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Jeff Buckley, el poema interrumpido

Jeff Buckley, en una fotografía tomada por Dave Tonge (Hulton Archive).

Por Iván Fernández. Miércoles, 25 de marzo de 2015

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Cuando el río Wolf se tragó el cuerpo de Jeff Buckley, se interrumpía uno de los poemas más hermosos por escribir de la música popular contemporánea. O quizás ya estaba escrito y ése era el final perfecto, el epitafio necesario para que su nombre se inscribiera en la eternidad y se cincelara con letras de oro en las puertas del Olimpo de la mitología rock. Aun así, aunque a nivel narrativo su muerte fue un golpe de efecto perfecto que convirtió al californiano en una leyenda inmortal a los 30 años, todavía me pregunto de qué habría sido capaz esa voz angelical y ese talento atormentado; todavía caigo en la tentación de imaginar la música que podría haber legado a toda una generación. Porque Jeff Buckley estaba llamado a ser, para los que estamos entre los 30 y los 40 años, nuestro Jacques Brel, nuestro Leonard Cohen. Sus letras y sus acordes debían ilustrar los desengaños amorosos y las preguntas existenciales, las dudas y los dilemas, las alegrías y las ilusiones, los sueños y las decepciones de los criados con el Nevermind de Nirvana como piedra angular y a los que sólo nos ha quedado la ironía autocomplaciente del indie para poder expresar esas cosas de las que sólo hablamos en voz baja y en la oscuridad y que configuran nuestra alma. La pena no fue el suicidio de Kurt Cobain, él ya nos había enseñado lo que debía enseñar; la desgracia fue perder a Jeff Buckley porque era quien tenía que iluminar el camino. Sólo quedó el brillo incombustible de su único LP, Grace, como muestra de su grandeza.

Pero tanto hablar de su muerte y todavía no he explicado cómo se produjo. Era el 29 de mayo de 1997, incapaces de encontrar el local de ensayo que habían contratado en Memphis, el también músico Keith Foti y Buckley se acercaron al Wolf, un afluente del Mississippi. Eran las nueve de la noche. Canciones de Led Zeppelin bajo la luz de la luna. Un baño de espaldas vestido con camiseta, vaqueros y botas militares. Su voz de tenor reverberando como la de Robert Plant, mientras cantaba Whole lotta love. Luego, el silencio hasta que cuatro días después un pasajero del barco American Queen avistaba lo que quedaba de Jeff Buckley atrapado entre las ramas de la orilla. El círculo se cerraba.

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Jeff Buckley en Tompkins Square Park, Nueva York (1993). Foto: Merri Cyr.

El círculo que se había abierto seis años antes, sobre el escenario montado en el altar de la iglesia neoyorquina de St. Ann’s, se cerraba en las aguas de aquel río. Buckley se había dado a conocer al mundo musical en aquel espacio tan íntimo y mágico donde Lou Reed y John Cale había presentado en sociedad Songs for Drella, su homenaje musical a Andy Warhol o donde el organista de The Band, Garth Hudson, había protagonizado un inolvidable recital en solitario. Cuando apareció en aquella iglesia, era poco más que un desconocido con un apellido que recordaba a uno de los songwriters malditos de la historia del pop, Tim Buckley. Cuando se bajó, todos los presentes querían saber quién era aquel chico con voz angelical y una personalidad musical torrencial e inimitable.

De tal palo, tal astilla

El apellido no recordaba a Tim Buckley por casualidad. De hecho, Jeff era su hijo, fruto de la relación del autor con Mary Guibert, a la que abandonó a su suerte con su vástago. La historia de Tim también merece un artículo aparte. Responsable, a finales de los 60 y principios de los 70, de una serie de tesoros musicales en forma de álbumes como Blue Afternoon o Greetings from L.A. en los que mezclaba el folk y el jazz de una manera única; a los 21 años ya se había convertido en una estrella musical. A los 25, su difícil carácter y sus ansias de independencia le granjearon la antipatía del negocio musical y a los 28, su muerte por una sobredosis de heroína concluía su historia y le incluía en la extensa nómina de autores malditos fallecidos de manera prematura.

