Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (IX)

Por Cipriano Torres

Capítulo 9

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

La chica tardó unos segundos en reconocer aquellas ropas, embarradas a conciencia, como las mismas ropas que llevaban cuando todo era real y ella creyó lo que veían sus ojos, y conforme avanzaban entre el regocijo del público, parodiando a muertos resucitados, la respiración se le hacía una bola que la asfixiaba. La sensación de náusea se acrecentó al ver que los médicos, enfermeras, guardias civiles, y especialistas en crímenes saludaban con inclinaciones de cantante y sonreían cerrando una comitiva de comparsa. Ante una evidencia tan descarnada se reprochó una vez más su falta de reflejos, su ceguera al no distinguir un muerto de un fantoche de feria, una enfermera de una disfrazada para el carnaval. No alcanzaba a comprender cómo aquellos personajes de circo que ahora la rodeaban en el escenario pudieron engañarla si hasta la criatura menos sagaz del universo se hubiera dado cuenta de los burdos maquillajes, de las cabezas de látex, de los vientres de goma con vísceras de cerdo. Agachó la cabeza para pensar que no estaba allí tratando de amortiguar un dolor que le escocía, y quizá, sin saberlo, cargándose de valor porque la sospecha que se iba definiendo en algún sitio de sus pensamientos llegaba como llega un caballo desbocado, escuchando el galope en la lejanía, resoplando, sin darte tiempo para apartarte del camino y sin apenas mirar al frente porque esos segundos de incertidumbre pueden costarte la vida. Como una bestia herida que calma la sed a la orilla del río y es descubierta, ella se levantó del asiento resoplando por la nariz, preguntando con los dientes apretados, dónde estaba el chico.

–¿Dónde está?

La presentadora, desprevenida, con las fichas del guión dispuestas para decir los nombres de los actores y actrices que tan bien hicieron su trabajo, se quedó mirándola sin saber qué responder. ¿Dónde está, quién?, dijo al fin como si no estuviera en directo, de verdad desconcertada porque la reacción de la chica fue tan impulsiva que la dejó sin recursos, incapaz de guiarse por las órdenes que recibía a través del diminuto auricular que llevaba incrustado en la oreja. Se levantó para hablar con ella a su misma altura haciéndole ver, recuperado el control, que su actitud era infantil y que debería reflexionar antes de dar un paso del que más tarde se arrepentiría.

–¿Dónde está?

La pregunta sonó de nuevo por los altavoces con un tono de denuncia. ¿Dónde está?, volvió a repetir, dirigiéndose al micrófono que le colocaron al llegar en el cuello del vestido. El sonido salió roto, saturado, un desgarro que trató de calmar la presentadora anunciándole que en ese preciso instante, según le comunicaba el director del programa, tenemos preparado el vídeo con la respuesta que esperas, no seas impaciente.

–¿Pero no está en el plató?, quiso saber la chica.
–Claro que no, mujer. Tranquila. Te recuerdo que eres la ganadora del concurso.
–¿Tranquila?

No esperó más. Corriendo, casi resbalándose en la superficie pulimentada y brillante del escenario, tratando de no enredarse con las mangueras de cables que alimentaban las potentes cámaras con aspecto de cisne pesado, llegó hasta el túnel de ramas verdes y se perdió por la pasarela de losetas iluminadas que la llevaría al camino de tierra entre los olivos, ahora sin los efectos sorprendentes de las columnas de luz. Las cámaras infrarrojas instaladas en los postes y en la copa de los árboles del recorrido hasta el cortijo la seguían, y su figura aparecía en los monitores empequeñecida y sin matices, un bulto veloz que apartaba con las manos los ramones de olivo y dejaba un rastro de polvo gris a su paso. Era el mismo trayecto, pero lo vivía como si la hubieran soltado en mitad de un laberinto sin salida, un camino sin fin del que no podría escapar porque siempre daría vueltas sobre sus propias pisadas. De golpe, a punto de abandonar el circuito de tierra batida, llegó al borde de la finca y reconoció con alivio el paseo de cipreses con el suelo de chinarro. El espesor de la niebla era tan denso que las nubes de vapor apenas se deshilachaban al rozar sus pies. Le llegaban bocanadas de aire frío, como ese aliento de nevera que nos da en la cara al asomarnos a una cueva en la que el viento forma remolinos y pasillos con ecos de sombra y misterio, pero aquella puesta en escena no la haría claudicar, convencida de que no tenía más opción que dirigirse a la casa guiada por la silueta borrosa de los cipreses y el sonido firme de sus pisadas. Se iba preparando, conforme subía la pendiente hasta el rellano de la era, para cualquier golpe de efecto provocado a distancia, un vendaval repentino, una descarga de lluvia y relámpagos de película, el crujido rotundo de un tronco que se parte y cae derribado cerrando el camino, pero ella, alerta como un felino, esquivó el ciprés que se le venía encima porque percibió a unos metros la débil estampida del mecanismo que lo dobló como se derrota al héroe al que se le dispara en el talón en medio de la batalla. Ni siquiera se inmutó. Esperó a que el aleteo de las ramas se apaciguara para saltar sobre el árbol tronchado, que al caer desprendió aromas frescos de cementerio. Lo trepó por la parte menos frondosa, y para acentuar su despectiva indiferencia ante un recurso tan obvio arrancó una ramita y se la colocó en la boca, del mismo modo que los cazadores vuelven a los pueblos por la tarde con el trofeo de las piezas abatidas colgando de la cintura, una exhibición que resultaría macabra con sólo añadirle un matiz de sádica fanfarronería. La descarga ácida en su boca le recordó sabores infantiles al masticar agujas de pino, y lo mismo que los recuerdos de niña le llegaban a la memoria con una claridad pasmosa, sin los estorbos ni las marañas del tiempo, estaba convencida de que el fulgor azulado que atravesaba la bruma, ahora menos densa, con huecos despejados en los que el aire casi podía tocarse con las manos, eran los fulgores de la pantalla colosal que había surgido de las catacumbas de la vivienda y que ahora, de tener, sólo tendría al chico como único espectador, esperando a que alguien le indicara lo que tenía que hacer, o lo condujera entre los olivos hasta el escenario construido sobre el descampado.

