Alaminos, Ángel Vilarello, Humor Gráfico, Número 27, Opinión
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La educación olvidada

Por Ángel Vilarello / Ilustración: Jorge Alaminos

Entre los incontables seres mitológicos o de ficción que la ilustre literatura nos ha deparado echo en falta uno, el del político dando la razón a un compañero de un partido rival. Cabe pensar que en cada una de las ideologías o colores que definen nuestra fauna política hay gente muy culta, e incluso inteligente (que no es lo mismo). Por tanto no parece extraño, ni mucho menos imposible que una propuesta de un rival político sea coherente, aplicable, acertada y plausible. Esto que a priori parece un silogismo sencillo se viene abajo cuando vemos que tal situación no se ha dado, ni se da, ni parece que se dará nunca. De hecho, si alguien me asegura que una mañana vio cómo un presidente autonómico decía al líder de la oposición: “oye, vaya idea más cojonuda habéis tenido, llevémosla a cabo”, y por la tarde vio a un unicornio en el parque del barrio, la pregunta que a todos se nos viene a la cabeza resulta obvia: “¿de qué color dices que era el unicornio?”

Con estos antecedentes es difícil esperar eso que llaman acuerdos de estado, grandes decisiones tomadas por el bien común, entendiendo por común el de los humildes mortales de a pie, no el beneficio propio de los partidos políticos, que de esto ya nos han dado muestras sobradas que saben un rato. Pero hay cosas que son innegociables, y jugarse el futuro de este país usando la educación como elemento doctrinal y arma arrojadiza, con el daño irreparable que semejante despropósito ha causado hasta nuestros días, es desde luego una aberración poco menos que imperdonable. La LGE, la LOECE, la LODE, la LOGSE, la LOPEG, la LOCE, la LOE y LOMCE, siete leyes educativas, tres de ellas en los últimos diez años, dejan entrever la incompetencia y falta de visión global de unos dirigentes que parecen utilizar la educación como un viejo juguete roto, sin importarles lo más mínimo los devastadores efectos generados por su ignorancia y sus guerras políticas. Javier Solana, Rubalcaba, Esperanza Aguirre o el mismísimo Mariano Rajoy son algunos de los responsables de una educación dividida, clasista, inoperante, anticuada, carente de recursos y con un futuro cuanto menos incierto. Aunque quizás el máximo exponente de esta demolición consentida de nuestra educación es el ministro Wert, tal vez uno de los políticos más repudiados y con más voces en contra de sus decisiones. Ya es difícil que un ministro ponga de acuerdo a tanta gente. Con ese mérito se irá.

Pero por si nuestros decepcionantes dirigentes no fueran suficiente, ahí están las comunidades autónomas para dar otra vuelta de tuerca más, bien para justificar las duplicidades administrativas, bien para poner trabas a la instauración de una ley propuesta por un gobierno central de distinto signo político al que preside la región. Y en medio, toda una legión de maestros al borde de la locura ante este tobogán de directrices, preguntándose por qué nadie les había avisado de esto, por qué en las facultades de Magisterio no se habló de lo que se les venía encima, o por qué han de acatar una ley que habla de mejora de la calidad mientras la propia norma les recorta medios personales y materiales a diestro y siniestro.

Permítanme ahora que les hable un poco de esa carrera de formación del profesorado, porque me toca de cerca. Partamos de que tener un profesor bueno es algo de agradecer, pero tener un buen profesor es lo que marca la diferencia, concretamente la que existe entre oír y escuchar, entre ver y leer o vivir y experimentar, entre estar atento o despertar el interés, entre aprender o evolucionar, entre imaginar y soñar, entre gustar y apasionar, entre aceptar el presente o querer crear el futuro. Para ello se me antojan necesarias varias cosas. La de profesor es de esas carreras que ha de ser eminentemente vocacional, como la de médico o cualquier otra que trate con personas. Sólo a partir de ahí podemos llegar a formar a ese buen profesor, ese profesor que recordamos con cariño años después. Con ese punto de partida, el objetivo debe ser la mejor formación posible. No puede entenderse de otra manera, si tú vas a formar a otros, has de ser el mejor, o al menos la mejor versión formadora posible de ti mismo, joven que anhela ponerse al frente de un aula llena de niños y niñas. Esto implícitamente llevaría consigo la necesaria mejora de la imagen y prestigio social del profesorado, al igual que ocurre en Finlandia donde se les considera profesionales de alta reputación, fruto de una formación altamente exigente, de difícil acceso debido a la gran demanda, y por supuesto, remunerada en concordancia.

Por lo pronto, a la ley Wert le quedan dos telediarios. Las editoriales siguen frotándose las manos ante un nuevo cambio legislativo que obligará a redactar e imprimir otra hornada de libros con la que desangrar aún más a millones de familias que dudan si sus recuerdos en los que reutilizaban libros de sus hermanos son reales o sólo fruto de un sueño. Mientras tanto, nuestro nivel educativo sigue ocupando puestos poco honoríficos en el Informe Pisa, salvo en el tiempo dedicado al estudio, donde ascendemos a los puestos más altos, otra muestra de ineficacia, aunque algunos dirigentes se justifiquen con excusas tan peregrinas como “el retraso histórico” o se feliciten de cómo los jóvenes se manejan en un lenguaje moderno como el del whatsapp. Una frase más, ésta del ministro Wert: “La fuga de cerebros nunca puede considerarse un fenómeno negativo”. El suyo parece que se fugó hace tiempo.

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Jorge Alaminos

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