Ajeno a lo que implicaba el hecho de ser hijo de aquel padre biológico, al que sólo vio en una ocasión cuando tenía 8 años, Scottie Moorhead creció al cuidado de su madre y de su padrastro, Ron Moorhead. Nacido en Annaheim, en 1966, criado en el Orange County y conocido por su segundo nombre, pronto se familiarizó con los nombres de Jimi Hendrix, The Who, Pink Floyd y, sobre todo, con los de Jimmy Page y Robert Plant, los dos nombres que serían las referencias ineludibles de sus creaciones musicales a través de su padrastro, también músico. No escuchó una canción de Tim Buckley hasta que su madre se separó de Ron Moorhead y decidió que ya era el momento de que al pequeño Jeff le hablase su padre. Fue entonces cuando Mary tocó para él Once I was.

La verdad es que la relación de Jeff con el legado de su padre fue bastante ambivalente. De entrada, no debía ser fácil conciliar la herencia racial que le habían dado sus progenitores. Mary Guibert era una zonian, una mujer que mezclaba raíces griegas, francesas, panameñas y americanas, mientras que Tim Buckley era el descendiente de una italiana y un irlandés. A pesar de que afirmó en infinidad de ocasiones que el hombre que había sido su padre era Scott Moorhead y que renegaba de Tim por haberle abandonado, siempre le quedó el resquemor de no haber asistido a su entierro, en 1975, cuando él contaba con sólo nueve años. De hecho, en alguna ocasión, Jeff llegó a afirmar que “Robert Plant y Jimmy Page tuvieron mucha más influencia en mí de la que nunca tuvo mi padre. Esa fue la primera voz de la que realmente me enamoré; el joven Robert Plant cuando sonaba como Janis (Joplin)”.

Poco antes de su muerte el cantante descubrió que sufría tendencias bipolares y sus últimos trabajos no conseguían el éxito esperado

Pero los designios de la fortuna son caprichosos y fue aquella sombra que era su padre la que le abrió las puertas de la industria discográfica. El motivo por el que joven Jeff Buckley se subió al escenario de la iglesia de St. Ann’s fue un tributo en forma de concierto a su padre biológico. Sobre aquella actuación, durante las sesiones de grabación de Grace, Jeff explicaba que “me di cuenta de que con toda seguridad no tendría nunca otra oportunidad de mostrarle mis respetos, a pesar de los contradictorios sentimientos que tengo hacia Tim, a pesar de cualquier clase de dolor o ira que sienta hacia él. El hecho de no haber asistido a su funeral siempre me preocupó. Pensé que podía hundirme con ello o superarlo, y ahora, a pesar de cualquier situación por la que pase, al menos sé que lo he hecho”.

Debió ser difícil para el joven Jeff manejar los sentimientos enfrentados y las sensaciones contradictorias que le invadían sobre el escenario de St. Ann’s. Allí, de pie en el altar de una iglesia de Manhattan, con la oscuridad rodeándole antes de que las luces le descubriesen ante un público que ignoraba su identidad y con la misión de rendirle tributo a un padre que no había sido su padre, un sonoro rasgueo de guitarra fue el preludio a Once I was, fue el inicio de su leyenda. “Fue difícil aprenderla. No podía hacer una versión entera de esta canción en casa sin echarme a llorar. Casi me puse a llorar en el escenario. Incluso rompí una cuerda en escena al final de esa canción y las cuerdas eran nuevas. Estaba realmente fastidiado, me sentía avergonzado por toda la situación. Me sentía muy transparente y vulnerable”. Pero mientras el joven Buckley se encontraba a punto de desmoronarse, su voz que alcanzaba las cuatro octavas y media hechizó a aquella congregación que, cuando se bajó del altar, le abrazaba como nuevo profeta y captó el interés de los cazatalentos de las compañías discográficas que prometieron convertirle en una gran estrella.