Al acercarse a la casa recordó algo que había olvidado, el estruendo de las paredes al desplomarse cuando ella se alejaba creyendo que todo había terminado. Entonces no quiso mirar atrás, pero sabía mientras caminaba entre los cipreses que aquellos golpes secos eran los de una destrucción metódica, el fruto de una hecatombe que ahora se manifestaba en toda su magnitud. Cercando la gran pantalla se levantaban cuatro montones de cascotes, uno por pared. En las cercanías de la casa, la niebla se había disipado, así que no sería difícil escalar entre los restos de ladrillos, vigas, cables, y puertas y ventanas destrozadas, pero antes de que pudiera reconstruir lo sucedido, cuando alcanzaba los primeros restos del derrumbe, desperdigados por la era, la pantalla, sin volumen, en un silencio espeluznante, se lo explicaba todo, era el vídeo que le anunció la presentadora como respuesta a su última pregunta. Se vio a sí misma acercándose al chico, besarlo como lo hacen los presos, separados por barras de hierro o mamparas de cristal, y la que los separaba era tan transparente que ninguno la advirtió hasta el preciso instante en que sus labios chocaron de improviso con la superficie helada, un beso que dejó la marca de sus bocas en un halo de vaho. Primer plano del chico viendo cómo se retira. Primer plano de ella, de frente, alejándose de él, al fondo de la imagen. Exterior, plano general de ella abandonando la casa envuelta en la niebla. Interior, plano picado de él, con las manos apoyadas en el tabique de cristal. Exterior, plano medio de ella saliendo de la niebla e iniciando el camino de vuelta entre los cipreses. Exterior, plano general de la casa, sobre la que se distingue la pantalla. Exterior, primer plano de ella, que cierra los ojos y encoge los hombros, como quien escucha un golpe muy fuerte a sus espaldas pero sigue adelante sin mirar atrás. Interior, plano general de la casa. Interior, primer plano de él. Interior, plano medio de él, que parece escuchar algo, mira a ambos lados y trata de refugiarse en el extremo opuesto al origen del sonido. Exterior, plano general fijo de la fachada, en donde cuatro deflagraciones equidistantes preceden en fracciones de segundo a su voladura, creando un cerro de polvo que al despejarse poco a poco descubre algo parecido a la embocadura de un escenario. Montaje vertiginoso de primeros, medios, y planos generales del resto de las paredes, que van cayendo reventadas hacia fuera. Interior, primer plano de él, aterrado, envuelto en una atmósfera irrespirable que trata de despejar a manotazos. Interior, primer plano ascendente del pedestal en mitad de la casa, la cámara recorre con dramática lentitud la columna estriada buscando la urna que encierra, brillante, el cuchillo, sobre el que se funde en negro su imagen en primer plano.

