Editoriales, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 27
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Editorial: Creacionismo en las aulas

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Ilustración: El Koko Parrilla. Viernes, 20 de marzo de 2015

La publicación en el BOE del currículo de la asignatura de religión en las escuelas ha levantado una nueva polvareda social y mediática. Aunque se trate de una materia optativa, la religión tendrá el mismo rango que las matemáticas o el lenguaje. Asociaciones de padres, partidos políticos de la oposición y sindicatos educativos han reaccionado con contundencia ante lo que consideran una grave injerencia de la Iglesia Católica y del Gobierno del Partido Popular en la educación de los niños y jóvenes y una nueva provocación de José Ignacio Wert, quizá uno de los ministros más controvertidos y polémicos de nuestra joven democracia. Parece que cada vez que Wert abre la boca o dicta una resolución legal sube el precio del pan, unas veces porque quiere españolizar a los escolares de Cataluña, otras por imponer su famoso IVA cultural, su contestado plan universitario 3+2 o sus frecuentes tijeretazos a las becas argumentando que el Estado no está para gastar 4.000 millones de euros en estudiantes que “dejan la carrera a medias”. El ministro es consciente de sus frecuentes “meteduras de pata” y él mismo ha llegado a confesar en una reciente entrevista a Radio Nacional de España que “a veces me sorprendo de las frases que he llegado a pronunciar”.

Los alumnos aprenderán el origen divino del Universo, la historia de Adán y Eva y a dar gracias a Dios

Pero en esta ocasión no estamos ante una nueva ocurrencia del señor ministro. La introducción de la asignatura de religión en las escuelas obedece a un plan bien diseñado por el gabinete de Rajoy en connivencia con la Conferencia Episcopal para imponer en nuestras aulas la ideología católica más ultra-ortodoxa. No deja de ser grave que uno de los principios básicos de nuestra Constitución del 78, como es la aconfesionalidad del Estado español, se vea seriamente amenazado por esta decisión, pero todavía lo es más que la Resolución de 13 de febrero de 2015 de la Dirección General de Evaluación y Cooperación Territorial, por la que se publica el currículo de la enseñanza de Religión Católica de Bachillerato, trate de introducir subrepticiamente ideologías que coquetean peligrosamente con la teoría del creacionismo. Con esta resolución administrativa, los alumnos que eligen la asignatura de religión estudiarán a partir de ahora cómo “comprender el origen divino del cosmos” o a “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad”. También se pretende que los escolares recen más en clase y que aprendan a “dar las gracias a Dios”. En Primaria, los alumnos que opten por esta materia estudiarán la creación, la relación de amistad de Dios con el hombre, Dios como “padre de la humanidad que quiere nuestra felicidad”, la vida y muerte de Jesús, la Iglesia como familia, la Biblia, el bautismo, Adán y Eva y su “rechazo al don de Dios”, el perdón, María, Moisés, la Iglesia, la Eucaristía y el matrimonio, entre otras cuestiones.

Por el camino del creacionismo en las escuelas se llega a falsear la teoría del Big Bang y a rechazar las células madre

Se denomina creacionismo al conjunto de creencias inspiradas en doctrinas religiosas según las cuales el Universo y los seres vivos provienen de actos directos de creación divina. Esta doctrina sin ningún fundamento científico más allá de la interpretación de unos cuantos exégetas de la Biblia que quieren imponer su forma de pensar gana adeptos en países como Estados Unidos, donde el 46% de la población cree que el hombre fue creado por Dios hace unos 10.000 millones de años. Tal creencia va contra el método científico y la razón misma, ya que trata de imponer un relato que no se sustenta, lo cual supone un regreso a la escolástica y a lo peor de la Edad Media, cuando los clérigos estuvieron a punto de quemar vivo en la hoguera a Galileo por mantener que la Tierra es redonda. Por el camino del creacionismo al que alegremente se ha sumado el Gobierno de Mariano Rajoy para dar gusto al ala más reaccionaria de la Conferencia Episcopal y al histórico concordato que mantienen ambos estados, se llega al negacionismo, que en última instancia supone refutar avances tan notables de la civilización humana como la teoría de la evolución, el Big Bang, la física de partículas, la lucha contra las enfermedades mediante la terapia con células madre y otros logros sin los cuales el hombre aún seguiría viviendo en cuevas, como hace miles de años. La fe debe quedar para los púlpitos y las iglesias. La ciencia y la razón para las escuelas. El derecho a una educación íntegramente laica es una asignatura pendiente a lo largo de la Historia de España, un país que pese a los esfuerzos no consigue romper sus estrechos lazos de dependencia (a veces más que lazos parecen cadenas) con el Vaticano. La Constitución del 78 reconoce con suficiente generosidad la especial relación y la histórica tradición católica de nuestro país. Pero de ninguna manera esta concesión debe servir para que Gobierno alguno pueda plantearse instaurar un nacionalcatolicismo de nuevo cuño del que ya tenemos una amarga experiencia, no solo la de los largos siglos en que la Inquisición estuvo vigente, sino la de los cuarenta años de franquismo represivo en las aulas. Todo español que quiera adoctrinar a sus hijos en la religión católica puede hacerlo sin ningún problema en la catequesis de las parroquias y en los colegios religiosos y privados controlados por la Iglesia. El derecho de estas familias a practicar la doctrina religiosa que profesan está plenamente salvaguardado, como no podía ser de otra manera en un país donde la libertad de culto está amparada por las leyes. Pero tratar de meter con calzador los crucifijos y las biblias en las escuelas públicas es más propio de gobernantes rancios y nostálgicos como el ministro Wert, un político que quizá añore aquellos tiempos pasados en los que niños y niñas iban a colegios separados, donde se rezaba el padrenuestro y el rosario al entrar en las aulas y donde el crucifijo, como un tótem monolítico omnipresente, vigilaba a los pequeños sin que estos pudieran desarrollar su capacidad crítica. Estamos pues ante una medida que no tiene parangón en ningún Estado democrático avanzado de Europa. Una medida que sumerge nuestro sistema educativo en el atavismo, la superchería, la confusión y la oscuridad.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

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