El genio en la tormenta y la alargada sombra de Kurt Cobain

“Nacemos para vivir, nacemos para entender, nacemos para llevar un destino maldito y ser transformados por el dolor”. Jeff Buckley tenía un don que le permitía rozar con los dedos la perfección musical y transformar cualquier acorde en poesía, que le hacía sencillo hasta el pasmo apropiarse de cualquier canción y conmover los corazones. Pero, en su interior, también anidaban unos demonios que atormentaban su capacidad creativa, que lastraban su autoestima. La admiración que despertó entre titanes como Robert Plant, Paul McCartney, Patti Smith o Elvis Costello atestigua la universalidad de su talento, pero hechos como que necesitó 20 tomas para grabar su mítica versión del Hallelujah de Leonard Cohen hablan del nivel de exigencia y la falta de confianza, de los problemas creativos y personales con los que también convivía.

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Buckley, durante uno de sus vigorosos directos. Foto: wikipedia.org

De hecho, poco antes de su muerte descubrió que sufría tendencias bipolares y las canciones del que debía ser su segundo disco, My sweetheart the drunk, que grababa con Tom Verlaine de Television como productor, se negaban a levantar el vuelo, se quedaban en una dimensión muy limitada en comparación con lo que había hecho en su debut. Una anécdota relatada por Patti Smith ilustra a la perfección las contradicciones con las que vivía Jeff. Allá por 1996, la musa y amiga de Robert Mapplethorpe regresó, tras casi una década de retiro, al mundo musical con un álbum llamado Gone Again. Smith contó con él para que le hiciera coros en la canción Beneath the southern cross. A pesar de su voz angelical y su capacidad como cantante, Smith le encontró un día llorando en su habitación. “Lo impactante para mí era ver la inseguridad, la nula estima consigo mismo”, comentaba. Según señalaba, Buckley le aseguraba que no tenía suficiente voz para cantar con ella y con su banda, que no tenía talento, que podría haberlo hecho mucho mejor. “Era muy perfeccionista, muy exigente, él grabó esas partes y tenía una voz tan dulce, tan maravillosa. Y yo estuve allí a su lado durante media hora convenciéndole de lo equivocado que estaba”.

Pero no debía ser sencillo estar en la piel de una artista capaz de afirmar que “el demonio tiene mi dirección y sabe dónde vivo. Me envía dinero y postales, y los poemas que deja son encantadores. Dicen: Tú… tienes Grandes Problemas”. Quizás de ahí nace la magia de su música, que mezcla el componente etéreo de los sueños, con la rabia grunge y la intimidad y la delicadeza de las almas puras, pero doloridas. Todas esas contradicciones, esas inseguridades y esos abismos encontraban una liberación a través de capacidad transformadora de la música. Por eso se entiende que, en 1996, tras el éxito de crítica que había supuesto Grace y la incapacidad de reeditar una obra tan magna como ésta en el estudio, se embarcase en una gira conocida como Phantom Solo Tour donde, bajo seudónimos como Father Demo o Jaime de Cevallos, buscaba reencontrarse con aquel que era hacia 1991 cuando, en el Sin-é, el local donde se dio a conocer como cantautor, tenía la posibilidad de “lograr ese lujo precioso e irrepetible de tener la posibilidad de errar”.

Este juke-box humano, como se le bautizó en los días del Sin-é, capaz de hacer una de las versiones más conmovedoras que existen del I know it’s over de The Smiths o de hacer olvidar a Edith Piaf cantando Je ne connais pas la fin, y que encontraba su inspiración en “el amor, la cólera, la depresión, la alegría y los sueños. Y Zeppelin”, ha marcado a una generación entera de músicos. Su influencia se filtra en grupos como Radiohead, Muse, Coldplay o Bon Iver y ha sido la medida para toda una generación. Luminarias como su amado Jimmy Page han reverenciado hasta la extenuación su Grace y ahora, dos décadas después de su publicación, es uno de los discos más influyentes de los años 90. Pero él mismo, capaz de imponer un canon inimitable, tenía su propia obsesión. Aunque él fue Jeff Buckley, siempre quiso ser Kurt Cobain.