Era algo más que una premonición lo que la chica advirtió en los destellos afilados del arma, y como impulsada hasta el escalofrío por una ráfaga sombría, comenzó a trepar por los escombros sin miedo a los rasguños, amasando una inquietud sin resuello en cada tramo del ascenso, temiendo y deseando coronar la cima de cascotes porque sabía que abajo, al otro lado, podría encontrarse con la descarnada certeza que la estaba ahogando. Como no hay nada más veloz que la imaginación, capaz de construir ciudades en milésimas de segundo, y arrasarlas con sólo desearlo, ella desvió hasta el cuello del chico una laja de cristal porque imaginó con estremecedora nitidez que la mampara transparente que los separó había estallado en pedazos, convirtiéndose en certeras saetas que se clavaban en su cuerpo como una lluvia sin escapatoria, y él, quemado de muerte, se desplomaba notando que la vida se le escapaba por decenas de heridas, tan abiertas como su impotencia. Eliminado él, ella era la ganadora de la que hablaba la presentadora cuando la recibió en el plató al aire libre con el público puesto en pie. A punto de alcanzar la cresta de la cima se le amontonaban frases y palabras que cruzaban como naves a la deriva de un lado a otro de su cabeza, juego de rol, sólo uno puede ganar, sólo uno puede salir, tranquila, dónde está, me habían dicho que eras muy buena, pero no esperaba que jugaras tan bien, quiero irme, te quiero, sólo uno puede salir, un aplauso a la ganadora, dónde está, sólo uno puede salir. De pie, sobre los cascotes, como si estuviera en la boca de un volcán apagado, miró al fondo de aquella olla oscura donde hervían las sombras tenues de los cristales reventados que despedían destellos de luna alta, y reconoció en la distancia la columna volcada al pie de las barras de hierro de las que colgaba, como una sábana secada al sol, la gran pantalla. Sobre la superficie plana aparecían puntos de luz semejantes a estrellas solitarias, un chisporroteo de pavesas en aquel firmamento electrónico en el que de pronto, tras varios parpadeos, rayas de una intensidad deslumbrante cruzaron toda la pantalla con un efecto de relámpago antes de que la cara entera del chico ocupara todo el espacio. Su mirada despedía una rara serenidad, la misma que uno supone en alguien que se dirige hasta el borde de un acantilado con la decisión tomada de antemano de arrojarse al vacío y liquidar así deudas o desdichas de amor. El plano se fue abriendo hasta descubrir como una amapola roja que sus ojos querían tirarse al vacío inmenso del cuchillo. La urna sobre la columna estriada que lo exhibía como una pieza de museo había soportado intacta el desastre del cataclismo, que ahora, a la luz de la pantalla, era una estampa viva pero repetida de esas ciudades arrasadas por el goteo de las bombas. De un golpe, como el manotazo siempre inesperado de los gatos, rompió la caja transparente, empuñó el arma, se abrió la camisa, y sin drama se la clavó de dos empujones en el pecho, a la altura del corazón.

Elevó los ojos buscando la cámara que se movía sobre un raíl en el borde superior de la pantalla, y con la boca abierta porque el pellizco del costado le impedía respirar, dijo algo que la chica no pudo oír. El inmenso televisor al que ella miraba con la expresión estupefacta de quien desea hasta el último momento que sus augurios no se cumplan permanecía mudo, pero por la parte inferior del plasma comenzó a correr una cinta de letras que transcribían, sin emoción, lo que el chico trataba de decirle. Lo hago por ti, te quiero, si estás viendo estas imágenes, donde quiera que te las estén pasando, es que has superado todas las pruebas, y como el último obstáculo era yo, por eso me quito de en medio, no sufras, me voy feliz porque jamás pensé que esta misma noche te diría lo que nunca te dije, me enseñarías a hacer un amor desesperado y alegre, tierno y furioso y, lo siento, esto se acaba, noto que no hay tiempo para más, espero que me perdones por haberte engañado, por el miedo que has pasado, por haberte convertido, sin tú quererlo, en un personaje que se disputarán las televisiones, aunque me queda un último consuelo, saber que cuando el programa acabe te harán entrega de una pequeña fortuna, me voy, te quiero. La cinta de letras llegó al final con un ritmo continuo, palabras escritas con la clara rotundidad de un teclado de ordenador, unas grafías negadas para el matiz, para recoger con exactitud las dificultades de alguien que no pronuncia sino que arrastra las sílabas desde un interior que se desvanece, esforzándose para que no suenen demasiado a lluvia de arena sino a las de una criatura que pelea con su último aliento antes de convertirse en lo que ya nota que se va convirtiendo, y por eso no puede mantenerse en pie, y el temblor y los calambres que recorren su cuerpo lo trastornan, y sabe que si alguien no lo sujeta acabará desplomándose, y cuando cierra los ojos porque los párpados arrastran un sueño sin medida tiene la sensación, que él sabe engañosa, de que el suelo se deforma abombado, se levanta como arrancado por un huracán, y comienza a girar a su alrededor de la misma forma que en estos instantes parece volver a subirse a los caballitos de la feria y sentir, como niño, el mismo pánico de aquellos años, cuando temía soltarse de las orejas de cartón y salir despedido hacia un cerco de espectadores risueños que jaleaban a sus críos, ajenos a la tragedia, a la cara desfigurada por la palidez y las ojeras, a las náuseas de polizón que huye del desierto sin conocer los estragos del mar, y da unas vueltas sobre sí mismo retirando las manos del puñal en busca de un asidero pero ya no sabe dónde está porque ha dejado de oír, y sólo ve ráfagas de luz, como si girara a su alrededor un manojo de antorchas, y como no puede cerrar la boca se le han resecado los labios, y las venas le duelen porque cree que por ellas corren ahora miles de alfileres de hielo, y como ya no tiene otra opción, arrastrándose, apurando los estertores por los que se le escapa la vida, piensa que la muerte, el definitivo suspiro, es impúdica compartirla en público, y por eso, apartándose de la claridad que emite la pantalla busca el amparo de la oscuridad a sus espaldas, donde imagina que la cámara no retorcerá su cuello para asomarse como algunos niños en los pueblos se asomaban por las tapias de barro a los corrales vecinos para ver el color de las bragas de las adolescentes.

