Artsenal, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 26, Opinión
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El ático

Por José Antequera / Ilustración: Artsenal

José Antequera

José Antequera

No entiende uno el pollo que se ha montado con el ático que a Ignacio González, el presidente madrilota, le han pescado en Marbella. Como si no supiéramos a estas alturas que la biuti vive a lo grande. A ver si va a resultar que ahora, en este país, los que tienen dinero bueno no van a poder levantarse un ático en condiciones. Parece que la Policía, siempre tan burocrática y aburrida, no se ha enterado aún de que no vale con ser rico, también hay que parecerlo. Si no, no tiene gracia el juego. Alguien con posibles, que maneja guita y leña en cantidad, que tiene pasta para aburrir, como es el caso del presidente Glez., no se compra un entresuelo húmedo y oscuro, ni un cuarto trastero que luego se te llena de pulgas y cosas viejas, ni tan siquiera un apartamento en segunda línea de playa en Roquetas, que eso es de pobres venidos a más.

Alguien que tiene perras ganadas deshonradamente, unos ahorrillos procedentes de cuatro mordidas, comisiones y tajadas de nada, no alguien que está con una mano delante y otra detrás como la inmensa mayoría del pueblo, sino que se ha ganado a pulso el estatus de megahípersúper ricacho de la política, como es el caso del presidente Glez., no se anda con chiquitas ni tonterías, se monta un ático de tres pares de narices, a ser posible en la babilónica Marbella, y a vivir que son dos días. A ver si no. El presidente Mújica, como no tiene ático ni ganas, ha invitado a su chamizo al ex Rey Juan Carlos y le ha explicado las verdades del barquero. “Tuviste la desgracia de ser Rey, y te pusieron arriba en un florero”, le ha dicho sin pelos en la lengua. Y allí se han sentado los dos, frente a frente: el profeta sabio y humilde frente al monarca pensionista que ya no sale de su ático personal y bunkerizado más que para ir al parque de palacio a echarle unos granitos de alpiste a los pavos reales.

El ático es el símbolo material perfecto de la política de altos vuelos que han practicado durante tantos años los mamadores de la teta de este gobierno putrefacto. Aquí no les valía con trincar un poco de pasta al 3 por ciento para tapar sus goteras y repartir el resto con el pueblo. Aquí lo querían todo para ellos, con ansia viva, como dice Pepe Mota, que ahora vuelve, y por eso iban a lo grande, a saco, a llevarse hasta los bonsáis de la Moncloa que Felipe dejó firmemente plantados para los restos. Por eso había que comprarse un ático bien altico, entre nubes olímpicas, cuanto más amplio, elevado y manhataniano mejor, tropecientos metros cuadrados por lo menos, y bien alejado del populacho, que no le molesten a uno con miserias ni problemas mundanos. Durante todos estos años, como se trataba de robar más que de hacer política, se robaba con ganas, nada de ir con timideces ni de meter solo la puntita: a palada llena, a capazos, a espuertas. Un ático con vistas al mar en las cumbres borrascosas de la tumultuosa Marbella siempre viste mucho y la Pantoja y Cachuli también tenían su ático de andar por casa, su Alhambra particular donde el faraón y la reina se mataban a polvos bajo un sol nazarí. Un éxtasis radiante antes de ponerse a la sombra. A la esposa, novia, amante, chai o entretenida se la impresiona más y mejor si se la invita a un pedazo de ático transatlántico, nada de picaderos con manchas de humedad en las paredes ni cutres estrecheces, que eso enfría mucho la líbido y luego viene el gatillazo. Al ligue hay que llevarlo a un ático faraónico, versallesco, imperial, que se le caigan las bragas al suelo a la enamorada cuando vea los cristales tintados de las ventanas elevándose automática y mágicamente, el hilo musical que se enchufa solo con levantar la tapa del váter y el whisky on the rocks con pajita en la tumbona de la terraza. José Luis Olivas y amigachos no tenían ático que nosotros sepamos, ni falta que les hacía. Eran aventureros, gamberros top guns, el yet privado con suit en el garaje de Bancaja y a salir cagando leches. Ellos calzaban un bombardier nada menos, un buen aparato a propulsión entre las piernas para aterrizar en Cuba en un minuto y jinetear un rato por la isla, un visto y no visto, algo rápido, un aquí te pillo aquí te mato, pam, pam, mojito en la Bodeguita polvito en la Floridita. Y a las tres en casa, a comer con la familia tan pichis. González no, González era más burgués, más de comedia ligera sofisticada, en plan Lubitsch. Desde un ático olímpico pagado a tocateja con transferencia a las Caimán, la vida se encara de otra manera, con más alegría y buen humor, como aquello de ¡estoy en la cima del mundo, mamá! que gritaba James Cagney justo antes de que la Policía lo cosiera a balazos cuando trepaba por las alturas del dinero, por las alturas de la muerte. Ignacio Glez. también es un trepador nato, un trepador de la política, un Spiderman que iba a salto de Matas por la vida, de ático en ático, cual sapo de ciénaga. La Policía lo está cosiendo a denuncias, lo que no deja de ser una gran injusticia social, un abuso de poder y un crimen de Estado, porque a los ricos hay que dejarlos que desarrollen el gran mundo interior que llevan dentro de sí, su habilidad natural para el sirle y el afane, su pulsión, que luego se nos trauman y nos llenan de neurosis las listas de espera de los colapsados frenopáticos de la Seguridad Social.

El ático era el secreto mejor guardado del presidente castizo, qué calladito se lo tenía el muy pillín, private total, reservado solo para socios con carné, para idiotas con gaviota, como tiene que ser, porque si se corría la voz por Marbella de que habían abierto un ático para tomarse la penúltima de la noche, el local se convertía en un club de putas e Ignacio González no quería un club de putas, quería un ático. Un rico sin ático es una mierda de rico. Él sabía que el dinero no daba la felicidad. Pero quién quería ser feliz. Ya ha probado la cicuta dulce y malaya de Marbella. Y a morir como Sócrates. Eso sí, en su ático.

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