De tan parecidos que eran, no podían ser más distintos. Ambos debían convivir con su inseguridad artística y con su inestabilidad mental y los dos poseían la capacidad de crear luz en la oscuridad, de construir sobre la nada. Pero a Cobain le llegó el reconocimiento antes que a Buckley y el de Anaheim envidiaba el éxito del de Aberdeen. Mientras Nevermind reinaba en las listas de ventas, Buckley sólo contaba con un grupo de incondicionales en el Sin-é y cuando el hijo de Tim reclamaba su parte de gloria con Grace, su némesis ya era un mito después de descerrajarse un tiro en la boca. Jeff Buckley siempre estuvo preguntándose qué debía hacer para ser tan popular como Kurt Cobain. Pero, en el fondo, eran dos maneras de expresar unas almas atormentadas, unos talentos tumultuosos, con unos estilos musicales que, en más de una ocasión, se daban la mano (ahí está Eternal life) y que, tras casi dos décadas de la muerte de ambos, continúan siendo referencias ineludibles para las nuevas generaciones.

Grace

Es uno de los discos que más he escuchado en mi vida. Me sucede como con el Blood on the tracks de Bob Dylan; siempre me veo obligado a volver a él de tiempo en tiempo como si fuese a encontrar allí respuestas a mis dudas existenciales, como si pudiese conjurar el caos que nos envuelve en la belleza de sus acordes y en el hechizo de la voz de Jeff Buckley. Porque Grace es un disco único, que mezcla la intimidad sentimental del Nick Drake de Bryter layter, con ráfagas de rock desatado a lo Led Zeppelin y esas reminiscencias oníricas, casi crípticas, que tuvieron R.E.M. en los días de Murmur. Casi imposible de catalogar en un estilo, las diez canciones que lo componen incluyen versiones del Hallelujah de Leonard Cohen, del Lilac wine que popularizó Nina Simone y de Corpus christi carol, una versión casi sacra de un tema del compositor de música clásica británico Benjamin Britten.

Grabado en 1994, con el respaldo de Mick Grondhal en el bajo y Matt Johnson en la batería y con Andy Wallace en la producción, Grace fue una rara avis que pronto se convirtió en lo que se suele llamar un objeto de culto. Es como si, desde que suena Mojo pin, el tema que abre el disco, hasta que deja de sonar Dream brother, su cierre, se penetrase en un sueño producto de la mente de Jeff Buckley. De hecho, cuando empieza Mojo pin se le puede escuchar decir “it’s a about dream” y esa premisa recorre cada uno de los cortes, trasportando la música rock a una dimensión que muy pocos han alcanzado.

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Río Wolf, a su paso por Memphis, donde apareció el cuerpo sin vida del cantante.

Las letras hablan de amores rotos, de despedidas eternas, de deseos incumplidos y de dudas existenciales. Desde la belleza negra y los caballos blancos que flotan en Mojo pin, pasando por ese beso sin deseo y esa campanas en la torre que repican durante el último encuentro con un amor roto de los que se hablan en Last goodbye, desde la confesión de “ser demasiado joven para soportarlo y ser demasiado viejo para romper con todo y correr” de Lover, you should’ve come over hasta las preguntas sobre la felicidad, la paz y la Vida (así, con mayúsculas), no son más que, como explicaba el propio Jeff Buckley, la expresión de “la parte soñadora de la psique. Por un lado es un lío y, por otro, tiene una estructura. El lío es importante para que las cosas se desarrollen”.

Personalmente, Lover you should’ve come over es mi favorita, con órgano introductorio que recuerda a las canciones marineras y su arrebatador desarrollo, pero la joya de la corona es Hallelujah. Aquella hermosa canción perdida del Various positions de Leonard Cohen, que jamás consiguió visibilidad en las listas de éxitos, se transformó en una pieza delicada y sensible, íntima y personal, porcelana pura, en la voz y la guitarra de Buckley. Pero hay muchos otros momentos únicos, como la suciedad casi grunge que impregna Eternal life o los ribetes orientales de Dream brother o ese etéreo hechizo que alza a las alturas Grace. Y así podría estar durante párrafos y párrafos, pero sería inútil porque, al final, el gran problema que tiene este disco, que tiene la figura de Jeff Buckley, es que las palabras son incapaces de transmitir las sensaciones que su música, que su voz y sus composiciones hacen experimentar al oyente que tiene la fortuna de disfrutarlas. Así que, ya se sabe qué se debe hacer.

