Y ahora, que parecía que habíamos reducido a la “maría” de la religión a su condición de anécdota docente, regresa esta hornada de minibispos que han nombrado a la fe como asesora a sueldo del gobierno menos cristiano del que tiene memoria la democracia española, para ayudarle a dar a la materia de Dios ese pasito palante necesario para situar a la asignatura en el mismo plano de equivalencia aritmética que las restantes.

Asombra comprobar una y otra vez cómo el cura que se esconde, o no tanto, tras las barbas de Rajoy, aboga por someterse a la alcurnia intachable de la Constitución en el caso catalán, por ejemplificar, y no ve, ni siquiera atisba, contradicciones en las imposiciones religiosas que generan unos contenidos tendenciosos en la asignatura de religión surgidos desde el núcleo más recalcitrante de la Conferencia Episcopal, con la condición española de estado laico que recoge esa gran milonga institucional en la que ha devenido una Constitución cómoda, abstracta, ambigua, interpretable.

Estamos en manos de un gobierno que cree más en Dios que en los pobres, un gobierno ideológico y extremista en el que predominan los creyentes pata negra con denominación de origen Opus Dei sobre los amigos de la teología de la liberación: ninguno. Estamos en manos de unos tipos a los que el exceso de fe les ha llevado a consentir que la desigualdad y la pobreza sean una de las muchas vergüenzas sin taparrabos de un país en el que si alguna vez no se llegó a poner el Sol, ahora hay días que ni sale para demasiados millones de desahuciados laborales y sociales. Estamos en manos de unos tipos que si han sido capaces de imponerle una condecoración a algo tan inerte como una Virgen, por muy del Amor Hermoso que se apellide, qué no serán capaces de urdir para moldearnos la voluntad sólo por el mero hecho de que contemos con el poder ejecutivo del voto para deponerlos.

Devoto como soy de la tectónica, nunca acabé de creerme, ni aun cuando no tenía la edad de interpretar valiéndome ya de mi criterio propio, que me sobrevino tardíamente, aquello de que la fe movía montañas, pero esos mismos que se han divertido a nuestra costa provocando terremotos para una inmensa mayoría que no tenía un búnker a su nombre, se van a enterar de lo que vale un voto, millones de ellos. Aunque como siempre les sucede a los que tienen acceso al cepillo de la iglesia sin necesidad de auditorías, seguro que la debacle electoral les pillará confesados.

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Jorge Alaminos

Jorge Alaminos

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