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Naguib Mahfuz, el manantial árabe

El escritor Naguib Mahfuz, durante un paseo por las calles de El Cairo. Foto: Ahram on line.

Por Iván Fernández. Sábado, 7 de marzo de 2015

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Me he encontrado, al escribir este artículo, que es tan complicado definir a Naguib Mahfuz como explicar por qué se producen las combustiones espontáneas. Para la literatura árabe, Mahfuz lo ha sido todo. El autor egipcio, hijo y vecino de El Cairo como se encargó de dejar claro durante toda su trayectoria literaria, y único premio Nobel en lengua árabe hasta la fecha, unió en su persona tradición y modernidad, religiosidad y socialismo, Occidente y Oriente, pasado, presente y futuro para generar una obra que introdujo a la literatura árabe de cabeza en la contemporaneidad. Pionero y modernizador, en cierta manera, para el mundo árabe, es como si un único escritor hubiese reunido en su persona a Miguel de Cervantes, Honoré de Balzac, Marcel Proust, James Joyce y William Faulkner. El problema de esta afirmación es que hay muy poco de exageración en ella.

Era hijo de dos civilizaciones que en un cierto momento de la historia han formado un matrimonio feliz

Como escribía Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas, “el artista compone su obra con elementos de su propia conciencia, pero esos elementos aluden a hechos del mundo exterior en que el artista vive, son versiones o traducciones más o menos deformes de esos hechos externos”. Mahfuz encaja a la perfección en esta definición. Esta figura tan vasta, que desde las contraportadas de sus libros publicados en España mira al lector con su calva y sus gafas tintadas, con su gesto inteligente y alerta, nació en El Cairo en 1911, en pleno protectorado británico después de que Egipto viviese un Grecia por la deuda acumulada tras la apertura del Canal de Suez.

Naguib Mahfuz por Arturo Espinosa

Naguib Mahfuz por Arturo Espinosa.

Sin las coordenadas en las que creció y sin el contexto social e histórico en el que maduró, jamás su figura hubiese tenido tantas aristas y hubiera sido tan poliédrica, jamás hubiese sido tan rica y compleja. Porque, tal como afirmaba el autor en su discurso de aceptación del Nobel en 1988, él era “hijo de dos civilizaciones que en un cierto momento de la historia han formado un matrimonio feliz. La primera de ellas, de siete mil años de antigüedad, es la civilización faraónica; la segunda, de mil cuatrocientos años de antigüedad, es la civilización islámica”. Pero, además, de estas dos civilizaciones, Mahfuz se vio ineludiblemente marcado por la influencia occidental, personificada por la presencia de Gran Bretaña en la zona hasta los años 50 del pasado siglo y materializada en su fascinación por el cinematógrafo que le condujo a colaborar intensamente como guionista y le llevó a asumir la presidencia del Instituto Nacional de Cine. También se evidenciaron durante su militancia en el Wafd, el gran partido nacionalista egipcio, las ideologías de izquierda como el socialismo que profesó durante una parte de su vida. A todo ello se une el legado de la cultura mediterránea de cafés y terrazas, donde acostumbraban a encontrarle sus vecinos cairotas, y que apareció reiteradamente en las páginas de su obra literaria.

El renacimiento de la literatura árabe

Si hubiese que definir la carrera literaria de Mahfuz con referentes españoles, la trayectoria del egipcio trató de emular a Benito Pérez Galdós en sus inicios para después convertirse en el Miguel Delibes más urbano, antes de virar una vez más y convertirse en una mezcla de Juan Benet y Luis Martín Santos. El joven Mahfuz, último de los ocho hijos de sus progenitores, se licenció en Filosofía y al igual que su padre se convirtió en funcionario de la administración. Influido por el auge del Wafd, representante de un nacionalismo cada vez más preponderante en la sociedad egipcia que desembocaría en la revolución de 1952, recibió los frutos de la llamada nahda literaria de finales del XIX. Este concepto, que viene a ser algo así como renaixença, se refiere a un movimiento que revitalizó y modernizó las tradiciones escritas árabes después de vivir una decadencia continua desde el siglo XI. No sé si entre sus lecturas se encontraban los Episodios Nacionales de Galdós y sería bastante sorprendente que así fuera, pero el cairota persiguió realizar, en su primera etapa, un esfuerzo tan titánico como el del canario.

