Luis Sánchez, Relatos cortos
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Devoración

Un relato de Luis Sánchez

S buenaegún el ilustre psicoanalista argentino Héctor Cassetti, las etapas del desarrollo del acto sexual en la mujer son, comentadas aquí de forma sucinta, las siguientes: a) pasiva. La mujer, piernas abiertas (en ángulo inferior a noventa grados), se deja hacer, y hasta cierra los ojos –en parte por vergüenza y en parte para obtener la máxima concentración–, pero jamás moverá un dedo, como máximo lanzará, llegado el clímax, un suspiro o tal vez, unos gemidos; b) piadosa. Cumple fielmente con las instrucciones que su compañero le asigna, introduciéndose en la realización de ciertas habilidades, propias e impropias, al término de las cuales siempre preguntará: “¿Lo he hecho bien?”. Su cintura ha empezado a perder la rigidez (¡algo se mueve!); c) virtuosa. Lo que toca se convierte en placer, descubriendo, además, que su cintura no sólo tiene movimiento, sino también ritmo, swing, tango, bossa nova… ¡Sí, señor… matrícula de honor! Su destreza es ya equiparable a la de cualquier lustrosa profesional; d) peligrosa. Le ha encontrado el punto… y ya no para, ¡hay que pararla! Autonomía plena: ella solita busca, saca, mete… se acomoda, marca el ritmo y enloquece, una y mil veces. Podría hablarse, casi, casi, de una dulce adicción, en la que el hombre, literalmente, es exprimido; y e) divina. Aquí ya no necesita mover nada, puesto que ostenta todo el poder, el máximo poder, y con el mando a distancia y la meditación sensitiva obtiene lo que desea: placer absoluto e indefinido. El hombre, que de entusiasta maestro ha pasado a simple zombi, queda finalmente superado, pues el zombi será disuelto en la nada. Y esto, ¡atención!, son palabras mayores, ¿eh!

Esta última etapa, por fortuna para los hombres, es excepcional, tan excepcional que, siguiendo a Héctor Cassetti, sólo una mujer, en más de veinte años de dura investigación, alcanzó esa fase, digamos… de trascendencia, o mejor aún, de tecnotrascendencia. La mujer, en cuestión, hermosísima, pero de aspecto lánguido, nebuloso y casi extraterrestre, se llama Nélida González: primero, alumna; luego, discípula; después, colaboradora y secretaria; y con posterioridad, amante de nuestro querido psicoanalista.

A Héctor Cassetti –debo decirlo–, lo conocí a raíz de una entrevista para El Independiente, periódico en el que todavía colaboro. Al término de la misma, y visto el interés que mostré por los libros de literatura que tenía en su vasta biblioteca, me preguntó:

–Así que, además de periodista, es escritor.
–Soy escritor, lo del periódico es una forma plebeya de ganarme la vida.
–¿Y qué escribe usted?
–Depende de la estación.
–¿La estación?–apuntó, perplejo.
–Sí. Verá… en primavera escribo poemas; en verano, cuentos; en otoño, teatro y en invierno, novela.
–Entonces es usted… ¡un escritor de temporada!, que sigue los ciclos que marca la naturaleza. ¡Maravilloso, maravilloso! –exclamó, echándose a mis brazos. Y acto seguido me preguntó:
–Y… ¿es usted bueno?
–Aunque esté mal confesarlo, sí… ¡soy insuperable!

Y ése fue el inicio de una amistad seria, profunda, leal y muy productiva entre el maestro y yo, amistad que ha durado hasta… hasta hace bien poco, hasta que desapareció del mapa sin dejar rastro. Bueno, debo decir que yo encontré, entre sus últimas notas, una página, con caligrafía temblorosa, en la que ponía: Estoy dentro de ella. Ella, por supuesto, declara no saber nada de nada: Echó a volar, como el araguirá.

No será difícil imaginar cómo, en un momento dado, un hombre –aunque sea de la talla intelectual de Héctor Cassetti, o quizá por eso mismo– puede perder la cabeza por una mujer, máximo si esa mujer se llama Nélida González: joven, esbelta, atractiva, inteligente… y envuelta en un taimado halo de misterio. Ahora bien, lo que sucedió entre ambos fue algo más, ¡mucho más!, que un mero metejón, ¿eh!

Como es lógico, la mayoría de los colegas de Héctor Cassetti, arrastrados por una comprensible envidia, consideran que su desaparición guarda relación estrecha con el estrés al que últimamente estaba sometido (estudio y experimentación, así lo llamaba él), estrés al que conviene añadir ese pasado común a todo ríoplatense de esta orilla, que conlleva el terrible peso de haber soportado una dictadura militar, el multiforme peronismo, la corrupción política, la sempiterna crisis económica, las fugas de capital, las villas miseria, las recomendaciones del FMI, el corralito, la incontenible mitomanía, la pasión por el fútbol, la astrología, la verborrea sedente, la sobrevaloración propia, la falta de previsión, los tiempos de “champán y pizza”, la boludez, el ser huevón… y hasta un asunto familiar extremadamente delicado y probablemente no superado: el hecho de que su madre, viuda desde hacía tan sólo año y medio, se liara con un oficial británico, poco antes de que estallara la penosa guerra de las Malvinas, y digo penosa, porque la pena es activa, mientras que la melancolía no lo es.

En fin, sin desechar todos esos argumentos, que, sin lugar a dudas, tienen gran importancia, yo me inclino a pensar que el verdadero motivo de su desaparición está en la poderosísima fuerza centrípeta de Nélida González. Sí, declarémoslo de una vez por todas y con el sano convencimiento de quien pugna por descubrir la verdad y es coherente con las valiosas aportaciones del maestro: ¡Héctor Cassetti fue abducido, sexualmente, pero abducido, qué carajo! Y para ello, me apoyo en dos hechos irrefutables: a) la nota manuscrita en la que declaraba su paradero: ¡Estoy dentro de ella!; y b) el hijo que Nélida González alumbró, y que es la viva imagen miniaturizada, ¡micronizada!, de Héctor Cassetti, empezando por el bigotito y acabando por los lentes, porque el niño, pese a ser todavía un bebé, sano, risueño y juguetón, ¡tiene pelusilla encima del labio superior y cuando está despierto… usa anteojos!

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