Francisco Ortiz, Viajes
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Qaravan. El último de los armenios

Rize, provincia al noreste de Turquía. Foto: Ahmad Nawawi.

Por Francisco Ortiz. Sábado, 21 de marzo de 2015

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Hace ya medio año que me vine de Turquía, de hacer realidad una ruta caravanera, de esas que merece la pena recordar. Cuando volví de mi experiencia viajera, ya en casa, se estropeó el disco duro del ordenador en el que había guardado todas las fotos. Recuerdo entonces que mi hija comentó que “había desaparecido nuestra memoria”. Por suerte recuperamos el material y volvimos a tener nuestras fotos. Pero el incidente me hizo pensar acerca de lo que significa viajar. Porque quizás el viaje nunca acaba del todo, nunca se termina, nunca se ha estado ya (y para siempre) y por lo tanto no puede ser guardado, para horror de coleccionistas y de celosos guardianes del conocimiento. El viaje, pues,  no queda fijado en una imagen, no, es un eterno gerundio (un siendo) que se va alimentando de la vida y las vivencias del viajero, de su disposición, de su sensibilidad.

Dispuesto a partir al mundo con cualquier excusa consideré el verano pasado que tenía una deuda con Turquía. El recuerdo de viajes anteriores, fijado en mi memoria viajera, me hizo decidirme. Pero claro, a la hora de planear un viaje a Turquía la primera elección recae siempre en Estambul. Es algo inevitable, lo sé. A esa fascinante ciudad se suele añadir, en segundo lugar, Capadocia y la costa del mar Egeo. Son las zonas más visitadas por el turismo, y con razón. Pero si se dispone de, digamos tres semanas, y si el viajero quiere conocer la otra cara de Turquía, si se atreve a explorar Anatolia, entonces la elección está clara: la costa del mar Negro (Karadeniz).

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Una zona de bosques en la costa norte de Turquía. Foto: Francisco Ortiz.

La costa Norte de Turquía tiene unos bosques frondosos y húmedos al borde del mar y un puñado de pequeñas ciudades inolvidables. Toda esta región presenta un aspecto tan asombrosamente verde que desmiente la idea preconcebida de un país de Oriente Medio. El mundo rural de las ciudades del mar Negro nos va a enseñar el dinámico presente de un país en crecimiento y al mismo tiempo la vida de sus comunidades tradicionales. Mi apuesta por el Norte de Anatolia me hizo posponer la visita a Estambul para el final del viaje. Una vez arribado al aeropuerto estambulita de Ataturk espero para tomar el primer vuelo al Este. Por una vez tengo suerte y obtengo una plaza para Trabzon (Trebisonda) en vuelo directo sin escala en Ankara. En una hora y cuarenta minutos salvo más de mil kilómetros y me sitúo a tiro de piedra del Cáucaso.

El tesoro mejor guardado de esta zona son las montañas Kackar. Desconocidas para el turismo internacional, albergan una sucesión de valles, bosques, praderas y lagos alpinos que nada tienen que envidiar a los Alpes de la lejana Europa. La región es ideal para disfrutar en solitario haciendo senderismo, rafting de aguas bravas y esquí. También esconde un hábitat diseminado donde tiene su hogar la comunidad hemsin, de origen armenio. Todo esto merece sin duda una visita sosegada, pero el motivo de mi presencia en la zona es otro. Digámoslo de una buena vez: el cine ha tenido la culpa.

En Trebisonda me alojo en el Nur, un hotelito de mochileros muy céntrico (demasiado). Bajo a estirar las piernas a la plaza Ataturk Alani, donde bulle gente de muy variados orígenes: azerbaijanos, georgianos, kurdos, rusos y claro está, turcos anatolios. Agotado por el viaje desde España, apenas pruebo bocado tomando un plato de köfte (albóndigas) en un lokanta o casa de comidas. De postre me atrevo con un kuruyemis (fruta seca) y bal (miel) con nueces. Pero paso mala noche, digiriendo las impresiones del día y sobre todo, la cena especiada. En el duermevela recuerdo una película rodada en las montañas del mar Negro, titulada Miel (Bal). Ganó el Oso de Oro en Berlín, en 2010, y su director, Sehmi Kaplanoglu, supo captar el alma de esos valles, colocando de protagonista a un niño de 6 años, Yusuf. Su papá es recolector de miel, y su mundo tan naif se trastoca un buen día, cuando las abejas desaparecen del valle. El paisaje y la historia de Yusuf me sedujeron por su sencillez. Ahora estaba a punto de conocer ese mundo.

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Una estampa rural en el corazón del país.