Norbert Schiller for The New York Times

Foto: Norbert Schiller. The New York Times.

Mahfuz tuvo la tentación de convertirse en el cronista de la historia de Egipto desde la etapa de los faraones a través de un ciclo literario de cuarenta novelas. Aunque de este empeño solo quedan algunos vestigios en forma de tres obras que, con la excusa de hablar sobre el Egipto faraónico, reflexionaban sobre un país sumergido en un conflicto latente deseoso de liberarse de las injerencias colonialistas y de meter la cabeza en la modernidad de una maldita vez, Mahfuz nunca dejó de indagar en la historia de su país a lo largo de su obra. Con una salvedad: que el enfoque se vio más interesado por el presente inmediato que por las metáforas basadas en un pasado de reliquia. La maldición de Ra, Radubis y La batalla de Tebas, aún hoy, se leen más como un reflejo sobre el Egipto de los años 40 del pasado siglo que como documentos históricos. Es el caso de la última de las tres. Todo ese rollo sobre la caída del Imperio Medio y el sometimiento a los hicsos, antes del alzamiento egipcio y la construcción del Imperio Moderno no es más que una excusa para glosar el renacimiento nacionalista del país y llamar a una revolución para echar de una vez por todas a los británicos e instituir una república que llegaría apenas una década más tarde.

Naguib Mahfuz nunca dejó de reflexionar sobre la historia de su país a lo largo de su obra

Esas personas que se sientan a tu lado en la cafetería

Seguro que cualquiera mentiría si negase que no ha imaginado nunca la vida de aquellos que se sientan a su alrededor en una cafetería o en la terraza de una bar. Esos seres conocidos o desconocidos que leen el periódico, que lloran por un desengaño amoroso, que intentan conciliar sus principios con sus actos, que tratan en definitiva de vivir en un mundo complejo y cambiante. Mahfuz, como explicaba el poeta palestino Mahmud Darwix, era un hombre que respetaba sus tiempos. “Había uno para el trabajo administrativo, otro para bromear, divertirse y trasnochar, otro para el café, otro para los harafix, otro sagrado para la escritura”, señalaba. De ese tiempo para el café y ese tiempo sagrado para la escritura nace el primer gran Mahfuz, el cronista de la vida contemporánea de El Cairo, el novelista del Egipto del siglo XX. Jan Aljalili, en 1945, marca la ruptura, y la Trilogía del Cairo señala el primer punto culminante de la obra del Nobel. Estampas de un mundo en tensión, reflexiones sobre una sociedad que se debate entre su tradición y sus ansias de modernidad, las obras de esta etapa se erigen como intensas autopsias de unos personajes contradictorios, marcados por la influencia de la religión y por las cortapisas gubernamentales, pero que no por ello dejan de ser humanos con sus deseos de ascender en la escala social, de saciar su apetito sexual, de enfrentarse a unas convenciones sociales que los atan y los condicionan. Preñadas de costumbrismo y observación social, El callejón de los milagros yPrincipio y fin, conocidas en España por las adaptaciones cinematográficas de ambas que se hicieron en México en los años 90 (la primera con una Salma Hayek hermosa a reventar y la segunda, obra cumbre de Arturo Ripstein) también pertenecen a este periodo. Sagas familiares, retratos de barrios de El Cairo, tienen el aroma de las novelas francesas de Stendhal o Balzac del XIX, pero caen en los excesos y los defectos del folletín.

mafouz

Mahfuz en El Cairo.

