Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 26, Opinión
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La nueva mayoría

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

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La ignorancia es el primer paso hacia la estulticia. Y como la idiotez cotiza al alza en este país, políticos, medios de comunicación e industria del entretenimiento se han lanzado a una carrera desbocada, casi histérica diríamos, para prolongar el absurdo aforismo de “Spain is different” que tanto daño nos ha hecho a lo largo de la historia. Siempre ha habido analfabetos en España, como es de esperar en un país perjudicado por un retraso secular. Durante décadas –hablamos de épocas recientes, el siglo XX, no hace falta remontarse mucho más– buena parte de la población no tenía acceso a los estudios primarios, obligada a trabajar desde bien niños para ganarse el sustento. A aquellas hordas de desgraciados han venido a reemplazarlas ciudadanos perfectamente integrados en la sociedad, sin carencias económicas y, en muchos casos, con estudios universitarios. Se ha sustituido el analfabetismo por el adocenamiento: nunca como ahora se ha consumido tanta basura televisiva, jamás ha habido tanta tertulia idiota acaparada por los cuatro indocumentados de siempre, da igual que trate del mundo rosa, de política o de deportes; en ocasiones la protagonizan los mismos tarambanas en sesiones de mañana, tarde y noche. La ignorancia, que siempre ha sido ocultada por vergüenza, es ahora un distintivo del que se puede presumir, una muestra de socialización, de pertenencia a un sistema que desprecia cada vez más la inteligencia y está formando una nueva mayoría a la que nutre con programas, libros, políticos y políticas a su medida. El mercado produce productos de plástico brillante, envueltos en papel satinado pero con el olor pestilente que distingue a la mierda fresca, porque sabe que los imbéciles funcionales se los van a quitar de las manos. La nueva clase dominante es esa que forman individuos que, por ejemplo, se ufanan de que no se han leído un libro en su vida y se ganan el aplauso de la concurrencia. Que escapan de cualquier actividad que les haga pensar, aunque sea una serie de televisión tan original y bien hecha como El ministerio del tiempo, que bajará la persiana cuando acabe su primera temporada condenada por los datos de audiencia (su lugar en la parrilla lo ocuparán los y las putones de guardia habituales, o quizá un batallón de niños cantando o haciendo monerías). Que engullen toneladas de ‘sálvames’, ‘salsas rosas’, ‘mujeres’, ‘hombres’ y ‘viceversas’. Y que han permitido que haya crecido, como hongos en la humedad, toda esta recua de ladrones, estafadores y delincuentes con escaño y asiento en los más elitistas consejos de administración. Porque otra cosa igual no, pero para el ‘marketing’ los gobiernos y los partidos tienen el ojo bien enfocado.

La reciente exhibición de brutalidad de la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, en la ‘Crida’ fallera no es la causa de la idiocia imperante, no nos engañemos, sino precisamente la consecuencia en una sociedad que da su apoyo reiterado a personas de tan escasa sensibilidad y nula formación como la edil mastodóntica. No se castiga su desprecio a la lengua vernácula de una ciudad que lleva dirigiendo 24 años, no hay recriminación por parte de sus superiores de la calle Génova, ni tan sólo por el hecho de que vomite el exceso de whiskys con hielo desde un balcón oficial rodeado de autoridades, la primera de ellas el ‘president’ Alberto Fabra, ese moderno Don Tancredo que a su falta de decisión añade una incapacidad manifiesta que, si en lugar de presidir un Gobierno fuera el jefe de una comunidad de propietarios, movería a la compasión. Lo que se gana es el apoyo unánime, prietas las filas, de una caterva de concejales que, para mayor gloria de la mujer de rojo, encargan chapas con las que presumir de estupidez en las ‘mascletaes’. ¿En qué país sano se podría pasar por alto el espectáculo de toda una presidenta en funciones de las Cortes jugando con su tableta durante el debate más importante del año? Díganme sólo uno. ¿Cómo y por qué soportar esos penosos, planos, bochornosos discursos de los padres de la patria –quien acuñó el término era un cínico o un avispado publicista–, todos leídos en letras mayúsculas y en voz alta, con abundancia de sobreesdrújulas forzadas y acorazados por una violencia verbal intolerable?

No oculto mi arraigado pesimismo, pero es que la realidad no pone fácil la integración en el bando de los optimistas.

“De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza”
Jaime Gil de Biedma

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