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5 Kommentare

  1. Juan R. Alonso dicen

    Muy bueno el artículo. Una espléndida disección de su personalidad y su increíble trabajo.
    A mi llorar no me hace, pero disfrutar de su música con los ojos cerrados…puro placer.

  2. Júlia dicen

    Tu artículo me ha hecho llorar. Siento en lo más profundo de mi corazón cada pequeña cosa que leo sobre Jeff, porque las cosas que él vivía y sentía parecen analogías de mi vida. La dualidad entre la gracia de vivir (Grace) y el tormento incesante, el valor de cada espina de dolor (Mojo Pin), la estridente voz interior de la autocrítica negativa, la disconformidad, la inestabilidad emocional. Jeff fue un ser mágico, y su autenticidad humana va mucho más allá de lo concebible por esta sociedad de apariencias. Él se atrevió a vivir la esencia de su persona.

    Pero sentirme cercana a él no tendría sentido si no me hubiera captado antes con su lenguaje alternativo: su música. Como tú bien dices: “Todas esas contradicciones, esas inseguridades y esos abismos encontraban una liberación a través de capacidad transformadora de la música”. Su voz me captó desde el primer día, y le estuve escuchando una temporada sin saber por qué me atraía. No creía que me acabarían gustando sus temas más agitantes como Eternal Life o Dream Brother, que son ahora un grito liberador en mi mente.

    Lo más conmovedor que he leído acerca de Jeff no son las noticias del 97 acerca de su muerte, o las biografías en otras webs, no… Es este artículo el que más ha satisfecho mi curiosidad por su mundo. Cada verso citado está perfectamente seleccionado y explicado… Y con el penúltimo párrafo he disfrutado de un rápido viaje por sus canciones más potentes. Pero sobretodo lo es porque tus palabras dibujan ideas y las enmarcan creando un hermoso cuadro que describe con pasión la historia de Jeff.

    Quisiera indicar que mi canción favorita de Jeff Buckley también es Lover, you should’ve come over… Y darte las gracias por escribir esta joya.

  3. Gabriel Alarcón dicen

    Uff… La verdad leer sobre Jeff siempre me afecta, como si lo hubiese conocido en persona. Primero, muy buen artículo… Y bueno… es así. La mente humana altera la percepción que tenemos del mundo. Todo es subjetivo a nuestros ojos. Jeff Buckley creía que era menos que Cobain…. es ridículo… Cobain es considerado casi un “semi-dios” por muchos roqueros… y la verdad escucho y escucho su música y no logro encontrarle el valor artístico. Su gran talento fue suicidarse, eso lo convirtió en “leyenda del rock” como muchos ignorantes creen. Nirvana vendía y sigue vendiendo millones de discos. Su popularidad crece…. pero el dinero y la fama no son sinónimo de calidad para nada. Es cosa de mirar un segundo a quienes son los “artistas” que llenan estadios y causan histeria hoy en día. Describir lo que significa un músico como Jeff Buckley con palabras no se puede. Hay miles, millones de músicos y cantantes con voces más potentes… pero el cómo Jeff Buckley la utilizaba… su sensibilidad para interpretar… saber cuando susurrar y cuando gritar… era única e irrepetible… y su música es una tanque burbujeante de sentimientos y emociones. Oscuras emociones, desgarradoras… pero es como la vida misma. La vida no es solo sonrisas y felicidad. Jeff Buckley, eterno.

  4. Krisberlys dicen

    Amo a Jeff Buckley me gustan todas sus canciones las interpreta de una manera única que hace transmitir algo no tengo palabras… Buen articulo por cierto

  5. Ana Gavilá dicen

    Magnífico artículo. En casa somos grandes fans de Jeff y Tim Buckley. Es muy acertado mencionar a Nick Drake. Hay mucho en común entre los dos artistas. Hay un documental muy emocionante sobre Drake con la participación de su hermana, donde se exploran también esas tensiones entre los problemas emocionales y el arte.
    Muchas gracias.

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