Brilla con luz propia la Trilogía del Cairo, publicada entre 1956 y 1957. Tres novelas para contar la historia de tres generaciones de la misma familia. Tres novelas que incluyen los logros anteriores de Mahfuz y que sintetizan los vaivenes ideológicos, religiosos y sociales del Egipto de la primera mitad del siglo XX. Entre dos palacios, El palacio del deseo yLa azucarera, tres títulos tomados del nombre de tres barrios de El Cairo, que a la manera de Los Bubbendrok de Thomas Mann o como si fuese La saga de los Rius de Ignacio Agustí, se vertebra sobre la figura de al-Sayyid Abd al-Yawwad. Garante de la tradición y hombre inmovilista, pero también guiado por una pulsión hedonista, la primera parte nos narra su ascenso social y traza una acuarela sobre el país en los albores de la centuria pasada, pero también nos muestra el punto de vista de su esposa oprimida, aunque llena de amor y agradecimiento. Un juego de enfoques que se complejiza en las siguientes obras, cuando ganan peso en la narración los vástagos de al-Yawwad, al mismo tiempo que crecen las contradicciones en la sociedad que refleja. Las nuevas generaciones se enfrentan a las viejas tradiciones y es necesario expresar las tensiones de una forma diferente, como ya se percibe en El palacio del deseo. Culmina la obra con un tercer volumen que se configura casi como un caleidoscopio de voces, puntos de vista, ambientes, realidades e ideologías donde se empiezan a manifestar las tensiones que han configurado el mundo árabe actual cuando los nietos terminan por dinamitar el viejo Egipto para, desde el comunismo y la radicalización religiosa, construir un nuevo país, tratar de cambiar el destino de una sociedad colonizada durante demasiado tiempo. Una obra inagotable, que plasma todos los logros literarios y los hallazgos narrativos del primer Mahfuz.

El blasfemo

Los seres humanos somos tan estúpidos que, en demasiadas ocasiones, nos entretenemos en destruir nuestro patrimonio, en ensombrecer las luminarias que nos guían por el camino. Los fundamentalismos nublan la vista y lo que, desde el arranque de este artículo he señalado como una personalidad y una obra única –conciliadora de las contradicciones del mundo árabe del siglo XX y en la que late el pulso de la condición humana–, para otros es una blasfemia que siembra dudas sobre el inmovilismo de una religión como la islámica. Por eso, en 1994 Mohamed Nafi Mustafá y Mohamed Al Mahlaui, dos extremistas islámicos, atacaron al autor y le hirieron en el cuello. Aunque lograron deteriorar su salud, provocándole daños graves en la vista y en el oído, no consiguieron acallar la voz de Mahfuz.

Para las mentes cuadriculadas, es lógico que gran parte de la obra del escritor cairota fuese blasfema

Aunque, para esas mentes cuadriculadas, incapaces de aceptar la crítica de su fe, es lógico que gran parte de la obra del escritor cairota fuese blasfema. El caso más claro es otra de sus obras maestras: una de sus novelas más ambiciosas e iniciadora de la etapa más vanguardista del premio Nobel. Hijos de nuestro barrio, publicada en 1959 y que prosigue el momento álgido de Mahfuz que arrancaba con la Trilogía del Cairo, es una alegoría que, en su superficie, narra la historia del señor Gebelawi y sus hijos. Este patriarca los echa de su casa y los jóvenes deben buscarse la vida en la ciudad cairota. Pero, detrás de la anécdota, siempre se ha leído un empeño mucho más vasto, una historia de la humanidad desde la creación hasta la época contemporánea de la obra. Gebelawi no es otra cosa que Alá, Dios creador que destierra a sus hijos del Paraíso y otros personajes que transitan las páginas de la obra no son otra cosa más que un trasunto de los profetas del Islam como Jesucristo o Mahoma, e incluso de la figura de Satán. Un simbolismo que se desarrolla en un ambiente provinciano, en un barrio a las afueras de El Cairo, donde se muestra el enfrentamiento entre religión y política, entre ciencia y fe. Publicado por entregas en un periódico cairota, fue tal el revuelo y la polémica suscitada que aún hoy, más de medio siglo después, jamás se ha publicado en un volumen en Egipto. Además, Mahfuz tuvo que llegar a un acuerdo con el Gobierno de Nasser para adormecer el conflicto. Demasiado duro de digerir para la sociedad egipcia que sus mitos religiosos tomen la figura de seres humanos y que incluso pasajes del Corán sirvan para hacer reflexionar sobre cosas tan banales como las filias y las fobias de las personas como ellos.

ahram on line

Imagen: Ahram on line.

