Carmen Fernández, Entrevistas, Robert M. Awa
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Espido Freire: “Teresa de Jesús armaría mucho revuelo en la Iglesia de hoy”

Por Carmen Fernández / Fotografía: Robert M. Awa. Viernes, 20 de marzo de 2015

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  Entrevista

Espido Freire (Bilbao, 1974) inicia su relación con la literatura gracias a Irlanda, una novela de la que guarda un especial cariño. Al año siguiente de su publicación consigue  el Premio Planeta con solo 25 años por Melocotones helados (1999)convirtiéndose en la escritora más joven en lograr este prestigioso certamen de las letras españolas. Empresaria, escritora, columnista, nos confiesa que ha tenido que rebajar su actividad frenética a causa de una profunda depresión de la que ha logrado salir. También le ganó la batalla a los trastornos alimentarios, un problema que afecta a muchas personas, en su mayoría mujeres y sobre el que escribió varios ensayos. “Estamos creando una sociedad inviable, estresante, consumista y sin espacio para expresar emociones reales”. Ahora, cuando se conmemora el quinto aniversario de la santa de Ávila, Espido publica Para vos nací: un mes con Teresa de  Jesús, una reflexión sobre el carácter y vida de esta mujer religiosa, escritora y mística.

En tu último trabajo Para vos nací: un mes con Teresa de Jesús te alejas de esos mundos irreales llenos de símbolos y simetrías para adentrarte en el estudio de un personaje real. Pero no has querido caer en la novela histórica sino más bien en un ensayo ¿Hay mucho trabajo de documentación detrás?

Es un ensayo, sí: y los ensayos exigen una documentación exhaustiva, porque los datos resultan más evidentes que en la novela, donde quedan más disfrazados por la trama o los personajes. Yo había leído a Teresa desde que era una niña (mi tía era carmelita descalza), pero al estudiarla más a fondo descubrí un personaje fascinante, contradictorio y lleno de facetas.

A modo de diario nos muestras una Teresa de Jesús llena de encanto y belleza pero que no quiso aceptar el papel que la sociedad de entonces relegaba a la mujer. ¿Era más una Juana de Arco combativa que una santa contemplativa?

Hummm… era el punto medio entre ambas. A Juana la asesinaron cuando aún era una niña: Teresa comenzó su labor cuando era ya casi una anciana para la época, pero una anciana vigorosa, con las cosas muy claras, con una vida interior riquísima pero una misión definida. Estaba convencida de hacer lo correcto, y si era necesario saltar por encima de las convenciones, lo hacía. Dentro de un límite, claro, el siglo en el que vivió condicionaba enormemente.

¿Cómo crees que encajaría Teresa de Ávila en nuestros tiempos? En la Iglesia, el papel de la mujer no ha avanzado tanto…

Posiblemente, mejor que en su época. Eso no significa que no recibiera críticas (quién no las tiene) pero creo que hubiera tenido mejor salud, hubiera sido mejor entendida, se hubiera adaptado muy bien a una época de comunicación. No sabemos qué significaría ahora para la Iglesia que, efectivamente, continúa siendo muy conservadora respecto al rol de la mujer. Pero yo creo que armaría revuelo.

Tu nombre literario es Espido Freire, no es muy común que el escritor firme con sus apellidos sin su nombre de pila. ¿Hay alguna razón?

Sí, sí que es relativamente habitual. La verdad es que tras diecisiete años publicando libros me llama la atención que llame la atención: hay un buen puñado de autores que han adoptado un nombre literario, o incluso un pseudónimo, o que firman con dos apellidos si el primero es muy común. Terenci Moix, Francisco Umbral, Blue Jeans… y, desde luego, no es algo nuevo. Pensemos en Clarín, en Fernán Caballero, en Azorín, en Moliére, en Stendhal, Mark Twain, Gabriela Mistral, Pablo Neruda… todos ellos modificaron sus nombres.

Llegaste a la literatura tras abandonar el mundo de la ópera donde eras considerada una niña prodigio. Renunciar al éxito con tan solo dieciocho años es una decisión muy difícil. ¿Lo tenías tan claro?

Sí, era muy obvio para mí que deseaba una educación universitaria convencional, y que quería apostar por la literatura, fuera como profesora o como traductora, o, en el mejor de los casos, como escritora. Y era aún más evidente que no tenía la vocación necesaria como para dedicarme al canto el resto de mi vida.

