Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 27, Opinión
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Hijos del piojo rojo

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

José Antequera

José Antequera

Andan los duros de la Iglesia católica, o sea los irreductibles de Rouco, intrigando con el Gobierno de Rajoy para meternos la religión en las escuelas y hasta en la sopa. En el fondo, lo que subyace no es un conflicto por unos simples planes de estudios, sino algo mucho más serio y grave: la intención de la curia de imponer la teoría del creacionismo, tan de moda hoy, en las aulas. O sea, ese cuento infantil de que Dios creó a Adán y Eva, de que la humanidad entera sería el fruto de un polvete edénico, una estirpe de hermanos emparejados unos con otros a través de los tiempos. Mire usted, por ahí no. La única descendencia que han dado Adán y Eva ha sido un programa telechorra de Cuatro en el que unos zánganos andan todo el día con el felpudo a los cuatro vientos. Siempre mejor ser hermano del mono de Darwin que del chorizo de Blesa o de uno de esos matarifes de ISIS que andan rebanando cabezas de turistas por el mundo. Un poquito de por favor. Los jerarcas de la Iglesia, no los curas de barrio más o menos rojillos que están a pie de obra y son muy respetables, sino las señorías eminencias que se encastillan en palacios arzobispales y se ponen morados cardenalicios de anillos de oro y lubinas, siguen siendo, después de muchos siglos, la gran rémora en la modernización y el progreso social de este país.

A Giordano Bruno lo quemaron vivo en la hoguera por atreverse con su teoría heliocéntrica; a Miguel Servet lo pusieron a la brasa, vuelta y vuelta, por descubrir la circulación pulmonar; y a Galileo le prepararon un fuego al dente para freírlo como a un cochinillo segoviano solo porque se le ocurrió decir que la Tierra giraba. Hubo un tiempo en que la Iglesia era, pese a que algunos reaccionarios todavía no quieran reconocerlo, algo así como un restaurante macabro con chuletones humanos de nouvelle cuisine. La Iglesia española nunca ha pedido perdón por los horrendos crímenes y desmanes cometidos durante la Inquisición, ni siquiera por su activo colaboracionismo con el no menos cruento y sangriento régimen de Franco. El franquismo fue una misa larga y pesada, cuarenta años de sermones, de militares analfabetos y obispazos obsesionados con la cruzada contra el rojo. Lejos de reconocer sus culpas y errores, una parte de la Iglesia sigue intrigando en la sombra con su nacionalcatolicismo recio, sempiterno, pertinaz. El gran cáncer secular de este país no son sus reyes amodorrados y hemofílicos, ni sus caciques terratenientes, ni siquiera sus políticos turnistas y aprovechados o los militares machistones que violan capitanas en los cuarteles. El auténtico mal a extirpar es esa curia retrógada y autoritaria que predica el amor pero promueve manifestaciones de odio, esa conferencia episcopal de cuervos merenderos que creen que toda España es todavía un sumiso monasterio benedictino en exclusiva propiedad. Insisten en llenarle la cabeza a los chavales con historias sobre milagros y  mares que se abren por gracia divina, con supercherías de ángeles y demonios (en realidad los demonios llevan traje y corbata y trabajan en Bankia), con fantasías esotéricas más propias de Íker Jiménez. La fe debe quedar para las capillas, como la ciencia y la razón deben quedar para los colegios. Tratar de imponer a Dios con un aprobado o un suspenso, como si fuera la lista de los reyes godos o un dictado de gramática, supone un error mayúsculo. A Dios se lo encuentra uno cayéndose del caballo, como San Pablo, o dejándose el vicio y el pecado, como San Agustín, pero nunca en un examen de sagradas escrituras. A España le hacen falta más matemáticas, más inglés, más informática, para que un día nuestros niños curen el cáncer y lleguen a Marte. Con discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles, los escolares españoles llegarán todo lo más a camarero en Alemania, a servir cerveza y salchichas a los señores de la troika, pero a Marte nunca. Por el camino de la ciencia se puede llegar a Dios, pero Dios raramente lleva a la ciencia. Por la senda de la religión impuesta a punta de látigo solo se termina en las procesiones de Murcia, que están repletas de costaleros borrachos y beatas metidas en el velo y la mantilla, o sea el burka católico. El atraso y la miseria se resuelve con más tecnología y menos teología. Los curas, si les dejaran vía libre, a buen seguro nos devolvían a los fríos internados de Cuenca llenos de huérfanos del piojo rojo, a la partida bautismal como limpia credencial para lograr un empleo y a las estampitas que los soldados nacionales se empotraban en el pecho con la siguiente inscripción: «Detente bala, el Sagrado Corazón de Jesús está conmigo». Solo que ya no estamos en guerra y por fortuna Franco es un mal recuerdo del pasado. Aunque le pese al sector duro de la Iglesia. Así que, señores obispos, váyanse un rato al balneario a tomar las aguas. Por Dios y por la Virgen.

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Adrián Palmas

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