Al día siguiente dejo con alivio el trasiego de la ciudad portuaria e industrial de Trabzon y tomo uno de los autobuses que parten a la frontera con Georgia. Las compañías turcas de autobuses son de lo mejor que he visto en cuanto a eficiencia, puntualidad y limpieza. Turquía dispone de empresas sólidas como Ulusoy, Havas o Metro. No tengo ni que esperar en el andén, cuando un mocetón de la otogar me conduce en volandas a un dolmus (minibús) que parece tener prisa por salir justo adonde yo voy. Al cabo de una hora de viaje pasamos por Rize, la ciudad del té, con enormes edificios, muchos en construcción, incluidas dos mezquitas. Un poco más adelante el dolmus me deposita con gracia masculina en Ardesen y me tomo un té rápido. Pero ya un lugareño me mete prisa porque hay una furgoneta Nissan esperando para subir a las montañas. Me quemo la lengua, pago y digo “Salam aleikum” a la camarera de ojos negros como perlas guardadas…

A unos quince kilómetros de la costa, me veo rodeado de colinas boscosas y del rumor del agua. En unos minutos pertenezco ya al mundo de Yusuf, y mi ánimo cambia, siento esa alegría de llegar a un confín que es, en realidad, tan familiar, tan mío. En el dolmus se reparten roscas de pan y sonrisas, tengo charla en “inglís” y algo de turco. Aunque mi destino es el valle de Firtina, y el pueblo, Ayder, opto por bajarme antes, en un pueblo menos frecuentado. En Ayder hay demasiados hoteles y turismo nacional, en cambio el chófer del dolmús me recomienda Çamlihemsin, donde viven los armenios.

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Casas-árbol en Ekodanitap.

Çamlihemsin es sólo una calle junto a un río de montaña, un buen punto de partida para hacer excursiones. Cuenta con cafés sencillos con terraza y charla asegurada. En uno de ellos, el Mòyy, las camareras no cubren sus cabellos y no se ven banderas turcas, algo inusual en los bares de este país. Mientras deslío un azucarillo en el te, pregunto por un alojamiento. Al momento me responden con una sola palabra: Ekodanitap. Con apenas dos sorbos ya me animan a salir zumbando en el taxi de Ozman rumbo al “ecologist”. En el camino, el taxista me llama “efendi kóloyis”, divertido. Me dejo llevar, ignorante de la historia con la que me voy a topar.

Escondido tras subir una sinuosa carretera e internarnos por una pista forestal se llega, a pie enjuto y entre pinos, a un pequeño lodge llamado Ekodanitap. En armenio significa “montaña baja”. Este original alojamiento sostenible se compone de casas-árbol, de un solo cuarto y a dos metros sobre el suelo, y casas hemsin tradicionales, en régimen de media pensión. Al estar en medio de un prado alpino, sin coches ni restaurantes, el recién llegado se aloja en plena naturaleza y come, con la familia que lo hospeda, en una terraza colgada abierta a la increíble vista del valle fluvial y con una montaña a lo lejos.

La familia Demirci, compuesta por Mehmet, su mujer Kader y su hija adolescente, me acoge por unos días. Sentado en su banco de la terraza, con un habano entre los dedos, Mehmet posa imitando al Ché Guevara, su héroe americano. El gran mapamundi a sus anchas espaldas, colocado en la pared, lo dice todo. Sonriendo me espeta: “soy armenio, soy comunista”. Amante de la música clásica, del jazz, de Nietzsche, Mehmet reúne en su granja a una tertulia de comunistas turcos. Junto a ellos mi anfitrión cuenta su avatar: “Soy un hombre de los prados alpinos, he sacado de mi padre y de mi abuela la parte de sabiduría que me da la Naturaleza. De joven estudié en Trabzon y luego me marché a trabajar a Estambul. Una noche de hace 16 años hice la maleta y volví a mi casa, de vuelta a las montañas. Al principio fue duro, con Kader y casi sin dinero. Pero esta es la tierra de los hemsin, de los últimos armenios. Vivimos en las montañas Kackar. Aquí la nieve y la lluvia son nuestro hogar. La palabra kash viene del armenio “sagrada” y la palabra kar sería algo así como “piedra”. Nuestros Alpes verdes son estas Kackar del mar Negro, tan al Este del Mundo”.

Campamento Y. Kavron. Foto: Francisco Ortiz

Campamento Y. Kavron. Foto: Francisco Ortiz.

Oraciones en la niebla

A la mañana siguiente me sirven el desayuno kahvalti tradicional, a base de pan blanco, dos clases de mermelada, miel (bal), pepino, aceitunas negras, tomates, queso de oveja, huevo duro y varios vasos de çay (té negro) azucarados. Con la vista puesta en el valle, el alegre graznido de las ocas y el canto de los pájaros, me siento confortado y dispuesto a la aventura del día.