Pero casi treinta años más tarde, la publicación de Los versos satánicos recordó a los fundamentalistas el asunto de Hijos de nuestro barrio. La fatwa contra Salman Rushdie incendió los ánimos contra el Nobel egipcio, que volvió a estar en el ojo del huracán y que, a pesar del prestigio logrado y de la relevancia atesorada en su país, a punto estuvo de perder la vida simplemente por cumplir con el cometido de cualquier artista: hacer pensar.

Innovación y reconocimiento internacional

Sobre la obra de Mahfuz se podría estar días escribiendo, pero me parece que por la salud del lector habría que ir haciendo un último apunte. Con Hijos de nuestro barrio, el autor árabe abría la puerta a su etapa más innovadora, desde el aspecto técnico. Cambios de puntos de vista, historias entrecruzadas, mosaicos de personajes marcan su narrativa en los años 60 y 70 donde, a pesar de los problemas que le podían generar, pululan homosexuales, bailarinas, alcahuetas, usureros y toda clase de próceres de la patria egipcia. Ejemplos perfectos de esta etapa narrativa son Amor bajo la lluvia, El Café de Qushtumar o Miramar. Pero, de esta época, por su potencia literaria, habría que señalar Festejos de boda y El mendigo donde, tras la crisis de los 40 sufrida por el propio Mahfuz, la introspección y las cuestiones sobre sí mismo se filtran en su literatura.

NaguibMahfouz

La primera de estas dos novelas destaca por su narración a lo Rashomon. Aquí se percibe la querencia y la relación del egipcio con el cine porque la estructura es calcada a la de la obra maestra de Akira Kurosawa. Cuatro personajes narran cuatro veces, desde cuatro puntos de vista distintos, la misma historia. La condición humana es cambiante y distinta en cada uno de nosotros y la verdad no es más que un espejismo que depende de quien la cuente. A través de las reacciones que provoca la primera obra teatral del joven autor Abbas, en la que se desvelan los sórdidos secretos de su familia, se articula un relato en el que cada uno tiene sus razones, en el que realidad y ficción se cruzan para mostrar el absurdo de la existencia. Menos atrevida, al menos en lo estilístico, parece El mendigo, pero su objetivo artístico sobrepasa lo buscado en Festejos de boda. Muy similar a los intentos de Herman Hesse por introducirse en lo más profundo del alma humana, esta novela de mitad de los 60 gira en torno a Omar al-Hamzawi, un abogado cairota que tiene todo lo que un hombre puede desear. Adinerado, padre de familia y con una carrera prestigiosa, de repente pierde el interés por lo que desea e inicia una deriva amorosa y mística en busca de comprender qué es la existencia. Una obra que crece con el paso de las páginas y que termina por convertir a al-Hamzawi en una especie de anacoreta con raptos espirituales que comprende su traición a sí mismo a través de toda clase de visiones, cercanas a las del Demian de Hesse.

Tras el Nobel de 1988, el nombre de Mahfuz se hizo conocido en el mundo occidental pero, como ha ocurrido con la mayoría de los grandes, su narrativa ya había ofrecido todo lo que debía dar, ya había alcanzado las cotas que perseguía. Un titán para las letras árabes, el referente ineludible para esta literatura en su tiempo, pero también para las generaciones venideras, que recogió la labor de los grandes autores de la nahda del XIX para introducir en la modernidad una narrativa que llevaba cerca de ocho siglos sin evolucionar. La vida de Mahfuz se apagó el 30 de agosto de 2006, casi un siglo después de su nacimiento, pero su legado se mantiene de actualidad, en un diálogo continuo con un mundo árabe e islámico que debería ser más consciente de que Mahfuz es tan valioso para su cultura como cualquier página del Corán.

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