Con tu primera obra Irlanda ganaste el premio Millepage a la mejor novela revelación extranjera. Se te abría el camino editorial pero también se generaban muchas expectativas. ¿Demasiada presión?

Cuando se ha cantado en el Vaticano a los catorce años, el concepto de expectativas y de presión no es el habitual. Estaba muy satisfecha, y me tomaba muy en serio ese comienzo, porque deseaba que fuera mi carrera profesional, y no una casualidad. El tiempo me ha dado la razón, pero porque fui cauta, y sobre todo, no me dejé llevar por fantasías ni sueños irreales.

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Foto: Robert M. Awa.

Y al año siguiente y con tan solo veinticinco años conseguiste el Premio Planeta, convirtiéndote en la ganadora más joven de la historia de los premios. ¿Le tienes un especial cariño a Melocotones helados?

Le tengo mucho cariño a Irlanda, porque fue la primera, y a los ensayos que he dedicado a los trastornos de la alimentación, porque me han permitido ayudar a mucha gente que ha sufrido o está sufriendo. Melocotones me supuso mucho éxito, y un gran premio, algo que siempre es satisfactorio y bienvenido, pero que no es exactamente mi prioridad.

Eres una escritora polifacética, has tocado todos los palos: novela, cuentos, ensayo, poesía, teatro… pero, ¿dónde te sientes más cómoda?

En los relatos, me entusiasma escribir relatos. Suponen un reto, son intensos, breves, se ve el resultado con rapidez…

Cuando te pones a escribir, ¿cuánto hay de inspiración y cuánto de disciplina?

Es muy difícil medir en porcentajes, pero no creo demasiado en la inspiración. Una buena idea resulta esencial, y es un punto de partida, pero se queda ahí. No se finaliza una novela de trescientas páginas sin disciplina, no se investiga para un ensayo sin ella, no se soportan altos, bajos, éxitos, fracasos, críticas, elogios, sin disciplina personal. Lo ideal es combinar ambas, junto con mucho entusiasmo y pasión por la literatura.

También eres una mujer polifacética: escritora, columnista, traductora, empresaria… ¿cuántas horas tiene un día para Espido Freire?

Ahora menos: he logrado salir de un depresión profunda y oscura, y debo bajar mi nivel de exigencia y de trabajo para continuar sana. Pero en los años anteriores he trabajado hasta el límite de mis fuerzas, porque lo creía necesario si quería sacar mi empresa adelante y con ella las personas a las que daba empleo. No lo hacía porque me gustara particularmente trabajar: en realidad, soy bastante vaga. Sé que a la gente puede chocarle, pero es cierto. Lo que ocurre es que también me gustan las cosas bien hechas, y no me dejo llevar por la pereza todo lo que me gustaría, pero si por mí fuera, me pasaría el día tirada en un sofá leyendo.

Hace algunos días escuchábamos en la gala de los Oscar a actrices reputadas pedir la igualdad de derechos para las mujeres y acabar con la brecha salarial. ¿Ocurre esto en el mundo literario?

Sí y no. En el tema de pagos de derechos, percibimos lo mismo, un diez por ciento del precio de venta. Pero a la hora de la atención de los medios o los críticos, sí existe una cierta predilección por los varones. Pero en eso también influye ser más o menos un autor comercial o literario. Por otro lado, hay también prensa específica para mujeres que muchas veces prefiere columnistas mujeres. Es más complejo que una simple cuestión de género.

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Foto: Alfaguara.

Hay cierto sambenito de que cuando una mujer escribe lo hace para otras mujeres (se lo he escuchado a varias personas) ¿Existe en realidad la literatura para mujeres? ¿Para quién escribe Espido Freire? ¿Tienes en mente a tu lector ideal?

Bueno, de nuevo no es tan sencillo. Según las estadísticas, las mujeres compran a hombres y a mujeres, mientras que los varones tienen a comprar y a leer preferiblemente a otros varones. Pero en prensa, en columnas o artículos, eso cambia; y en mi caso, hay muchas personas que me conocen, o que incluso me siguen por redes sociales o en medios, pero que no han leído una sola novela mía. En eso influye el que me interesen temas muy distintos a la literatura, y he hablado de ellos sin tapujos, y por lo tanto hay gente a la que le caigo bien o mal como celebridad, más que como escritora. Yo escribo para un lector imaginario al que le guste jugar, los retos, y que no se quede en las apariencias. Su sexo, nacionalidad o edad no me preocupan.