Desando el camino por el sendero del Ekodanitap y salgo a la carretera. En un segundo para un taxi y me subo sin pensar. Dentro están, sonrientes, Gavan y Ferder, amigos del efendi Mehmet. Con tan grata compaña recorremos el valle de Fírtina, pasamos Ayder y los primeros puentes otomanos, siempre subiendo, hasta parar en un campamento base. De las posibles rutas por las montañas Kackar elegimos la así llamada Trans-Kackar, de un día de duración, por el paso de Çaymakcur. La ruta de ascensión a la cumbre del Kackar (3.937 metros de altitud) es impracticable por la niebla y los fríos a pesar de ser verano. Me dicen que se necesita equipo para la nieve si quiero una ascensión sin riesgo y me miro las piernas ateridas enfundadas en unos pantalones cortos, y mis pies calzados con unas sandalias hippies. Luego de un té al que invito yo (ellos han pagado el taxi) tomamos un dolmus que nos conduce dando botes por una pista forestal hasta un campamento a más de 2.000 metros de altitud, el Yukari Kavron (pronúnciese cábron). El paraje es realmente “breathtaking”: un vergel alpino de praderas y pequeños lagos glaciares, regatos y rebaños de caprinos en unos pastos de altura. Unos pocos cobertizos con humeantes chimeneas componen el Kavron.

Después del enésimo chai o té negro, salgo a estirar las piernas. Subo a saludar a una vieja hemsin, y al volver, pierdo el rastro de mis amigos. Me encojo de hombros y de algo más (friolero como soy) y tomo trocha arriba buscando… ¿Qué? No seré yo de los que ponen un crono y corono una cumbre tras otra, no. El wanderlust alemán tiene su equivalente con el derviche errante. Una vez en la montaña todo para mí es caminata, trasiego, tornavuelta. De modo que asciendo una ladera, otra, me cruzo con senderistas o siluetas de ellos, y pronto me fundo en el paisaje. Me rodea un festón de “tresmiles” como el Altiparmak. Agur viajero.

Aquel día en las montañas Kackar estuve a poco de perderme y pasar un mal trago. Confiado en mi estrella, no entendí que una excursión en la alta montaña es algo serio. A pesar de mi buena maña para la orientación, cuando bajé a la pista forestal por donde había venido, tuve que forzar la marcha caminando bajo una fina lluvia, a unas horas en que los dolmuses no circulaban ya. Pasado el límite donde empiezan los bosques, creí llegar al primero de los campamentos, y resultó ser uno desconocido. Sin equipo de acampada, sin guías, sólo me quedaba circunambular pensando: “las montañas, los ríos sonoros, los valles solitarios nemorosos (…) entremos más adentro en la espesura”.

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Mezquita de Çamlihemsin (exterior e interior, mihrab).

Interior de la mezquita, mihrab

A unos kilómetros de Ayder pude parar un taxi que me llevó valle abajo hasta la aldea de Çamlihemsin. Ya la luz vespertina se volvía “escura” y eché a andar hacia el lodge por una senda conocida. Antes de tomar el sendero o cordel de cabras de vuelta al hogar descubro en una curva en rampa un cartel con letras desvaídas y acierto a leer “camii” o sea, mezquita. A despecho del sentido común, sigo la dirección indicada, paso junto a unas casas habitadas y en dos minutos llego ante una humilde casuca con un solo vano. La puerta está cerrada y a la izquierda hay un balconcillo de madera en lugar de tener alminar. Un hombre se me acerca y, medio en alemán medio en turco, me ofrece entrar al oratorio. Acepto encantado y él, con unas llaves del siglo pasado, abre y muestra un sencillo recinto alfombrado, con paredes policromadas y un mihrab dorado. Descalzo, repasando con la mirada cada detalle del lugar, siento un murmullo en un rincón. Dos mujeres vestidas de negro rezan a cubierto de las miradas ajenas. El hombre me dice en un susurro: schwestern, es decir, hermanas. Me salgo al exterior y le doy las gracias. Por el camino caigo en la cuenta de que ellas ya estaban en la mezquita cuando se abrió la puerta. Me rodea la niebla y, tantaleando en la oscuridad, alcanzo el sendero ecologista.

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Sendero hacia el Ekodanitap. Foto: Francisco Ortiz.

En la veranda del Ekodanitap me esperan sonrientes mis amigos: Mehmet, Kader, Gavan y Ferder. La cena es propia de cadetes, entro en calor y cuento mi peripecia. Para ellos es normal y divertido que un inglís se pierda en el monte, de modo que pasamos la velada hablando del poeta Nazim Hikmet, patriota y comunista encarcelado por sus ideas, de Kemal Ataturk y su anti-imperialismo, de viajes y del futuro de la Humanidad. Al cabo de una hora de charla, Mehmet el bohemio, el último de los armenios, me guiña un ojo y levantando el vaso me dice: “¿Hace un raki, Effendi?”

20 de marzo de 2015

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Francisco Ortiz

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