La chica, que había permanecido inmóvil frente a la pantalla, leyendo con atención el mensaje, parecía narcotizada mirando lo que ocurría en el interior de aquel mundo rectangular, incapaz de encajar en el lugar adecuado los sentimientos que le provocaba. No tenía duda de que lo visto parecía verdad, pero tampoco descartaba del todo otro nuevo engaño, quizá el último. Sin darse cuenta había llegado al suelo descendiendo el montón de escombros y pisaba con temor la estera de cristales machacados, que ahora alfombraban el mismo lugar por donde antes corría el pasillo de la casa y se distribuían las habitaciones. Desde abajo, la pantalla parecía aún más amenazante, altiva e imponente, funcionando a la perfección sobre las ruinas. Su luz llegaba muy tenue a la parte trasera, apenas un reflejo azulado que borraba el canto de los ladrillos y el mazacote del yeso. La chica no distinguía las cosas, pero daba la impresión de haber aprendido a leer las sombras, y entre ellas se movía con cautela de arqueólogo que remueve la tierra con un primor científico porque sabe que una pisada, un derrumbe imprevisto puede provocar la catástrofe irreparable de perder un hueso o una cerámica valiosa. Ella introducía el brazo en los huecos más grandes apartándolo enseguida cuando rozaba una madera por temor a romper el equilibrio milagroso de sujetar una carga tan pesada que al tocarla se viniera abajo y pudiera enterrar el cuerpo que andaba buscando. Estaba convencida de buscar en la zona correcta porque en las imágenes que acababa de ver el chico se perdió por la esquina inferior de la pantalla, así que encontrarlo era cosa de suerte y paciencia. Se movía arrastrando los pies para descartar la posibilidad de pisarlo, por eso supo que aquel roce blando en sus tobillos era el de un pie. Se agachó junto al cuerpo, palpándolo en cuclillas para saber en qué dirección estaba la cabeza. A la altura del vientre desnudo notó la frialdad pastosa de los coágulos y tuvo la certidumbre de que el chico agonizaba sin trucos a espaldas de la pantalla. Una mano sin fuerzas le cogió su mano. La chica dio el respingo propio de quien le sorprende el coletazo de la vida cuando lo que espera es la quietud de la muerte, pero fue un susto instantáneo porque al momento, serena, fue ella la que apretó aquella mano y por instinto trató de calentarla llevándosela a la boca, que sin rozarla le echaba bocanadas de aliento como hacemos en invierno cuando el frío se hace insoportable. Te voy a sacar de aquí, no te preocupes, le decía ella sin saber muy bien cómo lo haría, cómo subiría el fardo de su carne yerta por el terraplén de escombros, dime algo. Metió un brazo debajo del cuello y el otro debajo de las piernas para levantarlo y llevárselo al otro lado de la pantalla, pero ni siquiera lo pudo despegar del suelo. Lo arrastró tirándole de los sobacos, pendiente del doble surco que dibujaban sus pies en los cristales, dos caminillos sin precisión que partían de la oscuridad y terminaban a este lado, bajo la luz que emitía la pantalla. Era la cara de un muerto al que nadie le hubiera cerrado los ojos, que la miraban con lejana extrañeza, sin apenas brillo, unos ojos como la de esos muñecos que te miran de golpe al abrir un armario y sólo al siguiente segundo descubres lo que es, pero ella no intentó cerrarlos para siempre sino espabilarlos mientras pedía ayuda, mirando al ojo impávido de la cámara cenital. El chico movió la cabeza como diciéndole que eran inútiles las súplicas, y llevándose la mano a la boca abierta de su herida en el costado, tratando de sujetar la hemorragia y anestesiar el dolor, intentó decir algo, pero fue la chica la que habló.

–Esto es horrible e indecente.

Continuará…

Capítulo 1 

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

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