Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 26, Opinión
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Distopía mariana

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Carmen Fernández

Carmen Fernández

Érase una vez un país muy lejano rodeado de escarpadas montañas (y algún desierto remoto) donde gobernaba con mano de hierro un poderoso mago. Tenía una larga barba gris con la que a menudo tropezaba y una mirada miope que en ocasiones dejaba suspendida en algún lugar hasta que alguien se la traía. Era un hombre tan huraño que nunca salía del palacio gubernamental (pocos eran los que le habían visto de cerca) y cuando tenía que dirigirse al pueblo lo hacía a través de una gran pantalla que se colocaba en la plaza mayor. El mago Mariano consultaba todas sus decisiones en una bola de cristal, que unas veces caprichosa, otras errática, y a menudo incoherente, siempre tenía una respuesta. Pero, una aciaga mañana de febrero el anciano tropezó con un escabel, que empujó una mesita, que derramó un tintero, que tumbó una jofaina, que se estrelló contra el atesorado vidrio del vaticinio, y aunque este no se había roto, por más que lo miró, frotó, limpió, aromó con hierbas exóticas o imploró, nunca volvió a hacer otra cosa que emitir leves destellos cuando se le acercaba una vela.

Así que el mago Mariano, huérfano de un guía, agarró su báculo y decidió encontrar otro objeto maravilloso en el que depositar su confianza. Abrió las puertas del palacio gubernamental y se preparó para la búsqueda. Lo primero que vio fue un grupo de cinco harapientos pidiendo comida con los ojos hundidos y los pómulos salientes. Siguió caminando y aunque se cruzó con parejas jóvenes de la mano, niños jugando, hombres y mujeres de negocios con mucha prisa, veía esos ojos hundidos llenos de suciedad y sufrimiento en otros muchos rostros dentro de coches-dormitorio, en las escaleras de hospitales abarrotados o junto a escaparates relucientes sujetando una cartela. El mago Mariano siempre pensó que su país era rico y avanzado, que todos los ciudadanos vivían en una moderada satisfacción y sobre todo que eran productivos para el Estado, así que con una determinación desconocida para él, decidió que nunca más vería otros ojos como aquellos. Agarró con fuerza su báculo y lo golpeó tres veces en el suelo (a golpe de decretazo) e hizo desaparecer a todas las personas enfermas y sin trabajo. Al día siguiente se esfumaron aquellos que aun teniendo empleo malvivían en antros insalubres. Los vagabundos, los extranjeros sin recursos, los ancianos, los hambrientos, todos se fueron volatilizando por arte de magia en cuestión de semanas y el país quedó reducido a la décima parte de sus habitantes, todos ellos empresarios, todos bien vestidos y con vidas acomodadas. El mago Mariano miró orgulloso su obra desde el balcón del palacio gubernamental y pensó que lo que había hecho era bueno.

Se bautizaron aquellos tiempos como la Era Edénica. En el año 1 E.E, la vida de los ricos habitantes transcurría plácida entre mansiones urbanas y villas de recreo campestre, entre dosieres mercantiles y partidos de golf, cierto es que ya no existían aquellas divertidas cenas solidarias ni las fiestas para recaudar fondos pero mataban su hastío en competiciones de fuerabordas y concursos de pasteles. La vida era apacible y feliz. Y sana, ya no había enfermos, así que el mago Mariano hizo desaparecer los hospitales, también los colegios, porque los niños aprendían todo lo que necesitaban para ser los perfectos herederos empresariales de sus padres. En el año 2 E.E, el mago Mariano tuvo que imponer la sonrisa obligatoria bajo pena de multa, pues ya se percibían algunos rostros serios entre la población. En realidad existía mucho descontento pero nadie se atrevía a protestar porque ello supondría la evaporación instantánea (a golpe de decreto). Año 3 E.E, la situación es insostenible, no existen trabajadores para las fábricas, ni profesionales en las empresas, ni agricultores que cultiven alimentos, ni ganaderos, peluqueros, taxistas, jueces, policías, historiadores. No hay quien compre productos o servicios y el comercio exterior es insuficiente. Pero nadie se atreve a dejar de sonreír. Los trajes elegantes comienzan a deshilacharse y el mago Mariano crea la guardia de corps con la finalidad de “salvaguardar la sonrisa y donosura de todos los ciudadanos”. Comienzan a verse empresarios empobrecidos malviviendo en las calles, desnutrición, epidemias. Los que eran élite ahora son pueblo y se levantan contra el gobierno. El mago Mariano ya no es poderoso porque los habitantes por fin han entendido que el poder que tenía provenía de ellos y ha perdido la capacidad de hacer desaparecer porque ya no puede legislar. Así que el viejo ex gobernante se ha quedado enredado con su barba, en un rincón, cual tela de araña reseca pensando qué pudo fallar mientras su mirada se pierde en algún lugar aunque ahora nadie vendrá a traérsela.

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