Las protagonistas de tus libros son mujeres frágiles en mundos imaginarios pero con problemas muy reales, Natalia en Irlanda es una joven adolescente que padece una fase de anorexia y Blanca en Melocotones helados sufre bulimia. Conoces muy de cerca los trastornos de conducta alimentaria. ¿Dejas algo de ti en tus personajes?

La única que tiene algo de mí es la protagonista sin nombre de Diabulus in musica, a la que presté mi experiencia con la música. Natalia y Blanca fueron imaginadas antes de que yo fuera capaz de hablar con naturalidad de que había estado enferma, pero creía que era necesario que pasaran por algo que afecta a tantas mujeres. Natalia tiene un TOC, en realidad, y Blanca, que padece bulimia, tiene algunos errores como personaje, porque entonces yo no conocía tanto esa enfermedad como ahora, aunque la hubiera padecido en carne propia. Ahora la hubiera descrito de una manera más atinada.

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Foto: Nika Jiménez.

Y sobre los trastornos de alimentación hablas claramente y desde la experiencia en Quería volar. Parece que lejos de atajarse, estas enfermedades han encontrado en internet un medio para propagarse, el número de sitios web fomentando la bulimia y la anorexia ha crecido un 470%, ¿cómo se puede luchar contra esto?

Obviamente, no como hasta ahora, porque el fracaso es evidente. Se ha intentado atajar por el tema de las dietas, la alimentación y el peso y el cuerpo, cuando el problema de fondo es emocional. Estamos creando una sociedad inviable, estresante, consumista y sin espacio para expresar emociones reales. Quizás si trabajáramos por ahí lograríamos mejores resultados. Pero es una enfermedad multifactorial: hay que analizar muchas causas.

También de ensayo son tus dos celebrados libros dedicados a los “mileuristas”, un término que no sé si acuñaste pero que fue acogido por toda una generación. Tú ponías rostro y alma a los conformistas pero desilusionados, preparados pero con pocas expectativas que sobrevivían con mil euros. Hoy muchos piensan ¡quién los pillara!

No, no lo inventé yo: fue una joven publicista en una carta a El País, como explico en los ensayos. En ellos no hablaba de ganar mil euros, sino de que los mejor preparados se movían en torno a esa cifra: lo esencial no era qué dinero se ganara, sino que no había posibilidades de ascenso ni reconocimiento, la emigración de jóvenes, de la que tanto se habla ahora, se había iniciado en silencio, había una obsesión por el consumismo y las hipotecas, y un eterno infantilismo. Se me tachó de pesimista: bueno, eso era en 2006. Poco tiempo más tarde se iniciaba la crisis.

Hace cuatro años te iniciaste como editora ¿está tan mal el mundo editorial como parece? ¿La crisis ha herido de muerte al libro?

Fui editora, pero en un proyecto aislado, no monté mi propia editorial ni me vinculé a ese terreno. De manera que conozco sólo superficialmente el mundo editorial, es decir, en su faceta externa, como escritora. No puedo hablar de los entresijos ni de los problemas reales que arrastran. Pero no, el libro no está herido de muerte. Ha sobrevivido al analfabetismo del noventa por ciento de la población, al descubrimiento de un nuevo continente, a la revolución francesa, a la depresión del 29, a dos guerras mundiales, a las censuras constantes… es más fuerte de lo que creemos.

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Foto: Robert M. Awa.

En cambio parece que se publican muchos títulos y buena parte de los más vendidos son escritos por personajes populares que no tienen mucho que ver con el mundo literario. ¿Qué opinas de esto? ¿La tiranía por los resultados está haciendo que no se publique buena literatura?

Cuando no era el boom televisivo eran otras circunstancias: siempre se han editado libros mejores o peores, pero que aseguraban buenas ventas. Lo queramos creer o no, el editor, el librero, quieren ganar dinero; si es posible, con buena literatura, claro, pero como dijo el Gallo, en este mundo hay gente pa tó. En la época de Teresa de Jesús ya había best sellers, y en el Quijote, literalmente, se queman una serie de libros de pésima calidad que arrasaban entre los lectores pero que eran malísimos.

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